Colecciones pictóricas de la Diputación Foral de Guipúzcoa y del Museo San Telmo (Siglos XIX-XX).

La Diputación Foral de Gipuzkoa y el Museo San Telmo han adquirido muchas obras de arte de origen local y foráneo, contemporáneas y antiguas. Asimismo, han apoyado a artistas noveles mediante becas y otras ayudas. Gordailua conserva pinturas y esculturas de diferentes épocas y estilos, sobre todo del XIX y del XX.

El género religioso fue preponderante en la pintura europea hasta el siglo XIX, que encontró en el ciclo de la vida de Cristo algunos de los temas más representados durante más de un milenio.

Como era habitual en la pintura del siglo XVII, Tassel confronta la visión idealizada de la Virgen y el niño con la naturalista del rey Melchor.

Durante el Barroco, los niños se incorporaron a la pintura religiosa y a otros géneros como protagonistas de pleno derecho. En ocasiones se integraron en el argumento, y en otras, el anecdotismo de sus actitudes constituyó el argumento mismo.

La iluminación contrastada, con luces y sombras marcadas, sirve para acentuar una volumetría casi escultórica de los cuerpos.

La Holanda de los siglos XVII y XVIII conoció la sublimación del género del retrato gracias al excepcional desarrollo de su sociedad civil, que deseó dejar constancia de la condición y el bienestar logrados en el plano temporal.

El retrato fue un género fundamental en la pintura española durante siglos, pero alcanza su mayor difusión durante el siglo XIX: las clases sociales que van desde la alta aristocracia a la pequeña burguesía se habituaron a encargar sus retratos, en muchas ocasiones para manifestar un orgullo de clase.

Esta democratización del retrato originó variados modelos compositivos de los que, desde época romántica, uno de los más habituales –y económicos para el cliente– fue el de busto sobre fondo neutro y formato ovalado.

Precisamente en época romántica, el éxito de Federico de Madrazo como renovador del retrato cortesano español motivó que numerosos de sus discípulos trataran de imitar las claves que prestigiaron su pintura: depuración formal, idealización, elegancia gestual, y maestría técnica en la captación de las calidades.

Además del retrato, el paisaje fue uno de los géneros que triunfó durante el siglo XIX. Durante el romanticismo se cultivó el ideal del artista viajero que reproducía vistas propias y ajenas, pero que, más que la fidelidad, buscaba transmitir una realidad arquetípica, a la vez que acentuaba un gusto pintoresco por la diversidad de tipos humanos.

En la animación colorista y la variedad de actitudes de las figuras residía uno de los complementos para hacer atractivo un cuadro durante el romanticismo.

En el siglo de las novedades, el paisaje sería a su vez objeto de una constante renovación plástica. En España, los primeros pasos más reseñables en su modernización se dieron de la mano de Carlos de Haes que, desde su cátedra en la Academia de San Fernando, defendió un acercamiento directo a la naturaleza mediante la práctica pictórica al aire libre y el empleo de un colorido limpio. Sus postulados fueron seguidos por muchos de sus innumerables discípulos, entre los que estuvo el guipuzcoano Eugenio Arruti.

Arruti fue uno de los mayores seguidores del concepto realista del paisaje en el País Vasco, que aplicó, sobre todo, a numerosas vistas de San Sebastián –inmerso en plena expansión urbana tras el derribo de sus murallas en 1863– y de sus alrededores.

La franja de terreno iluminada al final de la sombría arboleda ayuda a acentuar la profundidad de la perspectiva.

El concepto realista tuvo su continuación en Gipuzkoa gracias a la labor de Alejandrino Irureta, entre otros, que en ocasiones transmitió a sus vistas una huella evidente de su carácter melancólico y, en otras, la influencia del colorido limpio y luminoso de Martín Rico.

Pedro Venancio Gassis y Minondo, discípulo de Alejandrino Irureta y Martín Rico, recogió de ambos el testigo de un paisajismo realista amable, basado en la exactitud topográfica y la captación atmosférica, con el que pintó vistas tanto de Venecia, Cádiz o San Sebastián.

Durante el siglo XIX, la representación fidedigna de barcos fue un subgénero subordinado al marinismo, que se empleó además en la pintura de historia o para prestigiar a sus propietarios como dueños de unos distinguidos comportamientos de clase.

El género marinista tuvo en Gipuzkoa a José Salís como su mayor representante en las décadas de entre los siglos XIX y XX. Se acercó de forma recurrente a la costa para trasladar al carboncillo, al óleo o al aguafuerte los diferentes estados del mar.

En las últimas décadas del siglo XIX, el costumbrismo de raíz romántica caminó hacia una vertiente naturalista gracias a una doble influencia: la pintura del Siglo de Oro copiada en el Museo del Prado de Madrid y las novedades compositivas aprendidas en las cada vez más frecuentes visitas de los artistas vascos a París y Bélgica.

Junto con París, Bélgica fue un foco determinante en la modernización de la pintura vasca gracias a la irradiación de su influencia a través de Darío Regoyos, implicado en los círculos renovadores bruselenses desde muy temprano.

El contacto directo con los impresionistas franceses definió la evolución del estilo de Darío de Regoyos, que prestó una especial atención al paisaje vasco por considerarlo más propicio para captar la sensación atmosférica y una luz siempre cambiante.

El desarrollo industrial de Bizkaia y Gipuzkoa a finales del XIX generó nuevas fortunas, que imitaron los comportamientos de clase de la burguesía europea y americana, entre los que se encontraba la construcción de lujosas residencias.

La vista en detalle permite apreciar la técnica del falso mosaico, así como la consecuente tendencia a la geometría de las figuras.

Para la decoración de estas mansiones se contó con los principales artistas locales, que pintaron murales o diseñaron vidrieras con motivos, en la mayoría de los casos, extraídos de la vida rural.

La acentuada línea de cierre para las figuras y los diversos elementos del paisaje, así como el empleo de un colorido poco matizado, son consecuencia de la ejecución de la obra para ser aplicada a la vidriera.

Pese al avenimiento de la modernidad en las últimas décadas del siglo XIX, no afectó a todos los artistas vascos por igual, e incluso en los más jóvenes todavía se mantuvo el peso de la tradición en lo plástico y en lo argumental.

Gipuzkoa fue una de las principales vías de entrada de la migración de artistas que tras el comienzo de la Primera Guerra Mundial huyeron de París. La neutralidad española ejerció de atractiva llamada para muchos de ellos, que, además, vieron en la lúdica y cosmopolita San Sebastián un lugar en el que pasar temporadas, crear y exponer.

La arbitrariedad del colorido y su aplicación mediante amplias masas en los rostros de ambas pescadoras evidencian su conocimiento de la obra de Gauguin y los fauvistas.

La vanguardia artística, cuyos modos comenzaron a aflorar en los años previos a la Guerra Civil, capturó a varios creadores vascos en la década de 1950, como Jorge Oteiza, Eduardo Chillida o Néstor Basterretxea, decididos impulsores de la abstracción.

Gordailua, Centro de Colecciones Patrimoniales de Gipuzkoa
Créditos: reportaje

GORDAILUA

Centro de Colecciones Patrimoniales de Gipuzkoa
Diputación Foral de Gipuzkoa

Textos: Mikel Lertxundi Galiana

Créditos: todos los contenidos multimedia
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