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En su mayoría de temas religiosos, militares y civiles, las miniaturas fueron siempre consideradas joyas, no sólo porque en su factura y envoltorio intervenían materiales preciados como el hueso de elefante para el soporte, y en algunos casos, oro y plata para el marco o estuche; también eran una alhaja y en ella se resguardaba de la mejor manera posible la presencia del ser querido recordado.
Después de que las miniaturas se realizaran sobre vitela hasta el siglo XVI, la pintora veneciana Rosalba Carriera (Italia, 1675-1757) introdujo la innovadora técnica de acuarela sobre láminas de marfil obtenidas de hueso de elefante o ballena. La técnica se desarrolló y a partir de la aplicación con pincel de diminutos puntos (stippling) o bien por medio de un «achurado», es decir, pequeñas líneas rectas, paralelas o entrecruzadas (hatching), se crea una imagen que surge de la luminosidad natural del soporte, una placa de marfil que en promedio mide cuatro centímetros.
Es el retrato en miniatura. El grosor de la lámina es de tres milímetros, pero las hay de sólo uno. La figura toma concreción con una nitidez prodigiosa. La diminuta y escuálida pincelada ayuda a conceder una ilusión de realidad al cabello y la vellosidad. Encarnaciones y brillos en la piel parecen haber firmado un decreto de verosimilitud. Sombras obtenidas por una coloración verdosa hacen disfrutar las cualidades de la pintura figurativa. El atuendo importa mucho; confección y logro. En suma, ese pequeño trozo de marfil es el paraíso del detalle.
Esa nueva técnica, combinación entre factura y materiales, dio como resultado una elaboración atractiva que una generación de artistas europeos consolidó con piezas de la autoría de Amélie Daubigny, Hippolite Chapon, Samuel Drumond y Antonio Tomasich, por mencionar a algunos. La notoriedad de las obras cruzó el océano y pronto encontraría en el Nuevo Mundo un buen lugar para su producción.
El apogeo de la miniatura en América coincidió con la nueva historia social que se fraguó durante el siglo XIX y que encontró en el Romanticismo un subterfugio cultural importante. De aquel movimiento artístico europeo surgió una fuerte proyección hacia lo singular y de ahí hacia lo íntimo. El camino iba en dirección de lo profundo: el reinado de lo subjetivo, el mandato de lo individual. El apuro por una «habitación propia» trasladada a un espacio socialmente creado, en el que los objetos personales tenían más que nunca que responder a un nombre propio.
En el Nuevo Mundo la miniatura fue de las obras que contó con más aprecio por su contenido y material. Se realizó de manera anónima, en escuelas regionales como la poblana en México, a la vez que surgían autores de gran prestigio internacional como es el caso del guatemalteco Francisco Cabrera.
En la habitación, la miniatura acompañó la víspera del encuentro en la soledad, en el escritorio y en el buró, y la cita del día siguiente, sujeto en prendedores o cadenas.

En este retrato el mandatario está engalanado con vistosas condecoraciones que recuerdan sus logros militares. Un estoico semblante que apunta a su temperamento marcial. La canosa cabellera hace alarde de su longevidad mientras que su postura erguida evoca la gallardía de los caudillos.

Details

  • Title: Porfirio Díaz
  • Creator: Anónimos mexicanos
  • Date Created: 1900/1900
  • Physical Dimensions: 7.9 x 6.6 cm
  • Rights: Museo Soumaya, Fundación Carlos Slim
  • Art Genre: Retrato
  • Art Form: Pintura
  • Support: Gouache sobre lámina de marfil. Marco de madera recubierto con lámina de marfil taraceado con carey, marco interior de latón, vidrio convexo
  • Depicted Person: Porfirio Díaz

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