Colecciones etnográficas en Gordailua: el hogar

Gordailua, Centro de Colecciones Patrimoniales de Gipuzkoa

Esta exposición muestra algunos de los elementos vinculados a la unidad de convivencia por antonomasia: el hogar.

La palabra que mejor simboliza a la familia es hogar. Porque la familia se ha reunido en torno al fuego para cocinar, para calentarse, para comer, para trabajar y para hablar de todo. Ha sido el espacio de comunicación intergeneracional por excelencia.

El mobiliario
Camas, arcas y algún armario; durante siglos apenas hubo más muebles en las casas fuera de la cocina.

El ajuar de boda era tan austero que entraba en un carro; de hecho, mostrar los muebles y la lencería en el traslado al nuevo hogar formaba parte del ritual de boda.

En las kutxas, o arcas, se podía guardar de todo, pero las más trabajadas se reservaban para la ropa de cama y vestido.

Aunque no es mueble exclusivo del País Vasco, ni mucho menos, la kutxa o arca es muy característica, sobre todo por sus frontales ricamente trabajados, en los que es difícil discernir el carácter simbólico del puramente ornamental.

Las que cumplían una función más práctica, como conservar cereales y legumbres, o alimentos en sal, etc., apenas estaban decoradas, aunque eran de tan buena calidad que algunas de las que se conservan en Gordailua tienen más de cuatro siglos.

Los armarios, más funcionales puesto que ocupaban menos y permitían un mejor almacenamiento interior, fueron ganando protagonismo en las casas, hasta que en el s. XX sustituyeron a las kutxas casi por completo.

Con el tiempo, a este mobiliario tan básico se le fueron añadiendo una mesa principal y varias sillas a juego a su alrededor, sobre todo cuando el comedor comenzó a ser un espacio aparte del de la cocina.

En los tiempos en que las familias eran numerosas, el andador o taca-taca no era un mueble raro, pues frecuentemente había alguna criatura cuyos primeros pasos había que proteger: de las escaleras, del fuego bajo, de las herramientas, de los animales… puesto que la casa, incluso la cocina, era ante todo lugar de trabajo.

En una sociedad mayoritariamente ágrafa, un escritorio, es decir, un mueble para escribir y guardar papeles estaba limitado a poquísimas familias adineradas; por eso, así como la función era un lujo, también el mueble solía estar lujosamente trabajado y decorado.

Around the fire
The Basque name for the kitchen says it all: “sukaldea”, the fire zone. Tooling was more or less plentiful, based on the capabilities of each family, but there were a number of essential elements. 

El llar, o cremallera, es una cadena que permite colocar sobre el fuego los recipientes, parrillas, etc. Pese a su simplicidad, o tal vez por ello, simboliza el hogar mejor que ningún otro elemento, puesto que toda la vida familiar transcurre a su alrededor.

Justo debajo del llar se hallan los morillos, piezas de hierro, a veces con remates en otro metal. Su función es limitar y sostener la leña, así como facilitar su combustión al permitir que el oxígeno les llegue también por debajo.

Entre el fuego y la cadena colgaban los calderos y otros elementos para cocinar. El caldero de cobre, grande y duradero, permitía cocinar la principal comida diaria.

Por eso, solía formar parte del ajuar doméstico, junto a la lencería y el mobiliario.

Sobre el fuego bajo, en el s. XVIII comenzó a generalizarse la chimenea, primero central y posteriormente pegada a la pared. Entonces comenzó a extenderse la chapa trasera, que protegía la piedra y ayudaba a distribuir el calor.

En el imaginario popular la plancha se ha considerado el instrumento femenino por excelencia, tal vez porque aunaba la dependencia del hogar y el cuidado de la ropa, ámbito y dedicación a tradicionalmente atribuidos a las mujeres.

Cuando no había agua corriente en casa, y cuando calentarla en la chimenea suponía un gran gasto de combustible y considerable trabajo, la bañera, incluso la portátil, estaba reservada a poquísimas familias adineradas.

La casa en la Iglesia
La relación entre fuego, casa y familia ha sido tan estrecha que incluso se reflejaba en la iglesia. En la parroquia, cada familia tenía su propio lugar de enterramiento, sobre el que la “etxekoandre” -la señora de la casa- hacía las ofrendas de pan y luz a los ancestros.

La sepultura en el interior de la iglesia formaba parte de la casa, y se transmitía de generación en generación con ella. A finales del s. XVIII comenzaron a construirse cementerios por razones higiénicas, pero perduró la costumbre de sentarse sobre la antigua tumba familiar.

Cuando no se enterraba en el interior de la iglesia, el cementerio solía rodear el edificio. Las tumbas eran señaladas por estelas, cuyos motivos, seguramente más simbólicos que ornamentales, son similares a los de las kutxas y las argizaiolas.

La argizaiola representa muy bien la idea del fuego como símbolo de la familia, puesto que se enciende en la iglesia, sí, pero es propiedad de cada familia y solo se enciende para rezar por los difuntos de la casa.

Aunque ha evolucionado a formas más prácticas y sin decoración, la argizaiola sigue siendo uno de los objetos más característicos de la etnografía vasca.

Hasta bien entrado el s. XX, ha perdurado la institución vasca de la serora, mujer encargada de la limpieza y conservación de iglesias y ermitas, de sus imágenes, mobiliario, vestimentas… un patrimonio que nos ha llegado pese a siglos de guerras y destrucciones.

Gordailua, Centro de Colecciones Patrimoniales de Gipuzkoa
Créditos: reportaje

GORDAILUA

Centro de Colecciones Patrimoniales de Gipuzkoa
Diputación Foral de Gipuzkoa

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