La época del barroco en el Museu d'Art de Girona

La época del barroco
La época del barroco corresponde a la etapa histórica de las monarquías absolutas en la Europa católica de los siglos XVII y XVIII, en la que dominaban unas expresiones artísticas de lenguaje exuberante y dinámico.

En aquel entonces, Cataluña no era un centro de poder, y aunque no generó una vanguardia cultural como las existentes en otros territorios europeos, sí impulsó una producción artística de gran vitalidad que nos ha legado un valioso tesoro patrimonial, diezmado después por los estragos de la Guerra Civil (1936-1939).

Las artes plásticas del momento eran mayoritariamente de temática religiosa y cumplían una función devota, pues estaban conectadas a la exhibición y la celebración de la doctrina y las convicciones católicas.

Era un arte destinado a integrarse en el culto y el ritual y a desempeñar un papel mediador en las relaciones entre los fieles, la Iglesia y el mundo sobrenatural.

Figuras de retablo
Los retablos barrocos, erigidos sobre los altares, eran grandes estructuras de apariencia arquitectónica elaboradas con madera de álamo bañada en oro sobre la cual se aplicaba una vistosa policromía que, a menudo, se raspaba para dejar al descubierto el valioso metal subyacente.

Aquí los evocamos mediante la imaginería que ocupaba sus compartimientos y hornacinas.

Este grupo podría haber formado parte del retablo de la Virgen de los Desamparados de la iglesia de Sant Feliu de Girona, ejecutado por este escultor originario de Manresa en el año 1677.

Su estilo pone de manifiesto las limitaciones del autor a la hora de adaptarse a las fórmulas dinámicas y persuasivas propias del lenguaje barroco.

El santoral  protector
Los santos fueron, junto con la Virgen, los grandes protagonistas de las representaciones de los retablos. Podían presidirlos, cuando se trataba de los patronos protectores de una localidad o de un gremio profesional, o bien estaban presentes en ellos como imágenes complementarias. 

El santoral era fácilmente reconocible por los atributos identificadores de cada santo o por la narración de los prodigios de su vida y su muerte.

Aquí tenemos a San Jacinto, quien lleva en su brazo izquierdo una imagen de la Virgen y en la mano derecha un copón con la Eucaristía.

Los santos representaban un modelo de las virtudes católicas así como ejemplos heroicos y sobrehumanos, capaces de soportar los martirios más terribles y también de obrar milagros fabulosos y, en caso de necesidad, de confortar y proteger a los fieles que los veneraban. En la imagen tenemos a San José.

Los más representados solían ser aquellos a los que se atribuían poderes contra las amenazas del demonio y las enfermedades, algunas tan temibles como la peste, que combatían san Roque (en la imagen) y san Sebastián.

También estaban los que ocupaban una posición más distinguida en la jerarquía católica, como san Pedro, san Pablo, san Juan Bautista (en la imagen) o los evangelistas.

La gran intercesora
La Virgen María era una presencia imprescindible en el interior de los templos y en cualquier retablo, que presidía o donde ocupaba una posición privilegiada en alguna de las hornacinas más importantes.

Las iconografías podían ser muy variadas. La más habitual evocaba su dimensión de Madre de Dios con el Niño Jesús en brazos.

En otras ocasiones adoptaba formas de gran densidad simbólica, como la de la Inmaculada, erigida sobre el creciente de luna y pisando la serpiente del pecado, para recordar la creencia o el dogma que la eximía del pecado original.

También podía figurar como abogada de diversas devociones que se popularizaron en la época: la Virgen del Rosario, mostrando el rosario; la de los Dolores, abrumada ante el sufrimiento de Cristo...

...o la del Carmen, llevando el escapulario que libraba del purgatorio.

En todos los casos, las representaciones de la Virgen cumplían un papel importante en la comunicación entre los fieles y el más allá, como intercesora ante la divinidad y como la presencia sobrenatural más solidaria con el ser humano, especialmente en momentos de aflicción y enfermedad o cuando se acercaba la hora de la muerte.

La divinidad
Las tres personas de la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— son las figuras culminantes de la teología católica y tuvieron un papel destacado en el relato de los retablos barrocos, pensados para recordar los principios de la doctrina cristiana.

El Padre Eterno era omnipresente en los retablos, que presidía desde el centro del ático o parte superior; se lo solía representar como un viejo patriarca volando entre nubes, bendiciendo con una mano y, con la otra, sosteniendo el orbe celeste, generalmente acompañado del Espíritu Santo en forma de paloma.

Dada la máxima trascendencia de la Trinidad, sus imágenes solían acompañarse de angelitos y querubines que, además, cumplían un papel decisivo a la hora de convertir el retablo en una evocación animada y fantasiosa de la gloria celestial.

La platería sagrada
La platería fue una de las artes que más contribuyeron a la dignidad y la suntuosidad del ritual católico: su material precioso simbolizaba perfectamente el esplendor de las cosas divines.

El uso de la plata —el oro no solía estar al alcance de las exiguas economías parroquiales— resultaba casi imperativo para todo lo que había de tener contacto con lo sobrenatural, ya fueran las especies sagradas —el pan y el vino— o las reliquias.

Para la platería catalana, la época barroca fue un periodo sobresaliente, prolífico tanto en lo que se refiere a los artesanos y al ritmo de producción de los talleres como al abundante número de objetos destacables, consecuencia del resurgimiento de la vida parroquial que trajo consigo la aplicación de la doctrina contrarreformista.

Los ejemplos y testimonios que se exponen aquí proceden de obradores humildes que interpretaban, de manera modesta, unas tipologías bastante comunes en toda la Europa católica, basadas en la combinación de elementos florales, cabezas de angelitos o motivos ornamentales elaborados con las técnicas del cincel o del repujado.

Museu d'Art de Girona
Créditos: reportaje

Museu d’Art de Girona (Agència Catalana de Patrimoni Cultural)

Dirección: Carme Clusellas
Textos y comisariado: Dr. Joan Bosch i Ballbona
Coordinación: Isabel Fabregat
Soporte técnico: Antoni Monturiol
Diseño expositivo: Cristina Masferrer Estudi
Conservación y restauración: Elena Boix, Laia Roca, Ester Horno
Montaje: Elena Boix, Jaume Soler
Rotulación: Vidcus
Traducciones: Link
Fotografias: Archivo Museu d'Art de Girona, Rafel Bosch
Adaptación digital: Irene Forts

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