Si los característicos cielos de José Cúneo remiten a su contacto con la pintura expresionista de Chaïm Soutine, a los fauves y a otros representantes de las vanguardias históricas europeas que ya estaban presentes en sus paisajes y caseríos de Cagnes-sur-Mer, es inevitable la asociación del cielo de esta obra con los cielos sobrenaturales del Greco. Si bien sus obras se alejaban cada vez más firmemente de todo afán de mímesis en cuanto a la paleta cromática, la ortogonalidad y la construcción espacial, la ciudad de Venecia presentaba “torceduras”, como el campanile de la iglesia que aparece en esta pieza, que el lenguaje pictórico de Cúneo enfatizaban aún más. Esa inestabilidad que curva los bordes de los edificios y hace que el ojo fluya por igual tanto a través del agua como por la materialidad de las fachadas de los edificios.
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