enero de 2014

EL ORIGEN DEL ARTE ROMÁNICO

Fundación Santa María la Real

“EL NACIMIENTO DE EUROPA”

A partir del año 1000 toda Europa va adquiriendo un sentimiento de pertenencia a una cultura común y la manifestación artística que materializa esta idea es el Arte Románico, desarrollado durante los siglos XI y XII. Todavía hoy se conservan miles de testimonios románicos que dan fe de unos tiempos duros, pero que siguen formando parte esencial de la identidad europea.

CONTEXTO SOCIO-POLÍTICO

La caída de Roma en el siglo V abrió en Europa un largo periodo de inestabilidad y decadencia. Los invasores germánicos fragmentaron la unidad imperial dando lugar a un mosaico de estados débiles y efímeros.

A partir del siglo VIII se producen nuevos acosos de vikingos, musulmanes, húngaros y eslavos, que terminan por establecer poderosos estados en su periferia. El próspero imperio de Carlomagno fue incapaz de mantener la cohesión territorial y el desarrollo económico y cultural.

Hacia el cambio de milenio el poder del califato de Córdoba se quiebra, mientras que vikingos y húngaros crean sus propios estados y asumen el cristianismo. Europa se estabiliza y sus distintas monarquías se fortalecen y se convierten en verdaderos estados.

Esta casa europea, conocida entonces como Cristiandad, conocerá además tiempos de bonanza, el desarrollo de la agricultura, el crecimiento de la población, sencillos avances tecnológicos y un incipiente comercio, que permite renovar muchas de las construcciones, más grandes, más suntuosas, más sólidas… a mayor gloria de Dios y para orgullo de los hombres. Es así como surge el románico.

Ermita de Santa Cecilia. Capitel de la Matanza de los Inocentes. Aguilar de Campoo. Palencia (España).  Fotografía de José Luis Alonso

CONTEXTO CULTURAL

Desde las postrimerías del siglo VIII gran parte de Europa experimentó una renovación cultural promovida especialmente por el emperador Carlomagno. Personajes como Alcuino de York, Rabano Mauro o Juan Escoto Erígena tuvieron un importante papel en esta obra cultural que se dedicó a la promoción de las escuelas catedralicias y monásticas, a la normalización del latín como lengua internacional o a la definición de una nueva forma de escritura. Extinguida la dinastía y el imperio carolingio, en el siglo X, serán los emperadores otonianos los encargados de preparar el gran desarrollo artístico e intelectual de época románica.

Abadías como Fulda, Reichenau, Lorsch, San Gall o Bobbio se convirtieron en emergentes factorías culturales. En sus scriptoria se hacían nuevas copias de las viejas obras del mundo griego o romano, sirviendo de escuela a nuevos intelectuales, como Gerberto de Aurillac, más conocido por su papado como Silvestre II.

Fue un tímido renacimiento, que sentó las bases para el gran desarrollo cultural que acompañó a la eclosión del arte románico, donde se institucionaliza la enseñanza reglada a través de los estudios generales o universidades, como la fundada en Bolonia en el año 1088.

Vídeo sobre el origen del arte románico (versión en español)
Vídeo sobre el origen del arte románico (versión en inglés)

LA ADECUACIÓN DE LA VIDA MONÁSTICA A UN ESPACIO PRECISO

Los monasterios son la pieza clave para entender el nacimiento y desarrollo del arte románico. Se configuran como unidades de gestión bien organizadas, donde rige un orden preciso marcado por la regla y por la autoridad del abad.

Poco a poco, se convierten en estructuras constructivas con una lógica de uso, donde el claustro es el centro en cuyo entorno se disponen la iglesia, la sala capitular, el refectorio o comedor, la cocina, la cilla o bodega y, sobre la sala capitular, el dormitorio común.

Colegiata de Santa Juliana. Vista parcial del claustro. Santillana del Mar. Cantabria (España). Fotografía de Jaime Nuño

EL PLANO DE SAN GALL

En la primera mitad del siglo IX un desconocido autor trazó en tinta roja un impresionante plano sobre cinco hojas de pergamino unidas, mostrando cómo debía ser el conjunto de edificios que conformarían el monasterio de San Gall, hoy en territorio suizo.

El plano, de 77x112 cm., que iba dirigido al abad de ese monasterio, Gozberto, constituye un ejercicio creativo, una reflexión sobre las necesidades funcionales de una gran abadía y una evidencia de la preocupación constante por el autoabastecimiento de la comunidad monástica. Aunque nunca llegó a trasladarse a la realidad, pone de manifiesto el temprano interés de los dirigentes monásticos por crear estructuras monumentales, sólidas y perfectamente eficaces.

Plano del Monasterio de San Gall. Sankt Gallen (Suiza). Dibujo de José Miguel Tirado

EUFORIA CONSTRUCTIVA EN TORNO AL AÑO MIL

Hacia el año mil, Raúl Gláber, monje del monasterio de Cluny, escribió:

 “Al aproximarse el tercer año que siguió al año mil, se vio en casi toda la tierra, reedificar las construcciones de las viejas iglesias; pues, aunque la mayor parte estaban bien construidas y no tenían necesidad de ello, una verdadera emulación empujó a cada una de las comunidades cristianas a querer poseer una construcción más suntuosa que la de sus vecinos. De esta manera se podía decir que el mundo mismo se sacudía para despojarse de su vetustez y se revestía por todas partes de un blanco manto de iglesias.” Muchos de aquellos templos sobreviven hoy y constituyen uno de los rasgos de la común y diversa identidad europea.

Basílica de la Santisima Trinidad de Saccargia (Italia). Fotografía de Jaime Nuño

EL PAPEL DE LA ORDEN BENEDICTINA

La comunidad benedictina, fundada en el siglo VI, se convierte en el paradigma espiritual, económico, artístico e intelectual del periodo románico. Su artífice, Benito de Nursia, más conocido como San Benito, creó en el monasterio de Montecasino una comunidad a la que dotó de una regla que organizaba la vida dentro del monasterio. Un modelo de organización, que pronto fue imitado. Así, los benedictinos, conocidos como “monjes negros” por el color de su hábito, se expandieron con notable éxito.

Carlomagno les dio el empuje definitivo para convertirse en la gran orden de Occidente, cuando promovió que todas las abadías de su imperio adoptasen la Regla Benedictina. Su fundamento vital, el ora et labora, la oración y el trabajo, les convirtió en referente de santidad y eficacia, acaparando donaciones y privilegios hasta llegar a ser el gran monopolio cenobítico de época románica.

Escultura del Monasterio de San Andrés de Arroyo (España). Fotografía de Jaime Nuño 

CLUNY, EL GRAN MONASTERIO

Entre todos los monasterios benedictinos destaca la abadía de Cluny, fundada en 909-910 por el duque Guillermo I de Aquitania, quien lo pone directamente bajo tutela del papado. Sin embargo, en esa época la cátedra de San Pedro no está pasando por sus mejores momentos, por lo que en realidad los monjes de la nueva abadía son los únicos dueños de su destino. Cluny tuvo la suerte de contar con un puñado de brillantes y longevos abades, que en apenas dos siglos la elevaron a la categoría de la mayor y más influyente abadía cristiana de la historia. El primer de ellos, con tan sólo doce monjes a su cargo, fue Berno de Baume (910-926) y el último Pedro el Venerable (1122-1156), tras el cual comenzó un largo declive que acabó con la independencia del monasterio, que pasó a la jurisdicción real.

Abadía de Cluny (Francia). Fotografía de Pedro Luis Huerta

LA BENIDICTINIZACIÓN DE EUROPA: SANTUARIOS, CAMINOS Y PEREGRINACIONES

Durante los siglos X y XI casi todos los monasterios europeos quedaron adscritos a la Orden Benedictina, gracias, en parte, a la eficacia de la regla, el prestigio de Cluny y al empeño de reyes y nobles.

En los albores del primer milenio los monasterios se cuentan por miles, algunos tan minúsculos que apenas sobrevivieron a sus fundadores. La agrupación de casas monásticas, alentada por la supervivencia, fue una constante, mientras que el engrandecimiento de algunas de ellas se basó en el apoyo de nobles y reyes y especialmente en la supuesta capacidad milagrosa de las reliquias que atesoraban.

Una relativa estabilidad, el cuidado de los caminos, la protección de viajeros frente al bandolerismo y la creación de una red de hospitales y hospederías, hizo que muchos devotos se lanzaran a largos viajes para visitar estos prestigiosos santuarios. Roma, Jerusalén y Santiago de Compostela fueron los tres grandes destinos de peregrinación, que sirvieron para que las personas, las ideas, los bienes y las artes cruzaran Europa de lado a lado.

Sepulcro gótico del santo. San Juan de Ortega. Burgos (España). Fotografía de Jaime Nuño

EL MODELO ROMANO COMO REFERENCIA PARA LOS HOMBRES DE LA EDAD MEDIA

San Jerónimo (c. 340-420), uno de los Padres de la Iglesia, ya se lamentaba del cambio de los tiempos que se estaba produciendo. Él mismo fue modelo de la convivencia entre los valores del pasado clásico y los del nuevo cristianismo, pues mientras traducía la Biblia al latín para que fuera comprendida por todos, fue gran estudioso de Homero, Platón, Tácito, Horacio, Virgilio, Quintiliano y especialmente de Cicerón.

Si para los intelectuales cristianos los autores clásicos debían ser objeto de estudio, para los reyes también había otros modelos, generales como Alejandro Magno, Escipión, Julio César o el propio Constantino. Aquéllos y éstos estuvieron presentes en el modelo imperial de carolingios y otonianos, que siempre miraron a la referencia romana, hasta el punto de que se pretende restituir el antiguo imperio. Este ideal será una constante europea durante muchos siglos.

Roma y la cultura clásica, incluida la pagana a nivel popular, pervivieron en esos tiempos de una forma muy patente. Templos que se convirtieron en iglesias, anfiteatros que pasaron a ser ocupados por viviendas, murallas con sus puertas monumentales que siguieron cumpliendo su función, mausoleos o restos de antiguas villae que sirven de cantera y modelo de inspiración para las nuevas producciones artísticas. Hasta la propia representación de Dios se deja llevar por las antiguas fórmulas: es el Pantocrátor, imagen de un renovado Júpiter, la Maiestas al modo de los antiguos emperadores.

Perge (Turquía). Fotografía de Jaime Nuño

TECNOLOGÍA MEDIEVAL

La extinción del imperio romano en Occidente conllevó la pérdida casi total de las técnicas de construcción y la capacidad para crear grandes máquinas. Desaparecidos los centros de formación, el saber y las habilidades se transmiten de boca en boca, de mano en mano, de cuadrilla en cuadrilla. Durante la segunda mitad del primer milenio en buena parte de Europa se impone la construcción sencilla a base de madera, adobe o mampostería, con tejados vegetales. Incluso hasta los escasos palacios o iglesias construidos por reyes o magnates son de proporciones comedidas y recursos escasos.

El cambio del milenio trae consigo una renovación: la piedra trabajada se hace cada vez más presente, los sillares más grandes, las máquinas se van perfeccionando para ganar altura, se conoce mejor el funcionamiento dinámico de los edificios, los hornos de cal proliferan por doquier y la teja o el cobre ennoblecen las cubiertas de muchos templos. A la vez, un incipiente comercio a larga distancia trae nuevos productos. El románico supone, así, el principio de la recuperación de las técnicas antiguas.

Lámina extraída del libro Una aldea en tiempos del románico. Dibujo de Chema Román.

LA RENOVACIÓN DEL GRAN MONASTERIO ROMÁNICO: CLUNY II

El monasterio de Cluny evidencia el desarrollo de la arquitectura y de todas las artes en época románica. La primitiva abadía, Cluny I, comenzó a construirse en 910 y se terminó en 927. El rápido crecimiento de la comunidad monástica logró que pronto resultase insuficiente y, en la segunda mitad del siglo, el abad Majolus acomete una completa renovación, erigiendo un gran templo de tres naves, con amplio crucero. Su iglesia fue consagrada en 981.

Más tarde el edificio se verá arropado por un amplio claustro y varios patios por los que se distribuyen el resto de las dependencias. Este nuevo templo, Cluny II, característicamente románico, tuvo una gran influencia en otros monasterios de la época, aunque, como el anterior, muy pronto resultó insuficiente.

Plano de Cluny II (Francia). Dibujo de José Miguel Tirado

CLUNY III

A Hugo de Semur (1049-1109) se debe el inicio de la construcción de Cluny III, el mayor templo monástico conocido y referencia de la arquitectura románica por excelencia. Comenzó por la construcción de la cabecera de la iglesia en el año 1080. En 1095 el papa Urbano II consagra dos altares en un templo que sigue en obras, dándose por concluida la nave en 1130, aunque el edificio no se remató hasta 1220, ya en estilo gótico. El monasterio más grande jamás levantado y la iglesia más larga (187 m.) existente hasta la construcción de San Pedro del Vaticano en 1506, era una mole espectacular de cuerpos escalonados, ábsides y absidiolos, cimborrios y torres, que fue desmantelada casi por completo durante la Revolución Francesa.

Algunos dibujos antiguos y los planos y recreaciones propuestas por Kenneth J. Conant a partir de minuciosos estudios y largas excavaciones arqueológicas, dan idea de la formidable arquitectura de este monasterio en la plenitud de su poder y, por extensión, del enorme poderío e influencia que llegó a adquirir la orden. Tanta riqueza, tanto poder, no podía competir, a pesar de todo, con la pureza y ascetismo que empezaban a representar otras órdenes emergentes, primero cistercienses y premostratenses, después franciscanos y dominicos. Estas nuevas órdenes representarán, desde el punto de vista artístico, el tránsito y desarrollo del gótico.

Plano de Cluny III (Francia). Dibujo de José Miguel Tirado

LA BASÍLICA Y EL ARCO DE MEDIO PUNTO COMO REFERENTES ARQUITECTÓNICOS

Si buena parte de la Edad Media mira hacia la Roma clásica, las artes no podían ser menos en este empeño de recuperar las antiguas fórmulas. Aunque algunos viejos templos acabaron convirtiéndose en iglesias, será la basílica la que inspire la arquitectura religiosa prerrománica y románica. Con sus tres naves características, separadas por columnas, cumplía mucho mejor las necesidades para un culto multitudinario presidido por uno o varios sacerdotes.

La basílica y el foro no sólo prestaron sus formas y espacios al cristianismo, sino que trasladaron también sus cualidades sociales. Las iglesias parroquiales siguieron siendo el punto de encuentro de la población, dando amparo a las asambleas y concejos municipales, sirviendo como lugar para impartir justicia o para celebrar, ante sus puertas, fiestas y mercados.

Basílica de Santa Giusta (Italia). Fotografía de Jaime Nuño

Arquitectónicamente las estructuras romanas también son las mismas que articulan la construcción románica. Las cúpulas y las bóvedas no estuvieron al alcance de muchos artífices, por su complejidad, ni de muchas comunidades, por su coste. El emblema románico es especialmente el arco de medio punto, que remata puertas y ventanas, articula claustros, recorre muros o decora pilas bautismales y todo tipo de elementos.

Iglesia de San Miguel de Eiré (España). Fotografía de Jaime Nuño

UNAS FORMAS COMUNES CON TRADICIONES Y MATERIALES LOCALES

La eclosión del arte románico supuso la aceptación general de unos patrones constructivos y decorativos que debían presidir toda obra. Un edificio, una pintura o una escultura siguen unos cánones tan compartidos en cualquier lugar de Europa que los hacen fácilmente identificables como románicos, por encima de particularismos geográficos. Sin embargo es justo reconocer también la importancia que tienen las variantes regionales, que se pueden fundamentar en varias circunstancias: en tradiciones anteriores, en la mayor o menor proximidad a otras corrientes artísticas, en la existencia o ausencia de determinado tipo de materiales o en el reconocimiento hacia un foco o un artista que acaba creando una escuela o una saga de imitadores.

Abadía de Vezzolano (Italia). Fotografía de Jaime Nuño

ESCULTURA Y PINTURA: ORNATO DE LA ARQUITECTURA Y MANUAL DIDÁCTICO

La escultura y la pintura se configuran principalmente como ornato de la arquitectura, como ennoblecimiento de los edificios, pero también como un manual que permite leer y entender los principios de la fe y los episodios más relevantes de la Historia Sagrada.

La escultura se concentra especialmente en las portadas, cada vez más prolijas, pero sobre todo decora los canecillos que soportan los aleros y los capiteles que flanquean cualquier tipo de vano o que sostienen las arquerías de los claustros, con frecuentes motivos vegetales. Se representan también episodios de la Vida de Cristo o del Antiguo Testamento, escenas apocalípticas e infernales, figuras de animales, guerreros y labriegos, músicos y bailarinas, acróbatas, zodiacos y calendarios y hasta escenas eróticas. Para el tímpano de la puerta principal de muchos templos se prefiere un tema especial: Cristo en majestad, rodeado por una orla almendrada, la mandorla, y acompañado por los símbolos de los cuatro evangelistas: es el Pantocrátor.

Este mismo motivo será usado con más frecuencia en las pinturas murales que cubren el ábside de muchos templos, porque la arquitectura románica estaba llena de color, vivo y brillante. Muchas iglesias se pintaron, tanto por dentro como por fuera, aunque el paso de los siglos ha hecho desaparecer la mayor parte de este colorido.

Abadía de San Pedro de Moissac (Francia). Fotografía de Pedro Luis Huerta

MOBILIARIO LITÚRGICO: UN ARTE SUNTUARIO PARA EL CULTO

La misma necesidad de exuberancia que manifiestan las esculturas y pinturas de los templos se pone de relieve en el mobiliario litúrgico, donde abunda el oro, la plata, el marfil, las piedras preciosas o camafeos de origen romano y los esmaltes, en cuya manufactura alcanzaron gran fama los artesanos de Limoges.

El objeto lujoso es el paradigma de fe: a mayor riqueza, más devoción. Se configura un tesoro de metal y pedrería que envuelve y ensalza otro mayor, las reliquias, que son el fundamento sobre el que se levanta una iglesia o un monasterio.

Otros objetos que componen el mobiliario litúrgico son las imágenes de santos y especialmente de la Virgen, que se va perfilando como intermediaria entre Dios y los fieles. Se representan mediante esculturas que pueden ser de metales nobles o de esmaltes, pero comúnmente de madera tallada y policromada. Aún hoy se conservan gran cantidad de ellas en pequeñas iglesias parroquiales, perviviendo su devoción.

Virgen de las Batallas. Museo de Burgos (España). Fotografía de Jaime Nuño

EL ARTE ROMÁNICO EN CENTROEUROPA

La herencia imperial de Carlomagno acabará convirtiéndose, en plena época románica, con Federico Barbarroja, en el Sacro Imperio (1157), al que poco después se le añadirá el apelativo de Romano y más tarde el de Germánico. Sus dominios se centran en los países del centro de Europa, abarcando también la parte oriental francesa. El arte románico de estos territorios está muy influenciado por la tradición anterior, con monumentales arquitecturas en las que la escultura, sin embargo, no ocupa un lugar destacado.

Entre sus principales construcciones podemos destacar las imponentes catedrales alemanas de Spira, Worms o Maguncia o la colegiata polaca de Tum, así como la catedral de Gurk (Austria). En la Hungría actual se adoptan igualmente estas influencias, a las que se sumarán otras más occidentales, llegadas por el camino que se dirige hacia Jerusalén. Iglesias como las de Ják o Lébény, así como el monasterio de Ócsa conforman los mejores ejemplos del románico húngaro. Distinto es lo que ocurre en el extremo más occidental de Centroeuropa, donde se halla Cluny (Borgoña), cuya influencia se irradia en todas direcciones, penetrando hasta las montañas suizas, como pone de manifiesto la abadía de Paderne.

Nuestra Señora de Magdeburgo (Alemania). Fotografía de Jaime Nuño

EL ARTE ROMÁNICO EN LAS RIBERAS ATLÁNTICAS

En época altomedieval el monacato irlandés fue muy dinámico, pero su obsesión por el ascetismo no se tradujo en una creación artística relevante. Las invasiones vikingas tampoco favorecieron las artes, pero desde que estos guerreros del norte se asientan en torno a Ruán y se convierten al cristianismo, especialmente desde que en 1066 su duque Guillermo conquista Inglaterra y se convierte en rey de los ingleses, el eje atlántico que conforman Aquitania, Poitou, Normandía, Inglaterra y Flandes será uno de los más dinámicos. En estas tierras se elevan monumentos tan representativos del arte románico como Notre-Dame la Grande de Poitiers y la catedral de Angulema (Francia), Santa Gertrudis de Nivelles y la catedral de Tournai (Bélgica) o las catedrales de Durham y Winchester (Inglaterra). En Bayeux (Francia) se conserva además el tapiz que relata la conquista de Inglaterra por Guillermo de Normandía.

En esos momentos los reinos hispanos están inmersos en su lucha contra los musulmanes, pero mientras que se combate por avanzar hacia el sur, poco a poco en la retaguardia, más estable, se va configurando una ruta de peregrinación, el Camino de Santiago, que será la vía para la penetración del arte románico y otras influencias de los reinos europeos en España. En Galicia y en Portugal, los más importantes edificios, las catedrales, trasmiten más la imagen de castillos que de iglesias, como se aprecia en Tui, Oporto, Coímbra, Lisboa o en Santiago de Compostela.

Iglesia de San Pedro de Melle (Francia). Fotografía de Pedro Luis Huerta.

ARTE ROMÁNICO EN LA EUROPA ORIENTAL

Las llanuras de la Europa oriental conocieron durante siglos la violenta irrupción de los pueblos de las estepas, sometidas una y otra vez a guerras y rapiñas. Un hito importante para la relación de estos pueblos con Occidente fue la apertura de la ruta de peregrinación a Tierra Santa a través del reino húngaro, un camino que sería recorrido desde entonces por miles de viajeros y peregrinos, así como por los ejércitos cruzados. Sin embargo estos territorios adoptaron, generalmente, el cristianismo ortodoxo, por lo que el concepto de románico aplicado a su arquitectura puede ser discutible.

La complicada configuración de tales estados no permitió un gran desarrollo de las artes, aunque llegaron a levantar algunos templos románicos. En Serbia se conservan las iglesias de Sopocani, Studenica o Gradac. Hacia oriente, en Bulgaria, se construyen templos como el del monasterio de San Iván de Zemen o San Nicolás de Sapareva Banya, más ligados a lo bizantino que a lo románico. Por su parte, los territorios de Valaquia, Moldavia o Transilvania, que constituyen la actual Rumanía, formaban los límites orientales del reino húngaro, tierras continuamente en lucha, en pie de guerra, en cuyo contexto se entiende uno de los ejemplos más orientales del románico europeo, la iglesia fortificada de San Miguel de Cisnadioara.

San Miguel de Cisnadioara (Rumanía). Fotografía de Irina Cristian.

ARTE ROMÁNICO EN LOS TERRITORIOS ESCANDINAVOS

En las inmediaciones del año mil, los vikingos acabaron convirtiéndose completamente al cristianismo y adoptaron las formas artísticas románicas, manteniendo vivas las tradiciones escandinavas, como la presencia de la arquitectura en madera y las decoraciones a base de entrelazos y animales fantásticos. Pero las estrechas relaciones que mantenían con las islas y costas atlánticas aportaron la influencia del románico más occidental. Es lo que ocurre en la catedral de Stavanger y en las ruinas de la de Hamar, ambas en Noruega, a la que cabe sumar también la de Trondheim, el mayor templo románico de Escandinavia. Pero en Noruega las construcciones más peculiares de aquel momento son las stavkirken o iglesias de madera, con muros a base de tablones, de compleja techumbre compuesta por empinados tejados escalonados, cubiertos de tablillas formando escamas. Hoy apenas han sobrevivido dos docenas, entre las que destacan las de Lom, Urnes y la de Borgund, icono de la arquitectura vikinga cristianizada.

En Suecia las construcciones de madera no han llegado hasta nuestros días, pero en piedra se conserva alguna iglesia, como la de Husaby o Sigtuna, así como la catedral de Skara y la de Lund. En Dinamarca la época románica supone igualmente el tránsito de la construcción en madera a la piedra, que permite la erección de grandes templos como la catedral de Ribe o la de Viborg. Más llamativo es el caso de la iglesia del monasterio benedictino de Ringsted, edificada en ladrillo, con claras influencias de la arquitectura lombarda. Igualmente cabe destacar un conjunto de iglesias entre las que sobresalen las de Osterlasker, Olsker o Nyker. Por el contrario la cristianización de Finlandia no llegó hasta las postrimerías del periodo románico, por lo que los testimonios de este arte son escasos e incluso muy pobres. Como edificio románico más relevante se suele señalar la iglesia de Aland.

Iglesia de madera de Borgund (Noruega). Fotografía de Aicyss

ARTE ROMÁNICO EN EL MEDITERRÁNEO

La península itálica mantuvo viva la tradición romana clásica, enriquecida con las aportaciones del imperio bizantino, lo cual se deja sentir en sus producciones románicas. Se considera al norte de Italia como uno de los centros donde se generó este arte, favorecido por el dinamismo comercial de sus ciudades. En regiones como el Véneto, Emilia-Romaña o Lombardía, antes incluso de que finalizara el primer milenio, ya se empiezan a manifestar prototipos de lo que será la arquitectura románica, como la iglesia del monasterio benedictino de Pomposa o la de San Vicenzo in Prato.

En el extremo norte el peculiar románico lombardo, con sus arquillos ciegos y bandas, se expande por buena parte de Europa; en las riberas del Adriático y en el centro de la península el influjo clásico dota a las construcciones de una esbeltez y liviandad admirables, en Córcega se apuesta por el colorista juego de materiales y, en el sur, el asentamiento de los normandos hace llegar las influencias atlánticas y las de Tierra Santa.

Catedrales como las de Parma, Módena o Pisa admiran por su grandiosidad, elegancia y pericia, templos como el de San Miniato del Monte, en Florencia, o el baptisterio de esta misma ciudad parecen el hilo nunca roto entre el imperio romano y el Renacimiento. El monasterio toscano de San Antimo, las catedrales de Asís y Spoleto (ambas en Umbría) o la de Trani, en Apulia, muestran las cualidades del más característico y recio románico. Mientras tanto, en el extremo sur normando, hallamos templos como las catedrales de Palermo, Cefalú o Monreale, donde se percibe ese influjo musulmán consustancial a la cuenca mediterránea.

Duomo y Campanile de Pisa (Italia). Fotografía de Jaime Nuño.
Plaza del Duomo. Pisa (Italia)

UNA GRAN RUTA PARA EL MOVIMIENTO DE PERSONAS, MERCANCÍAS E IDEAS: EL CAMINO DE SANTIAGO

Uno de los fenómenos sociales y culturales más importantes que acompañó el desarrollo del arte románico fue el auge de las peregrinaciones, que puso en movimiento a miles de personas, especialmente con tres destinos: Roma, Jerusalén y Compostela, aunque sería esta última ciudad la que canalizaría a la mayor parte de los devotos.

La catedral de Santiago es uno de los monumentos emblemáticos del siglo XII, pero por las distintas ciudades hispanas, por las cuatro grandes vías que recorren Francia y a través de los caminos que arrancan desde los extremos más orientales de la Cristiandad, el arte románico acompaña permanentemente al peregrino.

Esta gran ruta se configura especialmente desde Francia, donde el devoto puede encontrar gloriosos santuarios. En la más occidental, la vía turonense, además de Notre-Dame-la-Grande de Poitiers, se alza San Eutropio de Saintes; en la lemovicense están La Magdalena de Vézelay, San Marcial de Limoges (destruida en gran parte durante la Revolución Francesa), o San Leonardo de Noblat; en la podense el peregrino pasaba ante San Miguel de Le-Puy-en-Velay, Santa Fe de Conques o San Pedro de Moissac, mientras que en la vía tolosana, la que también servía de camino hacia Tierra Santa, se hallan monumentos tan famosos como San Trófimo de Arlés, Saint Gilles du Gard, Saint Guilhem-le-Désert o Saint Sernin de Toulouse.

Con la entrada en España los caminos se unificaban, conformando el Camino Francés, a cuya vera se disponen edificios románicos tan emblemáticos como la catedral de Jaca, el monasterio de San Juan de la Peña, San Martín de Frómista o San Isidoro de León, entre cientos de pequeñas iglesias. Pero es en el extremo oriental de la Península donde encontramos algunos de los testimonios más importantes del primer románico, como los monasterios de San Miguel de Cuxà, San Martín de Canigó, San Pedro de Rodas o Santa María de Ripoll.

Interior de la Catedral de Santiago de Compostela (España). Fotografía de Jaime Nuño
Fachada del Obradoiro. Catedral de Santaigo de Compostela (España)
Portada de Platerias. Catedral de Santiago de Compostela (España)

EL ARTE ROMÁNICO EN TIERRA SANTA

Cuando el papa Urbano II convocó la Primera Cruzada en 1095, un grueso contingente militar se puso en marcha desde occidente para recuperar los Santos Lugares. Logrado su objetivo y tras fundar un reino y varios principados, estos soldados llevaron hasta allí su arte. El edificio románico más emblemático es el Santo Sepulcro de Jerusalén, construcción de planta circular, de origen romano, reformado por los cruzados a mediados del siglo XII, que servirá de modelo a muchas iglesias de occidente vinculadas a las órdenes militares fundadas por estos soldados de Cristo. En la misma ciudad se construyó la iglesia de Santa Ana y se conservan también restos románicos en la mezquita de al-Aqsa. A ellos se suman otra serie de templos dispersos por los antiguos estados cruzados, como la iglesia de la Natividad en Belén, Santo Tomás de Tiro o las antiguas catedrales de Byblos y Beirut. Pero al margen de los edificios religiosos los cruzados levantaron numeroso castillos. El más emblemático es el Krak de los Caballeros (Siria), sede principal de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén hasta su expulsión en 1271.

La arquitectura de los cruzados ejerció notables influencias en occidente. Elementos estructurales y decorativos inspirados en el Santo Sepulcro se rastrean en multitud de edificios, mientras que otros, como Castle Acre (Inglaterra) o el claustro de San Juan de Duero (España) parecen directamente trasladados desde esos confines mediterráneos orientales.

Iglesia del Santo Sepulcro. Jerusalén (Israel). Fotografía de Javier Martínez de Aguirre

LOS GRANDES MAESTROS Y LOS GRANDES CENTROS RELIGIOSOS COMO REFERENCIA ARTÍSTICA

Aunque la mayor parte de los artífices del arte románico fueron anónimos, se conocen buen número de personajes que dejaron testimonio de su responsabilidad sobre algunas obras. Este anonimato obliga en unos casos a referirnos a los artífices por el lugar donde se halla lo mejor de su obra (Maestro de Silos, Maestro de Cabestany), pero otros maestros son conocidos por su nombre: Benedetto Antelami, escultor y arquitecto que trabajó en el entorno de Parma; Lanfranco de Módena, “célebre por su ingenio, sabiduría y ciencia”, según reza una lápida; Wiligelmo, escultor de la catedral de San Geminiano, también en Módena; Gisleberto de Autun, que dejó su nombre en el tímpano de la catedral de San Lázaro; o Mateo, que ideó el famosísimo Pórtico de la Gloria que preside la fachada principal de la catedral compostelana.

Un original modelo artístico románico se multiplica así a partir de grandes maestros que ejercen su influencia sobre otros de menor creatividad, pero también a partir de grandes centros que irradian un esquema, una iconografía replicada en un entorno más o menos amplio, a veces durante muchos años. Son las cuadrillas itinerantes quienes toman lo más llamativo de un lugar para imitarlo en otros, artistas o artesanos que anotan en sus libros de copias aquello que les ha llamado la atención para utilizarlo de modelo una y otra vez.

Iglesia de San Cornelio y San Cipriano en Revilla de Santullán. Palencia (España) Fotografía de Jaime Nuño

EL ROMÁNICO: DOS SIGLOS EN LA FORMACIÓN DE EUROPA

Entre los siglos XI y XII se produjeron grandes cambios en Europa. Saliendo de una larga crisis social y económica, los jóvenes estados de lo que entonces se conoció como Cristiandad aprendieron a organizarse de una manera más estable. Los monasterios contribuyeron en gran medida a esa labor, configurándose como verdaderas factorías de desarrollo económico, cultural y espiritual. No fueron, sin embargo, tiempos fáciles, puesto que la violencia y rivalidades estaban a flor de piel, aunque buena parte se supo canalizar hacia enemigos comunes externos, hacia la conquista de los Santos Lugares.

Fueron siglos en los que empieza a construirse la identidad de los pueblos y estados modernos, cuando las lenguas regionales se independizan definitivamente y se convierten, además de en hablas del pueblo, en lenguajes de las cancillerías, aunque sigue manteniéndose el latín como idioma común. Un tiempo en el que se establecen las grandes rutas de comunicación que articularán Europa hasta nuestros días.

En esta Europa, todavía absolutamente rural, se vivieron entonces momentos de gran creatividad a pesar de los escasos recursos materiales y técnicos, años en los que ciudades, aldeas y campos se llenaron de iglesias con un mismo patrón constructivo, ese arte románico que aún hoy, casi mil años después, sigue salpicando las tierras y pueblos europeos.

Iglesia de San Miguel en Beleña de Sorbe. Guadalajara (España).  Fotografía de Jaime Nuño.
Monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo (España). Fotografía de Jaime Nuño.
Créditos: reportaje

Guión y textos — Jaime Nuño
Video — Marce Alonso
Locución — Carmen Molinos, Jennifer Johnson
Dibujos — José Miguel Tirado, Chema Román
Fotografías — Jaime Nuño, Pedro Luis Huerta, José Luis Alonso, Javier Martínez, Irina Cristian, Ayciss
Montaje — Fernando Castillo, Maxi Barrios, Álvaro Reviriego
Traducción en inglés  — Elizabeth Disney
Información ampliada — www.romanicodigital.com

Créditos: todos los contenidos multimedia
En algunos casos, el reportaje destacado es obra de un tercero independiente y no siempre representa los puntos de vista de las instituciones indicadas a continuación, que son las que han proporcionado el contenido.
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