Editorial Feature

Lecciones de la historia maya sobre calentamiento global y urbanización

Robert Bevan analiza cómo las sociedades modernas podemos aprender de nuestros ancestros

La civilización maya de América Central fue una de las más complejas y sofisticadas del mundo antiguo. Duchos en matemáticas, astronomía, arquitectura, arte, irrigación y agricultura, su sistema de ciudades estado ya existía cientos de años antes de que Colón asomara por el horizonte. Por qué los mayas abandonaron estas ciudades, dejando que la selva se alimentara de sus palacios y templos de piedra, sigue siendo un misterio, pero, según parece, el cambio climático tuvo mucho que ver. Una mejor comprensión del colapso de las antiguas ciudades mayas podría revelarnos algo sobre nuestro propio futuro como seres urbanos.

Arte maya, Dmitri Kessel (Archivos fotográficos de la revista Life)

Cómo leer el pasado

Hace solo unos años que hemos empezado realmente a entender el relato de los mayas, gracias al desciframiento de lo que a veces se conoce como el Código Maya. Este es el único sistema de escritura precolombino que llegó a desarrollarse plenamente en las Américas y que había resultado ininteligible durante gran parte del siglo anterior. Esta escritura guarda cierta semejanza con los jeroglíficos de los antiguos egipcios en el uso de símbolos, aunque los de los mayas representan sílabas y palabras enteras agrupadas. El hecho de que en el siglo XVI la Iglesia Católica destruyera todos los libros mayas excepto tres, dificultó mucho más las labores de traducción de estos glifos. La ausencia de registros escritos ha hecho que los arqueólogos recurran a la arquitectura y los monumentos —estelas talladas, decoraciones en estuco y dinteles—, así como a cerámicas pintadas, para encontrar textos que les ayuden a descifrar la historia maya.

Páginas 4 y 7 de un facsímil del Códice de Dresde, un libro maya doblado en forma de acordeón. Am2006,Drg.224 (Colección del Museo Británico)
Estela K de Pusilha, Am1928,Q.82 (Colección del Museo Británico)

Debido a la erosión atmosférica, mucha de la escritura esculpida en monumentos in situ ya no se puede leer, pero una colaboración de Google Arts & Culture y el Museo Británico se ha puesto manos a la obra para combatir este deterioro gradual. La suma de las fotografías y vaciados del siglo XIX y las técnicas digitales del siglo XXI resulta en nuevos textos que descifrar y, así, en un conocimiento más profundo de los antiguos mayas.

La materia prima para este proyecto es el trabajo de Alfred Maudslay, un explorador de la época victoriana a menudo infravalorado que viajó a Guatemala, México y Honduras en la década de 1880. Utilizó la entonces moderna técnica fotográfica de placas secas y llevó con él toneladas de yeso París para crear moldes de algunos de los monumentos con los que se topaba, además de papel para realizar impresiones de otros objetos mediante frottage. Cuatrocientos de estos vaciados y ochocientos negativos de placa de vidrio descansan ahora en el Museo Británico, junto a los cien mil objetos de las Américas que componen esta colección.

Alfred Maudslay en Chichén Itzá, 1889 (Colección del Museo Británico)

Ahora, todos estos vaciados e impresiones se están escaneando en 3D, lo que permite a los investigadores manipular las imágenes de manera que les sirvan de ayuda para traducir las inscripciones mayas. Asimismo, se está creando un viaje de inmersión con realidad virtual mediante el cual los niños visitan las ruinas en los bosques de la región maya a través de los objetos del museo. Este recorrido se completa con monos aulladores e imponentes ceibas —los árboles que, según los mayas, ejercían de puente entre el inframundo y el cielo—. El proyecto nos da una idea más clara de lo que les sucedió a los mayas.

Modelo 3D de uno de los vaciados de Maudslay (Colección del Museo Británico)

La civilización maya y su desintegración

En lugar de un imperio con una sola capital centralizada, la sociedad maya se organizaba en una serie de ciudades estado a lo largo de Guatemala, Honduras, El Salvador y el sur de México. Estas urbes no eran espacios densos rígidamente circunscritos, sino más bien ciudades jardín que prescindían de avenidas formales, favoreciendo así la topografía natural. Todas las ciudades contaban con estructuras ceremoniales y palaciegas en el centro, pero más allá de estos inmensos templos piramidales y otros edificios de piedra, la zona urbana se extendía a su antojo partiendo de plazas y mercados con casas con techumbre de paja que alternaban con huertos, canales y árboles.

Fotografía de Maudslay del Templo D (V) de Tikal (Colección del Museo Británico)

¿Por qué se abandonaron estas ciudades? Las teorías más difundidas apuntan a prolongados períodos de sequía de hasta cien años. Hay pruebas que sugieren que durante estos períodos de sequía las ciudades no podían prosperar y tampoco sustentar a la población, algo que casi con certeza propició rivalidad por hacerse con los escasos recursos y, en algunos casos, intensificó los conflictos. Se ha insinuado que la civilización se enfrentó hasta su disolución debido a estas presiones.

Fotografía de Maudslay del Templo A (I) de Tikal (Colección del Museo Británico)

Pero esta desintegración no ocurrió de la noche a la mañana. Jago Cooper, curador de las Américas del Museo Británico, no es partidario de las teorías de un colapso repentino. «Yo no utilizaría el término colapso —asegura Cooper—. Se ha repetido hasta la saciedad». Sostiene, por el contrario, que las ciudades mayas florecieron y se marchitaron a lo largo de siglos, en ocasiones bajo presiones impuestas por un clima cada vez más seco.
A veces, la población emigraba a otros lugares, como parece haber sido el caso de Petén, en el norte de Guatemala, y el litoral de Belice durante el Período Posclásico. Aunque la última ciudad maya, Nojpetén, fue tomada por los españoles y no por la sequía en 1697, hoy los pueblos mayas y sus lenguas permanecen activos (pero usando escritura latina en vez de glifos). A pesar de que algunos mayas siguen anclados en vestigios de viejos rituales, como realizar ofrendas en días puntuales del calendario maya en antiguos yacimientos, otros practican una mezcla de cristianismo y sistemas de creencias anteriores.

Mujeres de una cofradía, Nebaj, Quiché (Colección del Museo Ixchel del Traje Indígena)

La fusión de los mayas con otras poblaciones costeras, así como su sometimiento a nuevas élites y a la conquista colonial es, según Cooper, la razón por la que nunca llegaron a levantarse ciudades mayas en estas nuevas ubicaciones. Sin embargo, las aldeas mayas siguen vivas, y también las tradiciones arquitectónicas como los edificios de madera con techumbre de paja que armonizan con el entorno natural. Las glorias de piedra de los antiguos mayas también siguen vivas, aunque bastante castigadas por el clima o en ruinas.

Arte maya, Dmitri Kessel (Archivos fotográficos de la revista Life)

Qué podemos aprender de la historia de los mayas

El relato maya revela que, independientemente de su tamaño o complejidad, todas las civilizaciones son vulnerables; vulnerables a los elementos, a los cambios naturales, al ir y venir de las personas, a las luchas internas y conflictos. Cuando alzamos la vista a nuestros enormes rascacielos, a nuestras majestuosas ciudades con sus hermosos edificios centenarios y los millones de almas que los habitan, que caminan inapetentes hacia el metro, que cruzan las calles, que van de camino al trabajo o de vuelta a casa, de compras, que se encuentran con amigos... puede resultar difícil imaginar que haya existido otro tipo de vida. Pero hoy, al igual que los antiguos mayas, vivimos bajo la amenaza del cambio climático, revueltas sociales y guerras. Quizás, dentro de miles de años, los turistas pasen sus vacaciones entre las ruinas de los muros de Grand Central Station; o admiren la catedral de Notre Dame y piensen: «¿La gente venía a rezar aquí de verdad?»; o exploren la estructura desmoronada de la Ópera de Sídney, devorada por la vegetación. Recordar la fragilidad de nuestra propia civilización de cara al tiempo nos puede enseñar lecciones muy valiosas sobre cómo comportarnos y responder al mundo en el que vivimos hoy.

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Words by Robert Bevan | Translation by Carolina Casado Parras
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