Retrato de Diego

Museo Dolores Olmedo

Frida Kahlo escribió este texto para el libro-catálogo de la exposición "Diego Rivera, 50 años de labor artística", presentada en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México en 1949. 

Advierto que este retrato de Diego lo pintaré con colores que no conozco: las palabras, y por esto, será pobre; además, quiero en tal forma a Diego que no puedo ser "espectadora" de su vida, sino parte, por lo que--quizá--exageraré lo positivo de su personalidad única tratando de desvanecer lo que, aún remotamente puede herirlo.

No será esto un relato biográfico: considero más sincero escribir solamente sobre el Diego que yo creo haber conocido un poco en estos veinte años que he vivido cerca de él. No hablaré de Diego como de "mi esposo" porque sería ridículo; Diego no ha sido jamás ni será "esposo" de nadie. Tampoco como de un amante, porque él abarca mucho más allá de las limitaciones sexuales, y si hablara de él como un hijo, no haría sino describir o pintar mi propia emoción, casi mi autorretrato, no el de Diego. Con esta advertencia, y con toda limpieza, trataré de decir la única verdad: la mía, que esboce, dentro de mi capacidad, su imagen.

Su forma:
Con cabeza asiática sobre la que nace un pelo oscuro, tan delgado y fino que parece flotar en el aire, Diego es un niño grandote, inmenso, de cara amable y mirada un poco triste. Sus ojos saltones, oscuros, inteligentísimos y grandes, están difícilmente detenidos -casi fuera de las órbitas- por párpados hinchados y protuberantes como de batracio, muy separados uno del otro, más que otros ojos. 

Sirven para que su mirada abarque un campo visual mucho más amplio, como si estuvieran construidos especialmente para un pintor de los espacios y las multitudes. entre esos ojos, tan distantes uno de otro, se adivina lo invisible de la sabiduría oriental, y muy pocas veces desaparece de su boca búdica, de labios carnosos, una sonrisa irónica y tierna, flor de su imagen.

Viéndolo desnudo, se piensa inmediatamente en un niño rana, parado sobre las patas de atrás. Su piel es blanco-verdosa, como de animal acuático. solamente sus manos y su cara son más oscuras, porque el sol las quemó.

Sus hombros infantiles, angostos y redondos, se continúan sin ángulos en brazos femeninos, terminando en unas manos maravillosas, pequeñas y de fino dibujo, sensibles y sutiles como antenas que comunican con el universo entero. Es asombroso que esas manos hayan servido para pintar tanto y trabajen todavía infatigablemente.

La forma de Diego es la de un monstruo entrañable, al cual la abuela, Antigua Ocultadora, la materia necesaria y eterna, la madre de los hombres, y todos los dioses que éstos inventaron en su delirio, originados por el miedo y el hambre, LA MUJER, entre todas ellas -YO- quisiera siempre tenerlo en brazos como a un niño recién nacido.

Su contenido: 
Diego está al margen de toda relación personal, limitada y precisa. Contradictoria como todo lo que mueve a la vida es, a la vez, caricia inmensa y descarga violenta de fuerzas poderosas y únicas. Se le vive dentro, como a la semilla que la tierra atesora, y fuera, como a los paisajes. 

Probablemente algunos esperan de mí un retrato de Diego muy personal, "femenino", anecdótico, divertido, lleno de quejas y hasta de cierta cantidad de chismes, de esos chismes "decentes", interpretables y aprovechables según la morbosidad de los lectores.

Quizá esperen oír de mí lamentos de "lo mucho que se sufre" viviendo con un hombre como Diego. Pero yo no creo que las márgenes de un río sufran por dejarlo correr, ni la tierra sufra porque llueva, ni el átomo sufra descargando su energía... para mí, todo tiene una compensación natural.

Dentro de mi papel, difícil y oscuro, de aliada de un ser extraordinario, tengo la recompensa que tiene un punto verde dentro de una cantidad de rojo: recompensa de equilibrio. Las penas o alegrías que norman la vida en esta sociedad, podrida de mentiras, en la que vivo, no son las mías. Si tengo prejuicios y me hieren las acciones de los demás, aun las de Diego Rivera, me hago responsable de mi incapacidad para ver con claridad, y si no los tengo, debo admitir que es natural que los glóbulos rojos luchen contra los blancos sin el menor prejuicio y que ese fenómeno solamente signifique salud.

Son tres las direcciones o líneas principales que yo considero básicas en su retrato: la primera, la de ser un luchador revolucionario constante, dinámico, extraordinariamente sensible y vital; trabajador infatigable en su oficio, que conoce como pocos pintores en el mundo; entusiasta fantástico de la vida y, a la vez, descontento siempre de no haber logrado saber más, construir más, pintar más.

La segunda: la de ser un curioso eterno, investigador incansable de todo, y la tercera: su carencia absoluta de prejuicios y, por tanto, de fe, porque Diego acepta--como Montaigne-- que "allí donde termina la duda comienza la estupidez" y, aquel que tiene fe en algo admite la sumisión incondicional, sin libertad de analizar o de variar el curso de los hechos. Por este clarísimo concepto de la realidad, Diego es rebelde y, conociendo maravillosamente la dialéctica materialista de la vida, Diego es revolucionario.

De este triángulo, sobre el que se elaboran las demás modalidades de Diego, se desprende una especie de atmósfera que envuelve el total. Esa atmósfera móvil es el amor, pero el amor como estructura general, como movimiento constructor de belleza. Yo me imagino que el mundo que él quisiera vivir, sería una gran fiesta en la que todos y cada uno de los seres tomara parte, desde los hombres hasta las piedras, los soles y las sombras: todos cooperando con su propia belleza y su poder creador.

Ningunas palabras describirían la inmensa ternura de Diego por las cosas que tienen belleza; su cariño por los seres que no tienen que ver en la presente sociedad de clases; o su respeto por los que están oprimidos por la misma.

Tiene especial adoración por los indios, a quienes los liga a su sangre; los quiere entrañablemente por su elegancia, por su belleza y por ser la flor viva de la tradición cultural de América. Quiere a los niños, a todos los animales, con predilección a los perros pelones mexicanos y a los pájaros, a las plantas y a las piedras.

De buen gusto extraordinario, admira y aprecia todo lo que contiene belleza, lo mismo si vibra en una mujer o en una montaña. Perfectamente equilibrado en todas sus emociones, sus sensaciones y sus hechos, a los que mueve la dialéctica materialista, precisa y real, nunca se entrega.

Como los cactus de su tierra, crece fuerte y asombroso, lo mismo en la arena que en la piedra; florece con el rojo más vivo, el blanco más transparente y el amarillo solar; revestido de espinas, resguarda dentro su ternura; vive con su savia fuerte dentro de un medio feroz; ilumina solitario como el sol vengador del gris de la piedra; sus raíces viven a pesar de que lo arranquen de la tierra, sobrepasando la angustia de la soledad y de la tristeza y de todas las debilidades que a otros seres doblegan.

Se levanta con sorprendente fuerza y, como ninguna otra planta, florece y da frutos.

Créditos: Historia

Fragmentos del texto escrito por Frida para el libro-catálogo de la exposición "Diego Rivera, cincuenta años de labor artística", presentada en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, de agosto a diciembre de 1949. La publicación apareció extemporáneamente en 1951.

Raquel Tibol lo incluyó en el libro "Escrituras", publicado por la UNAM en 1999.

Créditos: todo el contenido multimedia
En algunos casos, es posible que la historia destacada sea obra de un tercero independiente y no represente la visión de las instituciones que proporcionaron el contenido (citadas a continuación).
Traducir con Google
Página principal
Explorar
Cerca
Perfil