Las obras tempranas de Frida Kahlo

Instituto Tlaxcalteca de la Cultura

Conoce la selección de piezas que la artista pintó en sus inicios, y que pertenecen a la colección del Instituto Tlaxcalteca de la Cultura.

Las acuarelas
Las primeras acuarelas de Frida Kahlo revelan una conciencia de las corrientes culturales más extendidas en México, en particular el método de dibujo infantil, promovido después de 1924 por Manuel Rodríguez Lozano, cuando era jefe del Departamento de Dibujo en la Secretaría de Educación Pública. Este programa estimulaba a los niños a pintar directamente de la naturaleza, utilizando apenas unas cuantas reglas  académicas de composición, perspectiva o color para guiarlos.

Aunque había tomado clases de dibujo en la Preparatoria, y brevemente estudió el grabado comercial, Kahlo ocultó cualquier rastro de un entrenamiento académico formal en estas obras en papel. Eligió a propósito el estilo “no entrenado” utilizado por los niños como de los pintores de exvotos y de pulquerías, un estilo que Salvador Novo y otras habían promovido en términos nacionalistas, porque supuestamente revelaba los talentos innatos del alma mexicana, sin influencia de una educación profesional rígida. Aunque el estilo de Kahlo se haría más académico en años posteriores, las raíces de su continuo interés en la pintura popular se pueden rastrear hasta estos experimentos de mediados de la década de los veinte. (Ninguna de estas obras tiene una fecha exacta, pero todas se hicieron entre 1925 y 1927.)

Muchacha Pueblerina
La primeras acuarelas enfatizan su entorno inmediato, en particular la tranquila atmósfera de Coyoacán, que retrata como un pueblo remoto y adormilado. "Muchacha Pueblerina" es la más sencilla: muestra una joven de pie frente a un paisaje casi vacío. 

La vía doble de un tranvía da la vuelta en una curva improbable, justo detrás de ella. Aunque su esbozo y falda podrían parecer los de una pueblerina, el estilo abombado del peinado y la cara maquillada contradicen su inocencia rural: esta es una joven moderna que aparentemente está perdida en los campos abiertos de los suburbios de la ciudad.

Aunque no es necesariamente un autorretrato, el rostro se parece en algo a los que ilustran las cartas que Kahlo enviaba a Lira y a Gómez Arias cuando eran estudiantes.

Échate l'Otra
"Échate l’Otra" toma su título del nombre de una pulquería –como se deduce por la decoración de papel picado y tornillo pintado en la pared- en el fondo.

La iglesia y la plaza podrían indicar un lugar real en Coyoacán. Kahlo siguió las reglas tradicionales de la perspectiva con vaguedad y utilizó colores brillantes, ahora ligeramente descoloridos, para capturar las fachadas decoradas. Échate l’Otra está dedicada a Ángel Salas, un amigo de la Preparatoria que más tarde ingresaría al Conservatorio Nacional y se convertiría en un importante musicólogo.

Una inscripción bilingüe en el reverso dice “This infantil dibujo is for my buten de buen amigo Ángel Salas. Friducha, Coyoacán, D.F. Julio 18, Muerte del Benémerito B. Juárez” (Este dibujo infantil es para mí muy buen hermano Ángel Salas. Friducha, Coyoacán, D.F. Julio 18. Muerte del Benemérito B. Juárez).

Frida en Coyoacán
Las dos versiones de Frida en Coyoacán, una a lápiz y la otra en acuarela, son prácticamente idénticas. El boceto fue hecho en el reverso de una hoja de block que reza “Secretaría de Educación Pública / Departamento de Bibliotecas “ (quizá sus amigos le trajeron estas hojas para poder sacar libros de la biblioteca durante su convalecencia), mientras que la acuarela fue hecha en un papel más elegante –con marca de agua- probablemente un regalo de su padre.

En ambas obras, Kahlo está de pie cerca del observador, con la escena callejera detrás. La colocación de una figura en un plano anterior, con una distante escena callejera, nos da evidencia visual de que Kahlo se inspiró en la obra de Abraham Ángel y de Manuel Rodríguez Lozano de alrededor de 1923-1924.

Esta distancia entre el sujeto y el fondo también evoca los retrato de los estudios fotográficos , una forma de representación que la hija de un fotógrafo hubiera conocido bien. Como en Échate l’Otra, Kahlo incluye letreros e iglesias que aluden a Coyoacán, y una vez más encontramos evidencia del tranvía eléctrico, un símbolo de modernidad que también alude extrañamente al accidente de 1925.

Vistas en conjunto, las acuarelas en la colección del Instituto Tlaxcalteca de Cultura revelan el confinamiento de Kahlo , en los años posteriores a su accidente, a las calles cercanas al hogar familiar en Coyoacán. Si Kahlo parece sola y frágil, es en parte debido a que se sentía muy lejos del centro y de sus amigos. Sin embargo los vivos colores y sujetos aparentemente intemporales indican la sofisticada adhesión de la joven artista a una estética posrevolucionaria que situaba la identidad nacional en la cultura popular.

Las pinturas
Las dos pinturas al óleo de la colección de Miguel N. Lira  son pictóricamente muy diferentes a las acuarelas. Se relacionan directamente con la vida sofisticada, urbana e intelectual de los “Cachuchas” y emplean estrategias visuales más abiertamente vanguardistas para hacerlo. Sin embargo, las obras se mantienen en un espacio entre lo “tradicional” y lo “vanguardista”, como si hubiera quedado insatisfecha con las restricciones del primero, pero no deseara adoptar por completo los riesgos del segundo. 
Pancho Villa y la Adelita
El cuadro que ahora se conoce, falazmente, como "Pancho Villa y Adelita" sigue siendo una de sus obras menos comprendidas.  Quedó inconclusa ──además de la sección inferior difusa, no tiene firma── y hay evidencia de que Kahlo repintó el autorretrato central años después. Quizás frustrada por su composición extraña, la dejo a un lado, incompleto, en vez de destruirlo o concluirlo.

Aunque la imagen en la parte superior central del cuadro muestra al líder revolucionario, Villa no es tan prominente como para hacerlo sujeto. Más bien, Frida ocupa la parte central. Kahlo tampoco se representa a sí misma como la Adelita, el nombre de una soldadera que fue el tema de varios corridos villistas. Su vestido urbano de moda no tiene relación alguna con las camisas o blusas sencillas, las carrilleras y los sombreros militares que las soldaderas vestían en las fotografías de la época. Algunas de ellas aparecen, en los trenes que transportaban a las tropas, en la parte superior izquierda, pero son figuras periféricas en la pintura.

Retrato de Miguel N. Lira
En 1927, Kahlo pintó retratos de cuando menos dos miembros de los “Cachuchas” uno de Miguel N. Lira, que ahora se encuentra en el Instituto Tlaxcalteca de las Cultura, y otro de Jesús Ríos y Valle, obra que Kahlo destruyó y de la cual aparentemente no sobrevive ningún registro visual. El retrato de Lira se destaca como único en la carrera de Kahlo. Aunque la imagen de su amigo es rígidamente académica, la composición en general, un montaje tipo collage de referencias poéticas, es más experimental de cualquier de estos primeros retratos.

La imagen de Lira fue tomada de una fotografía, aunque la fuente original se desconoce. La cortina -típico tanto de los retratos barrocos como de los estudios fotográficos decimonónicos- y el fondo nocturno aparecen en otros retratos realizados por Kahlo en este periodo. Lira está vestido formalmente, igual que los hombres de la escenas del "Café de los Cachuchas".

Kahlo salpicó la superficie de algunas áreas oscuras con pintura gris y blanca para dar a su saco una textura de lana y uso un tipo de pintura dorada (conocida en México como purpurina o polvo de bronce) en la estrella, el arpa, la boca y la nariz de la calavera, y el halo del ángel. El uso relativamente experimental de la pintura, refuerza lo que fuera, para ella, una composición igualmente experimental.

Esas dos obras de Kahlo parecen demostrar que su grupo de amigos tenía una vida activa con los cafés, como los famosos grupos literarios de la época: los Estridentistas y los Contemporáneos. Sin lugar a dudas, Kahlo y sus amigos fueron influenciados por las actividades y los estilos de vida de sus predecesores intelectuales en la Preparatoria (Torres Bodet, Pellicer, Villaurrutia, entre otros), quienes, en cualquier caso, todavía se reunían en lugares públicos ya muy avanzada la década de los veinte. Reales o imaginarias, esas obras ensoñadoras de algún “Café de los Cachuchas” se tratan de la posibilidad (perdida) de una vida rica social, cultural e intelectual en el centro de la ciudad, recordada desde el pueblo de Coyoacán.

Créditos: Historia

Texto: James Oles

Créditos: todo el contenido multimedia
En algunos casos, es posible que la historia destacada sea obra de un tercero independiente y no represente la visión de las instituciones que proporcionaron el contenido (citadas a continuación).
Traducir con Google
Página principal
Explorar
Cerca
Perfil