1665 - 1669

Murillo y los Capuchinos de Sevilla

Museo de Bellas Artes de Sevilla

Esta exposición hace posible, por primera vez, la reconstrucción de la serie completa de pinturas de los Capuchinos de Sevilla, realizadas por Murillo, desde su dispersión en el siglo XIX.

Cuando se cumplen cuatrocientos años del nacimiento del pintor Bartolomé Esteban Murillo que tuvo lugar en los últimos días del año 1617, este museo rinde homenaje a uno de los grandes artistas del arte barroco español y el más significativo dentro de la dilatada historia de la escuela pictórica sevillana. Lo hace con la exposición del conjunto de pinturas que realizó para el convento de los Capuchinos de Sevilla, uno de los mejores ciclos pictóricos del siglo XVII español y una de las empresas más ambiciosas de las realizadas por el artista.
Las obras
Esta muestra hace posible la reconstrucción de la totalidad de la serie por primera vez, desde que la invasión napoleónica provocara su dispersión en el siglo XIX. A la mayoría de las obras, pertenecientes a la colección del Museo de Bellas Artes de Sevilla desde la desamortización de los bienes eclesiásticos llevada a cabo en 1835, se unen los préstamos de diversas instituciones españolas y extranjeras, entre ellas la obra más significativa del conjunto, "El jubileo de la Porciúncula", lienzo principal del retablo del altar mayor. Su restauración se ha confiado a este museo y permanecerá en Sevilla durante diez años, gracias al préstamo realizado por el Wallraf-Richartz Museum de Colonia, actual propietario de la obra.
El retablo mayor
En 1665 los franciscanos contratan con Murillo la ejecución de las pinturas de la iglesia, y el pintor se aloja entonces con sus oficiales en el convento. En los últimos meses de aquel año y durante gran parte de 1666, pinta y coloca el retablo mayor. Éste estaba presidido por "El jubileo de la Porciúncula," rodeado por seis obras de asuntos devocionales, además de un "San Miguel" y un "Ángel de la Guarda", ambos también en la capilla mayor. "La Virgen de Belén", llamada popularmente "La Virgen de la servilleta", realizada para el refectorio, y una "Santa Faz", también pintadas en este momento, se incorporarán al retablo en el siglo XVIII. En los altares laterales del presbiterio se ubicaban "La Anunciación" y "La Piedad".

La necesidad de adaptar esta obra a la curvatura del arco del presbiterio obligó al pintor a plantear su composición acomodando su forma al espacio al que esta pintura, y su pareja -San Félix de Cantalicio con el Niño–, iban destinadas.

Es reseñable en esta pintura la manera en la que Murillo, ya en su época de madurez, resuelve la caracterización de la vejez de san Félix. Las arrugas del paso de los años no están trazadas exclusivamente mediante la pincelada sino que también se marcan utilizando el cabo del pincel.

La sencilla composición de esta obra adolece de cierto estatismo y de una simetría apenas rota por los utensilios cerámicos situados en la zona inferior y por la amplitud y movimiento de los paños.

El lienzo reúne, a través de los dos santos representados, las dos comunidades religiosas que a lo largo de la historia ocuparon este solar y alude a la continuidad entre la primitiva fundación de san Leandro en el siglo VI y el convento capuchino.

Esta admirable representación de la infancia de Jesús mantiene grandes semejanzas con uno de sus lienzos más famosos, El Buen Pastor del Museo Nacional del Prado, obra realizada por las mismas fechas y con la que comparte la técnica pictórica y la naturalidad en el rostro del Niño, que nos evoca, a su vez, su reconocida capacidad para el retrato.

San Juan Bautista se representa aislado, como anacoreta en el desierto. Su indumentaria viene referida de los evangelios: un áspero cilicio tejido de pelo de camello que le cubre hasta la mitad de las piernas y los brazos, y un ceñidor de piel de cabra en la cintura.

María muestra al Niño a través de una ventana como en una escena cotidiana, creando una insólita sensación de espontánea cercanía con el espectador, que convierte a esta pintura en una obra icónica del barroco español.

En esta Anunciación, tema del que Murillo realizó numerosas versiones, las figuras aparecen estáticas, con gestos algo teatrales pero con poca expresividad en sus rostros. A ello contribuyen el colorido armónico pero algo apagado y el efecto de contraluz que provoca la luminosidad que irradia del Espíritu Santo hacia ese espacio impreciso en que se encuentra la Virgen María.

En fecha indeterminada, posiblemente en el siglo XIX, esta pintura fue mutilada perdiendo la parte superior rematada en medio punto, formato que aún conserva la Anunciación, obra con la que formaba pareja.

Los altares laterales
Las obras se paralizan hasta 1668, año en el que Murillo comienza las pinturas de los retablos laterales de la nave de la iglesia, finalizadas en 1669, tres en el lado de la epístola y tres en el del evangelio, consagrados en su mayor parte a santos franciscanos, dispuestos en altares presididos por un solo cuadro. La serie se completó con la Inmaculada, llamada la Niña, que se encontraba en el coro bajo.

Este episodio alude al pasaje evangélico (Lucas, 14: 33) del libro que sostienen los dos ángeles de la derecha: «Qui non renunciat omnibus qui possidet non potes meus esse dicipulus» (Quien no renuncia a todas las cosas que posee no puede ser mi discípulo). Jesús corresponde a Francisco desclavando uno de sus brazos para confortarlo.

Las presencias inusuales en Murillo del dragón y de Dios Padre convierten esta obra en una de las más emotivas materializaciones de la imagen de la Inmaculada Concepción de María como nueva Eva, triunfante y vencedora del pecado, como era mostrada en los sermones y en la piedad popular del momento.

La intencionada sencillez de esta composición, ensalzada por los viajeros románticos, hace de una tierna mirada -una Sacra Conversación- entre los dos protagonistas el único argumento. La mejor manera de plasmar la sencilla, profunda y austera devoción capuchina por Dios Niño.

Esta Adoración la más personal, sin lugar a dudas, de las que hiciera Murillo en toda su carrera, advierte además un cambio de mentalidad en el pintor, derivado de la madurez alcanzada en su pintura. Ya no copia. Crea.

Esta magnifica pintura contiene algunos de los elementos que más caracterizan la obra de madurez del artista y que le dieron merecida fama. Demuestra su capacidad para representar la infancia en el Niño Jesús y en las figuras angelicales.

A lo largo de los siglos este cuadro ha despertado numerosos elogios de los expertos. Palomino en el siglo XVII nos dice que Murillo se sentía especialmente orgulloso de él y que le llamaba "su lienzo".

La gracia de las formas y un sentido minucioso de la composición que caracterizan las obras de este periodo, convierten esta obra en claro precedente del gusto rococó en el que Murillo gozó de gran fama.

Museo de Bellas Artes de Sevilla
Créditos: reportaje

Murillo y los Capuchinos de Sevilla

Comisaria: Valme Muñoz Rubio, directora del Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Departamento de Difusión: Ignacio Cano Rivero, Virginia Marqués Ferrer y Fernando Panea Bonafé.
Departamento de Conservación e Investigación: Ignacio Hermoso Romero, Rocío Izquierdo Moreno y Lourdes Páez Morales.
Restauración: Fuensanta de la Paz Calatrava, Mercedes Vega Toro y Alfonso Blanco López de Lerma.
Fotografías: Google Art Project, Pepe Morón, Fuesanta de la Paz Calatrava, Mercedes Vega Toro y Alfonso Blanco López de Lerma.
Difusión en RRSS: Lourdes Páez Morales.
Montaje virtual y adaptación de textos: Lourdes Páez Morales.

Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Créditos: todos los contenidos multimedia
En algunos casos, el reportaje destacado es obra de un tercero independiente y no siempre representa los puntos de vista de las instituciones indicadas a continuación, que son las que han proporcionado el contenido.
Traducir con Google
Página principal
Explorar
Cercano
Perfil