Obras maestras de la Colección del Museo Guggenheim Bilbao

Museo Guggenheim Bilbao

Desde sus inicios, el Museo Guggenheim Bilbao ha ido desarrollando una colección de significativas obras de arte, partiendo de la segunda mitad del siglo xx hasta llegar hasta nuestros días. De entre las que en la actualidad conforman estos fondos, algunas destacan por ser iconos de la contemporaneidad, obras que cuando se mostraron por primera vez no dejaron al público indiferente y que, con el paso del tiempo, han afianzado su posición convirtiéndose en auténticos referentes del arte contemporáneo.

Obras maestras de la Colección del Museo Guggenheim Bilbao brinda al público la oportunidad de contemplar una selección de estas piezas, en la que destacan, por ejemplo, el luminoso lienzo Sin título, de Mark Rothko, frente a La gran Antropometría azul (ANT 105), de Yves Klein, dominada por el inconfundible tono azul que el artista patentó con su nombre; o la icónica imagen de Marilyn Monroe repetida una y otra vez por Andy Warhol frente a la expresividad que preside el gran lienzo serigrafiado de Robert Rauschenberg Barcaza. Los artistas alemanes Anselm Kiefer y Gerhard Richter, o los estadounidenses Jean-Michel Basquiat y Clyfford Still, también están presentes en esta muestra con trabajos destacados, mientras que las esculturas de los maestros vascos Eduardo Chillida y Jorge Oteiza se muestran enmarcadas en su contexto internacional.

Sin título
1952

Mark Rothko, una de las figuras principales de la Escuela de Nueva York, rechazaba categóricamente la interpretación de su trabajo en términos meramente formales. Su pretensión era crear un arte de intensidad abrumadora para un mundo secular; sus pinturas abstractas expresan “emociones humanas fundamentales: la tragedia, el éxtasis, la funesta fatalidad...”. El tamaño de la obra era un aspecto muy importante para Rothko: “Pintar un cuadro pequeño significa situarte fuera de tu propia experiencia, abordar la experiencia desde […] un microscopio. Sin embargo, si pintas cuadros grandes, tú estás dentro”.

Sin título es una pieza de dimensiones monumentales, que puede considerarse como uno de los primeros auténticos murales de Rothko. La pintura es algo inusual por su horizontalidad, ya que el artista prefería el formato vertical. Si el espectador se coloca relativamente cerca de esta obra, experimenta cómo el lienzo parece extenderse más allá de su campo de visión lateral, como si la pintura se expandiera y sobrepasara sus propios límites.

Caja metafísica por conjunción de dos triedros. Homenaje a Leonardo
1958

La obra de Jorge Oteiza escapa a la clasificación fácil y trasciende el objeto escultórico como tal, ya que es el resultado final de un largo proceso experimental desarrollado en torno a la masa y el espacio, que se despliega a través de conjuntos o series de piezas sobre un concepto común.

Realizada en 1958, Caja metafísica por conjunción de dos triedros. Homenaje a Leonardo forma parte del conjunto de obras conclusivas que culminan la fructífera trayectoria artística de Oteiza. Estas piezas constituyen el núcleo experimental de su trabajo, y el de mayor importancia y repercusión en el contexto de la escultura moderna.

Aunque experimentó con diversos cuerpos geométricos, Oteiza encontró en el cubo la solución a la problemática de su investigación: la definición de un espacio vacío que pudiera llenarse de energía espiritual. Las Cajas metafísicas, de las que esta obra es un magnífico ejemplo, generan un espacio misterioso y oscuro en su interior y, al ser colocadas sobre una base de mármol o piedra, contribuyen a generar la sensación de que nos hallamos ante un espacio sagrado.

La gran Antropometría azul
1960

Tras la Segunda Guerra Mundial, a ambos lados del Atlántico surgen una serie de artistas que protagonizan, con sus diversas propuestas estéticas, una etapa crucial de la modernidad plástica. Entre estas corrientes afloran las inquietudes del joven Yves Klein, quien se inicia en la pintura en 1954 en Madrid, creando el pequeño folleto Yves Peintures, en el que presenta obras inexistentes que constituirán el punto de partida de su carrera.

Preocupado por romper con toda forma de expresionismo, Klein “rechazó el pincel” prácticamente desde los inicios de su carrera. Entre 1958 y 1960 perfeccionó una técnica que le permitió ahondar en esta idea: utilizaba modelos desnudas a modo de “pinceles vivos” que creaban marcas y huellas bajo su dirección.

Las Antropometrías, como las bautizó el crítico Pierre Restany, mantenían la separación que el artista buscaba entre la obra y su propio cuerpo, y permitían recuperar el desnudo sin recurrir a los medios de representación tradicionales. Las formas corpóreas de las figuras son ilegibles y sus movimientos sobre el papel recuerdan a estallidos explosivos, salpicaduras y manchas de pintura, como si el artista quisiera burlarse del expresionismo y la abstracción.

Villa Borghese
1960

Tras la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. se convierte en el principal país de acogida de importantes artistas europeos exiliados. En este contexto, a ambos lados del Atlántico surgen una serie de pintores que protagonizan, con sus diversas propuestas estéticas, una etapa crucial de la modernidad plástica. Entre estas corrientes destaca la pintura gestual del Expresionismo Abstracto norteamericano, ya sea en su faceta de Pintura de Acción o Action Painting —ejemplificada en obras como Villa Borghese, de Willem de Kooning— o en la vertiente que cultivan los denominados pintores de “Campos de Color” o “pintores del silencio”.

Villa Borghese se basa en el encuentro de De Kooning con Roma, donde pasó unos cinco meses entre 1959 y 1960. El conocido parque público de la capital italiana al que alude el título se evoca en este lienzo a través de sus tonalidades mediterráneas. Las amplias zonas de color, pintadas en capas húmedas superpuestas, sugieren correspondencias naturalistas: el amarillo evoca la luz del sol; el azul, el cielo y el agua; y el verde, la hierba y las hojas de las plantas. No obstante, esta obra sería una representación subjetiva, una traducción al lenguaje pictórico de los recuerdos que De Kooning tenía de la Ciudad Eterna.

Barcaza
1962

La década de los sesenta fue una de las más convulsas del siglo XX en el ámbito cultural y político. EE. UU. se había convertido en una sociedad industrializada, preparada para la llegada de la era de la información. El notable crecimiento económico experimentado tras el final de la Segunda Guerra Mundial y en los años cincuenta, durante la Guerra Fría, generó una cultura de consumo de renovado vigor a ambos lados del Atlántico.

El Arte Pop tiene su contrapartida en el Realismo Capitalista alemán; ambas corrientes se centran en lo cotidiano, pero con diferente intención: el Arte Pop puede interpretarse como una crítica o como una celebración de la cultura popular; en cambio, la crítica que contiene el Realismo Capitalista es más dogmática y se centra en la reprobación de la sociedad de consumo y del “milagro económico” alemán.

Hacia mediados de la década de 1950, Robert Rauschenberg ya había desarrollado su propio lenguaje visual. En 1963, el Jewish Museum de Nueva York acoge la primera gran retrospectiva de Rauschenberg, donde se presenta la obra Barcaza, ejecutada prácticamente en 24 horas, uno los mejores ejemplos de la serie de dinámicas pinturas serigrafiadas que el artista comenzó a realizar en los años sesenta.

Esta monumental obra en blanco, negro y gris incorpora muchos de los temas e imágenes que Rauschenberg utilizó reiteradamente en sus 79 pinturas serigrafiadas, como el medio urbano (depósitos de agua sobre una azotea), el vuelo y la exploración del espacio (un satélite, un cometa, reflectores parabólicos de radar, mosquitos y pájaros), los medios de transporte (un camión) y algunos ejemplos de la historia del arte (La Venus del espejo, de Diego Velázquez, 1647–51).

Sin título
1964

Tras la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. se convierte en el principal país de acogida de importantes artistas europeos exiliados. En este contexto, a ambos lados del Atlántico surgen una serie de artistas que protagonizan, con sus diversas propuestas estéticas, una etapa crucial de la modernidad plástica.

Entre estas corrientes destaca la pintura gestual del Expresionismo Abstracto norteamericano, movimiento al que se suele adscribir a Clyfford Still por sus lienzos expansivos dominados por irregulares campos de color, que influyeron en los artistas de esta corriente, y por su interés por lo sublime en un sentido metafísico. En lugar de una representación realista del mundo, Still buscaba reflejar una experiencia trascendental que fuera puramente visual, indescriptible.

Clyfford Still pintó Sin título después de haber abandonado Nueva York y haberse recluido en una granja de la Maryland rural en 1961.

La obra destaca por su lienzo prácticamente desnudo, que confiere a la pieza una gran luminosidad general, y su pronunciada verticalidad —la línea roja de 2,5 metros de alto y las formas ocres parecen elevarse y romper los límites de cualquier estructura cerrada—.

El hombre de Nápoles
1982

La obra de Jean-Michel Basquiat El hombre de Nápoles, creada en 1982 —un momento particularmente importante de la trayectoria del artista, que sigue a su descubrimiento como artista y antecede a su época de máxima productividad— es, junto con otras piezas, clave para comprender el desarrollo de su pintura durante la década de los ochenta. En El hombre de Nápoles el artista parece haber considerado toda la superficie del lienzo como una gran pizarra, en la que presenta distintos garabatos y signos. El título de la pintura procede de una frase que aparece escrita sobre la cabeza de un cerdo de color rojo que, circundado por un sinfín de inscripciones, manchas de colores, tachaduras y signos elementales, domina la composición, como si de una imagen totémica se tratara. El humor, la ironía y el primitivismo definen esta representativa pintura llena de fuerza.

El hombre de Nápoles se inspira en una visita a Italia que Basquiat realizó el año en que la creó y está relacionada con cierto resentimiento del artista hacia su acaudalado mecenas italiano, a quien se refería con desprecio con expresiones como pork merchant (“charcutero”).

La mayor parte de la superficie del cuadro está ocupada por una profusión de garabatos, palabras, números, símbolos y colores. El efecto que causa la obra es el de un conjunto de voces gritando, resonando y respondiendo. Las repeticiones, las variaciones, las tachaduras y los errores ortográficos recuerdan a un grafiti.

Lo profundo es el aire
1996

En los años cincuenta, el escultor vasco Eduardo Chillida destaca en la escena internacional: en 1954 recibe el Diploma de Honor de la Trienal de Milán y, en 1958, el Gran Premio de Escultura de la Bienal de Venecia. En su obra, Chillida elige materiales que plasman sus indagaciones conceptuales y metafísicas. Su interés por el alabastro se debe a su capacidad para revelar y ocultar al mismo tiempo.

En Lo profundo es el aire, Chillida combina el aspecto externo toscamente tallado de la piedra con un espacio interior arquitectónico sumamente pulido. El título, tomado de uno de los versos del poeta español Jorge Guillén, expresa la consideración del espacio o del aire por parte del artista como una materia tan esencial como la piedra o la madera.

Las célebres órdenes de la noche
1997

Anselm Kiefer pertenece a una generación que creció en la Alemania asolada y desmembrada por la Segunda Guerra Mundial y que tenía que enfrentarse al horror de su historia reciente. El artista aborda este tema abiertamente, ya sea a través de representaciones ligadas a la historia del nacionalsocialismo o de obras en las que rinde homenaje al poeta Paul Celan con la convicción de que la memoria debe preservarse como único modo de asimilar los traumas de la historia.

En su trabajo, Kiefer cuestiona constantemente el lugar que ocupa el ser humano en el cosmos y analiza las relaciones existentes entre la historia, la mitología, la literatura, la identidad y la arquitectura alemanas. El artista ha estudiado la obra del filósofo y ocultista inglés del siglo XVII Robert Fludd, quien creía que cada planta del mundo tenía su estrella equivalente en el firmamento, y que había una conexión entre la realidad microcósmica de la tierra y la macrocósmica del cielo.

Como resultado de esta exploración, las obras de Kiefer presentan superficies con múltiples capas, cuya complejidad y fragmentación se corresponden con las de los temas que tratan. Estas piezas monumentales fusionan la pintura, el collage y la escultura, y combinan una paleta casi monocroma con elementos poco ortodoxos, como plomo, alambre, paja, yeso, barro, semillas, girasoles, ceniza y polvo, que, a la manera de un alquimista, Kiefer transforma en materia plástica.

Marina
1998

Gerhard Richter nació poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial en Dresde, ciudad que al terminar la contienda pasaría a formar parte de Alemania Oriental. Pronto, el interés del artista por el Informalismo y el Expresionismo que se cultivaban al otro lado del Telón de Acero le llevó a abandonar su localidad natal. En 1961 se afincó en Düsseldorf, y allí entró en contacto con Konrad Fischer, Blinky Palermo y Sigmar Polke, entre otros creadores. Richter ha afirmado que las obras que creó en aquellos años fueron sus primeras pinturas basadas en fotografías, si bien anteriormente ya había realizado piezas de este tipo. El artista buscaba un “nuevo comienzo”; por ello, indicaba que las fotopinturas anteriores a 1962 pertenecían al pasado, mientras que estos nuevos trabajos marcaban un punto de inflexión en su carrera.

Dentro de esta tipología de obras, las marinas constituyen una serie que Richter desarrolló desde finales de los años sesenta hasta 1998. Marina plantea un problema de representación, puesto que la superficie pintada y el registro fotográfico se funden.

Para ello, el artista aplicó el pigmento muy diluido, recreando la superficie lisa de una fotografía y, al igual que sucede con algunas instantáneas, desenfocó la imagen con el fin de que fuera más difícil distinguir si se trata de una obra fotográfica o pictórica. Richter recurre aquí tanto a fuentes tradicionales —los paisajes melancólicos y atmosféricos del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich— como a las populares instantáneas tomadas en vacaciones, para plasmar esta reflexión sobre la naturaleza de la percepción visual.

Museo Guggenheim Bilbao
Créditos: reportaje

Una exposición del Museo Guggenheim Bilbao

© The Willem de Kooning Foundation, Nueva York /VEGAP, Bilbao, 2017; © Estate of Jean-Michel Basquiat; Jorge Oteiza © Pilar Oteiza, A+V Agencia de Creadores Visuales, 2017; de las reproducciones autorizadas © VEGAP, Bilbao, 2017; © FMGB Guggenheim Bilbao Museoa, 2017

www.guggenheim-bilbao.eus

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