Desde el principio, la luz sitgetana deslumbró la retina de Santigo Rusiñol (Barcelona, 1861- Aranjuez, 1931), como años atrás había deslumbrado la de Arcadi Mas i Fondevila y Joan Roig i Soler, y el resto de los pintores de la Escuela Luminista.
Por esta razón, uno de los temas de Sitges que más atraían a Rusiñol eran los patios azules, quizás el más conocido se encuentra en el Museo de Montserrat, sin embargo en el Cau Ferrat, se encuentran tres ejemplos, el Patio suburense (Sala Brollador), La chica de blanco de Ramon Casas, en esta misma sala, y este cuadro.
La figura es la parte esencial de la obra, mientras que el patio es un todo que lo rodea, que ayuda a resaltar la belleza de la niña que parece no darse cuenta de la presencia del pintor. Los colores de la obra son vivos y luminosos y la niña huele embelesada la fragancia de una clavelina.
Es uno de los retratos más hermosos que Rusiñol pintó a lo largo de su vida, y a pesar de que fue expuesto en tres ocasiones, el autor decidió conservarlo siempre en su colección privada.
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