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Jesús crucificado expirante

Francisco de Zurbarán1630/1640

Museo de Bellas Artes de Sevilla

Museo de Bellas Artes de Sevilla

La representación de Cristo en la cruz es uno de los temas de mayor fortuna en la producción de Zurbarán, que lo repite en diversas ocasiones, bien aún con vida y expirante o, como en este caso, ya muerto. Salvo excepciones, recurre a figuras aisladas que sitúa en un espacio oscuro indeterminado del que parecen emerger gracias a una efectista iluminación lateral. Esta, procedente de la izquierda de la composición, incide con intensidad sobre el cuerpo de Cristo creando un efecto visual que dota a la pintura de volumen y de un atractivo juego de luces y sombras, que da a estos crucificados una apariencia escultórica.

En este Crucificado la muerte en la cruz está representada de manera simbólica, mística como ha señalado en ocasiones la crítica, sin pretender atemorizar al que contempla la escena sino conmoverlo. Para ello Zurbarán no recurre a efectismos superficiales o fáciles como la apariencia de dolor o sufrimiento, sino a un sutil efecto de claroscuro sobre el cuerpo monócromo y el luminoso blanco del paño de pureza surgiendo de un escenario impreciso y libre de referencias espaciales o elementos anecdóticos. El acusado tenebrismo de este lienzo, de clara ascendencia caravaggesca, contribuye a crear esta imagen ideal de Jesús muerto. No es, en definitiva, una representación cruenta, ya que la presencia de sangre es casi testimonial, ni tampoco presenta un gesto o pose violento. Al contrario, la figura parece reposar sin esfuerzo en el subpedáneo sobre el que descansan ambos pies.

La iconografía que Zurbarán utiliza en este lienzo es la del Cristo crucificado con cuatro clavos, frecuente en el arte barroco sevillano de la primera mitad del siglo XVII, según los postulados teóricos del pintor y tratadista Francisco Pacheco. Este señala en su libro El arte de la pintura que a la hora de representar este momento de la Pasión el modo más correcto son los cuatro clavos. Planteamiento que presentará el mismo Pacheco en un lienzo de 1614 y que seguirá incluso Velázquez en su Cristo de San Plácido, realizado hacia 1632 y claro antecedente de los de Zurbarán.

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