21 jul. 2013

INTERVENCIONES en los exteriores del CAAC

Centro Andaluz de Arte Contemporáneo

Piezas escultóricas, intervenciones e instalaciones que han sido presentadas en diferentes espacios exteriores del antiguo Monasterio de la Cartuja, sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.

INTERVENCIONES en los exteriores del CAAC
Siguiendo la tradición del “arte en espacios públicos”, se presentan piezas escultóricas, intervenciones, instalaciones y pintura mural que han sido instaladas en diferentes espacios exteriores del antiguo Monasterio de la Cartuja, sede del CAAC. Se trata de una muestra compuesta por obras recientemente donadas o depositadas, junto a otras que ya pertenecían a la colección permanente del museo. Este proyecto va más allá del histórico parque o jardín escultórico (que sigue, por ejemplo, el bien conocido Museo Kröller-Müller de Holanda), para situarse más bien en la estela del Proyecto Escultórico de Münster, que tiene lugar en esta ciudad alemana cada diez años, basado en intervenciones específicas realizadas por artistas invitados para espacios concretos cargados habitualmente de diversos significantes. Otro de los objetivos de este conjunto ahora exhibido es que el visitante conozca los amplios espacios exteriores del CAAC sin perder la perspectiva contemporánea del museo. El recorrido se extiende por las praderas, patios interiores del antiguo monasterio, huertas y jardines, algunos lugares insólitos y poco visitados habitualmente.

Ya desde sus primeros trabajos de los años 70 en Los Ángeles, la artista Maura Sheehan ha pretendido dotar a los espacios de nuevas significaciones construidas a partir del contexto económico, político y social, y cómo éste se ha reflejado en las formas arquitectónicas.

Lagunas (2000), formó parte de una serie de cinco intervenciones que, bajo el título de Veladuras, la artista realizó en el CAAC en el año 2000. Formada por una trama geométrica de trozos de mármol reaprovechados de la reforma de las techumbres de uno de sus edificios, Sheehan pone en juego tanto la idea de ruina como la del color.

En esta reflexión –formada por una trama geométrica de trozos de mármol reaprovechados de la reforma de las techumbres de uno de los edificios del CAAC–, Sheehan pone en juego tanto la idea de ruina como el color. La primera la relaciona con lo acontecido en esta isla de la Cartuja tras el año 92. El segundo es el mismo azul intenso que se puede apreciar en los adornos cerámicos de la fachada del edificio. Y el mismo que se utiliza en muchos países mediterráneos para pintar terrazas y fachadas, lo que nos remonta a los orígenes de este edificio, un alfar almohade.

Así, edificio y fachada dan las pautas para leer Lagunas, una obra en la que colaboran arquitectura, historia y mirada.

Pedro de Mora (Sevilla, 1961) es capaz de nutrirse de las sociedades que habita y desarrollar su lenguaje en torno a ellas. Su obra se mueve rápidamente de unas preocupaciones a otras, desplegando un trabajo difícilmente clasificable. No obstante, no sacrifica en este tránsito el componente visual de sus propuestas, poseyendo un estilo definido.

En Bus Stop intenta poner en cuestión los límites entre el arte y lo cotidiano al sacar su obra del espacio restringido del museo y llevarla al ámbito público urbano. Invierte de este modo la estrategia de Duchamp, quien introdujo en el museo objetos ajenos a él. Mora despoja al museo del arte, reinsertándolo en una trama viva de experiencias ordinarias con la idea de desarrollar una estética del siglo XXI en el ámbito de lo cívico y lo cotidiano.

Esta obra altera el concepto clásico de monumento, ya que empleando materiales nobles propios de la escultura, crea un prototipo singular de mobiliario urbano para ser utilizado como lugar social para el descanso o el encuentro; convirtiendo al usuario en parte activa de la escultura.

La obra de López Cuenca (Nerja, Málaga, 1959) refleja su compromiso social, que representa mediante los juegos lingüísticos y la contraposición irónica de imágenes.

La obra fue elegida por un jurado internacional para su exhibición en el marco del proyecto Arte Actual en los espacios públicos de la Exposición Universal de Sevilla. Decret nº 1 toma su nombre del “Decreto nº 1 para la democratización de las artes” (1918), publicado en la Gaceta de los Futuristas de Moscú donde, bajo el lema “todo el arte para todo el pueblo”, se promovía la disolución de la actividad artística en la vida cotidiana.

Compuesta por 24 elementos idénticos en formato y colores a los instalados con carácter informativo en el recinto de la Expo 92, fue colocada camuflándose entre la señalética institucional. Así, mediante textos en diferentes idiomas e iconos incomprensibles, López Cuenca trató de infiltrar su propio discurso dentro del oficial, provocando la confusión y el desconcierto del visitante. El proyecto fue censurado y retirado el día antes de la inauguración.

La artista Cristina Lucas (Jaén, 1973) inició su obra en el campo del happening y las acciones, pasando después a realizar instalaciones, fotografías, vídeos y dibujos.

Centrada en la crítica de género y de las estructuras culturales y de poder, utiliza la metáfora y la sátira para crear sensaciones ambiguas en el espectador, siempre desde un punto de vista feminista, aparentemente inocente.

Alicia representa una figura gigante cuyo rostro y brazo derecho escapan por las ventanas de una habitación donde parece haber quedado atrapada. La artista se inspira y reinterpreta el pasaje del libro de Lewis Carrol Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, en el que la protagonista, atraída por la curiosidad, come de un pastel con la palabra escrita “CÓMEME” y crece sin control, en este caso hasta que no cabe en la habitación y tiene que sacar un brazo por una ventana.

De esta forma nos trae la inquietante fantasía del conocido libro al espacio real de La Cartuja, aludiendo a la reclusión tanto física como psíquica de la mujer como forma de opresión, atrapada en el espacio de su casa.

Bajo la apariencia de un trabajo escultórico convencional y con una lectura que incide en clave irónica en la controversia que desde el romanticismo viene desarrollándose en torno a la noción de artista, Curro González ha ideado esta instalación escultórica compuesta por dos elementos, sonoro y visual, que interactúan con el público. De esta forma ofrece una paradójica versión del artista individual, representado como “hombre-orquesta” que se enfrenta a la “Puerta de la Fama”, umbral que recoge la idea de que el fin último para el artista es la consecución del éxito que garantice su paso a la posteridad.

Esta situación inicial queda alterada cuando el público, que es quien realmente traspasa la puerta, se ve, al hacerlo, sorprendido por el sonido de una fanfarria. Algo que juega a cambiar los papeles dentro de esa cadena de reconocimientos. Y es asimismo ese público el que, captado por la cámara situada en los ojos del artista-hombre-orquesta, se puede ver por breves momentos en otro espacio, junto a la puerta principal o Puerta de Tierra, pasando a formar parte de la obra de arte por breves momentos, creando así un cruce de conceptos entre lo que el artista ve –la entrada triunfal del espectador-público– y lo que el espectador-público puede ver a través de la imagen proyectada en otro espacio y contexto.

La obra de los hermanos Rosado propone una reflexión sobre la identidad utilizando diferentes medios y materiales que se conjugan para crear instalaciones de clara intención escenográfica. Ventanas iluminadas es una instalación concebida de forma específica para el paseo de entrada del Monasterio de la Cartuja de Sevilla, sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.

Para construir estos fragmentos de casas, MP&MP Rosado han recurrido a materiales (sobre todo papel y madera) y formas (cajas, bloques) muy simples, que por su calidad abstracta permiten sugerir un mayor grado de fantasía e imaginación. Su objetivo es crear una escenografía fluctuante –pues se va transformando con el paso de las horas–, que representa un mundo aparentemente vacío pero repleto de presencias invisibles.

Las ventanas iluminadas a las tres de la madrugada, citadas por el argentino Roberto Arlt en Aguafuertes Porteñas, sirven de inspiración para esta obra como metáfora de la idiosincrasia urbana contemporánea, de las historias que se esconden en sus esquinas, de la experiencia de la multitud y de la soledad que viven cotidianamente sus habitantes.

Las obras más recientes de Maria Thereza Alves (São Paulo, Brasil,1961) apelan directamente al contexto del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Ambas esculturas fueron realizadas a partir de huesos de una fruta común en Brasil, la yaca (Artocarpus heterophyllus: también conocida como “árbol del pan”, “panapén” y jackfruit, en inglés), tras haber sido limpiados y “esculpidos” por la artista, en su boca.

La yaca (originaria de la península de Malaca, en Asia) fue llevada por los portugueses a Brasil con la intención de cultivar un alimento barato y energético – su sabor está a medio camino entre el mango y la naranja–, que sirviese para abastecer al creciente número de esclavos africanos. Con el tiempo, el árbol de la yaca se ha extendido por grandes áreas del territorio brasileño y ha llegado a desplazar la flora autóctona en algunos bosques del país.

En Sevilla, Maria Thereza Alves ha escogido un lugar muy específico para instalar estas dos obras. Las ha situado en el jardín, al pié del centenario ombú que, según cuenta la tradición, fue plantado por Hernando Colón, hijo del legendario navegante y uno de los primeros traficantes de esclavos africanos hacia América. El simbolismo de este gesto adquiere especial relevancia, si consideramos la trayectoria de Alves en su conjunto. Pocos lugares como la isla de la Cartuja son capaces de propiciar una relación tan estrecha y estimulante con su obra, basada en buena medida en la interacción entre el colonialismo y la ecología.

Esta obra fue realizada por la artista para la I Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla específicamente para el lugar donde se instaló y donde permanece en la actualidad, una de las huertas de los monjes del Monasterio de la Cartuja.

Consiste en un pequeño muro de ladrillos de cerámica en miniatura, construido con toda perfección y cruzando la huerta de parte a parte. Situado delante de una morera que ocupa el centro del patio y que provoca una desconcertante relación entre ambas escalas, el muro construido por Priscilla Monge cuestiona nuestras perspectivas de realidad; la pared tiene la altura de un libro, es fácil de saltar y, no obstante, constituye una barrera: esos minúsculos ladrillos, así como la instalación, se ocupan, curiosamente, de mantener la distancia.

Parece de repente grande, gigantesca, y luego otra vez pequeña, como si uno tuviera que agacharse o transportarse de nuevo a la perspectiva de un niño que juega en el suelo. Grande o pequeña, en ambos casos no es la pared más desproporcionada que nuestra relación sensitivo-corporal con ella.

Artistas multidisciplinares, Libia Castro y Ólafur Ólafsson trabajan juntos desde 1997. En sus obras emplean materiales y técnicas muy diversas. Su extraordinaria variedad temática no impide que muestren un empeño artístico propio, ocupándose de aquellas cuestiones que nos conciernen como ciudadanos: la identidad, el trabajo, la economía, la inmigración ilegalizada o la forma en que se construyen y destruyen nuestras ciudades. Exploran así tanto lo permitido socialmente como aquello que está más allá de lo “conveniente”.

A través de la fuerza de la imagen y de las sugerentes posibilidades del sonido, transportan al espectador a realidades sociales muy dispares, intentando despertar nuevas inquietudes e invitando a cuestionar ciertas verdades admitidas como absolutas.

La intervención ¿Quién tiene miedo del rojo, del amarillo y de ti? fue realizada específicamente para este lugar en la exposición Tu país no existe (2011). Su título, modificado, alude irónicamente al de la conocida serie de Barnett Newman Who’s Afraid of Red, Yellow and Blue, donde el pintor norteamericano experimentó entre 1966 y 1970 con superficies de color y el impacto que causaba el tamaño de sus cuadros al rebasar el campo de visión del espectador. Aquí, sin embargo, los campos de color han sido sustituidos por dos bombillas –roja y amarilla–, mientras el azul se convierte en el verde del árbol que preside el espacio.

Federico Guzmán (Sevilla, 1964) siempre se ha revelado como un creador comprometido. Esta implicación con la sociedad y la naturaleza se acentuará tras sus estancias en Colombia y el Sahara, donde termina de concebir la íntima relación entre naturaleza y arte.

Su obra se presenta llena de optimismo, vitalidad, ternura y color, buscando siempre el referente de la sociedad actual. En ella los objetos, de una diversidad extraordinaria, adquieren una novedosa identidad plástica que hace que se alejen de los constreñidos sistemas habituales, provocando así una inmersión en un sistema mucho más vitalista y, por tanto, provocador de una ilusión vital más viva.

Todo esto está presente en Reloj estacional. La obra está concebida como un reloj vegetal,vivo, capaz de registrar el paso del tiempo por medio de una docena de especies de plantas que, seleccionadas de acuerdo a nuestra localización geográfica, clima y estaciones, abren y cierran sus flores cada día a lo largo de su temporada de crecimiento. No obstante, su pretensión no ha sido que la naturaleza funcione como un reloj, sino construir un reloj que funcione con las estaciones naturales a lo largo del año.

Centro Andaluz de Arte Contemporáneo
Créditos: reportaje

INTERVENCIONES en los exteriores del CAAC

Organiza
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo
Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía

Fotografía: Guillermo Mendo y Pablo Ballesteros

Centro Andaluz de Arte Contemporáneo

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