Frida, bajo el signo de Leo

Fundación Leo Matiz

Descubre a Frida a través de los retratos realizados por el afamado fotógrafo colombiano Leo Matiz.

El artista colombiano Leo Matiz (1917-1998) llega a los 24 años a Ciudad de México, tras un viaje a pie desde Panamá. Ese recorrido lo preparó para la vida en la gran urbe donde parecía estar ocurriendo todo. A escasos meses de estar en la antigua Tenochtitlan, la Embajada de su país le invita a hacer parte de una exposición colectiva en el Palacio de Bellas Artes, templo mayor del arte mexicano que tenía 7 años de haber sido inaugurado.

Ese mismo año, Leo comienza a integrarse al ambiente artístico de la época, liderado por los tres grandes pintores muralistas: José Clemente Orozco (1883-1949), Diego Rivera (1886-1957) y David Alfaro Siqueiros (1896-1974). Con ellos hace amistad, a partir de su pasiones estéticas y de su trabajo como fotógrafo. En particular, a lo largo de su vida recordaría “la vida turbulenta de Diego Rivera y Frida Kahlo (1907-1954)”.

Leo Matiz fue un artista que nunca esperó a que lo encontrara la Belleza. Iba a cazarla con su cámara, donde ella estuviera. Bien fuera en el rostro de un niño perdido en una calle de la ciudad, en el místico gesto de una mujer del desierto o compartiendo un atardecer con Frida Kahlo. Vivió una época de irrepetible intensidad y efervescencia. “México lo viví de forma vertiginosa, entregado a la sensualidad del instante. Tuve reconocimientos pero nunca fui consciente de que era importante lo que yo hacía. Siempre fui errante e inestable, aún en la amistad”.

“Mis recuerdos de México son en blanco y negro. No sueño el color. Los colores se han ido de mi vida. Ahora todo es blanco y marfil. Tal vez esa penumbra sea un anticipo de la muerte”.

Leo Matiz abandonó México en 1947, tras enfrentarse a Siqueiros por haberle negado sus créditos como fotógrafo en una exposición en el Palacio de Bellas Artes. Siete años después falleció Frida. Leo volvió en 1996 a la casa de Coyoacán, donde vivieron momentos inolvidables, con Diego y sin él. Dos años después falleció Leo. Sea este el tributo a esa entrañable amistad que perdura en el tiempo, gracias al Arte.    

El filósofo español José Ortega y Gasset calificó al retrato como «principio radical de la pintura». Esta calificación se aproxima a la obra de Frida Kahlo, cuyo uso reiterado del autorretrato, determina no solo su personalidad plástica, sino también deja entrever sus descarnadas obsesiones. Usando su cámara como pincel y gracias a su amistad de varios años con la mexicana, el colombiano logró elaborar retratos tan íntimos como únicos, en los que la pintora parece entregarse satisfecha a su lente. Tanto en un jardín de Xochimilco como en su casa de Coyoacán, Kahlo es consciente del valor de Matiz.

“Pinto autorretratos porque estoy mucho tiempo sola. Me pinto a mí misma, porque soy a quien mejor conozco”: Frida Kahlo

“Cuando arribé a México en 1941 esa pareja de artistas había consolidado, bajo la atmósfera creadora y frenética de sus vidas, la imagen imborrable de su propia leyenda. Fui invitado muchas veces a la casa museo de Coyoacán y en una de esas visitas tomé fotografías que surgieron en la cocina de Talavera, en el desprevenido paseo de Frida en el antejardín de su vivienda, comprando telas a vendedores callejeros o en la actitud concentrada de Diego, observando el boceto de un mural”, dice Leo Matiz en su biografía “La metáfora del ojo”, escrita por Miguel Ángel Flórez.

Por otra parte, Frida y Diego: ¿no son acaso dos caras de la misma moneda? Él describe en sus murales la historia de un México despojado y saqueado. Ella de un México con el alma herida. Un México de marginados, mujeres y abortos, indígenas y tradiciones católicas. Un México lleno de dolor. Ella, la mujer irreemplazable, la mujer excéntrica, bisexual, la mujer escandalosa, revolucionaria. La irrepetible mujer que llamamos Frida Kahlo está rota, desgarrada en el interior de su cuerpo, igual que México.

“Quizá esperen oír de mí lamentos de ‘lo mucho que se sufre’ viviendo con un hombre como Diego. Pero yo no creo que las márgenes de un río sufran por dejarlo correr”: Frida Kahlo.

“Observo en esas imágenes, realizadas hace 50 años, la mirada profunda de Frida y el gesto severo de Diego y llego a sentirlas como poderosos y sugestivos destellos que iluminan el frágil velo de mi memoria. Voy a morir tranquilo, pensando que nadie superará lo que yo viví en México. Creo que he vivido allí el mejor siglo de la vida. Yo mismo no encontré nada en el mundo similar a lo que descubrí y amé en ese país. Cómo olvidar su luz blanca y transparente, sus atardeceres grises y azules, vividos en esa ciudad bullente de cinco millones de habitantes”.

El artista nacido en Aracataca es autor de algunos de los mejores retratos de la pintora. En uno en particular, de la misma serie con sus estudiantes, vemos a Frida casi como una escultura, luciendo un vestido tradicional y un rebozo, elementos esenciales de su iconografía personal. A partir de un contrapicado en el que su rostro está bañado de luz y sombra, su mirada indaga el infinito… un tocado de flores en la cabeza la corona.

En el libro, “Frida Maestra: un reencuentro con los Fridos”, Magdalena Zavala afirma que “La Rosita era una pulquería muy cercana a la Casa Azul, ubicada en las calles de Aguayo y Londres. En la primera ocasión, Frida convence al dueño, de que les permita al grupo de alumnos de la primera generación trabajar las paredes exteriores. En esta etapa, los alumnos se organizan para escoger la temática de los muros. Frida les pide que realicen diversas propuestas y entre todos aceptan las hechas por Erasmo Vázquez Landecci, Guillermo Monroy y Arturo Estrada. La realización fue una obra colectiva, y todos sus alumnos participaron”.

“Cada (tic-tac) es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno resuelva como pueda”: Frida Kahlo

Es en su serie de retratos de Frida Kahlo, en donde el lente del fotógrafo se convirtió en un prisma que transforma a este símbolo mexicano en un individuo familiar, cercano, terrenal. La fotografía de Matiz muestra el rostro dulce, incluso coqueto, de Frida; una cara de la artista que sólo se pudo capturar gracias a la familiaridad entre ella y el fotógrafo.

La casa de Frida era un universo propio. De puertas abiertas para sus amigos y amantes. Siempre había comida, tequila y buena conversación. Incluso cuando estaba ella sola. Leo capta eso. El silencio que la inspira. Sus pensamientos. Su mundo interior. Quizá porque él siempre cambió de residencia, de hábitat, de mundo. “He vivido con desesperación, con un deseo permanente de cambiar siempre. Habitaba un edificio y me mudaba a distintos apartamentos del mismo. Buscaba la soledad y huía de la gente, de las cosas, siempre ambicionando llegar a lugares donde nadie había llegado, o regresar a sitios de los que había partido”.

“Jamás en toda la vida, olvidaré tu presencia. Me acogiste destrozada y me devolviste íntegra, entera”: Frida Kahlo

Los ojos de Leo Matiz nos han devuelto de modo perdurable la mirada viva, luminosa e interrogante de Frida Kahlo. En el breve espacio de sus estampas, la imagen legendaria del artista mexicana nos invita a la observación cómplice del encuentro entre dos sensibilidades que asumieron a México y a su época como una fuente de libertad existencial y creación artística. Plenas de sugestión, encantadoramente intrigantes y nostálgicas, rigurosas en su composición y atrevidas en el virtuoso manejo de los contrastes de luz y sombra, las imágenes de Leo Matiz nos fijan en los secretos rincones de la memoria el rostro y el espíritu imperecedero de Frida Kahlo.

“Doctor si me deja tomar este tequila le prometo no beber en mi funeral”: Frida Kahlo.

Créditos: Historia

Fundación Leo Matiz

Alejandra Matiz
Presidente

Miguel Ángel Flórez Góngora y Juan Carlos Ensuncho Barcena
Textos

Estefanny Esquivel Magdaleno y Arturo Ávila Cano
Investigación

Nadia Anahí García
Diseño

Créditos: todo el contenido multimedia
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