Editorial Feature

Frida y Diego, los colores de sus días

Javier Aranda Luna explora el impacto que el matrimonio de Frida y Diego tuvo en el trabajo de la pintora

“He tenido dos grandes accidentes en mi vida”, Frida escribió en sus cuadernos: el de aquel funesto choque que la dejó "rota" y cuando conoció a Diego Rivera quién se convirtió, sin hipérbole, en el amor de su vida.

Lo vio por primera vez en 1922 cuando Diego pintaba el mural "La creación" en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria. Ella era una de las primeras mujeres que estudiaban en el legendario recinto de San Ildefonso.

Ver pintar a Diego el enorme fresco fue una revelación. Frida tenía 15 años y el muralista, 36. Mientras pintaba, Diego hablaba del París de las vanguardias, de su amigo Modigliani, de Picasso, de Breton, de los horrores de la guerra.

Frida Kahlo y Diego Rivera en el estudio de Ralph Stockdale, San Francisco (De la colección de Archives of American Art, Smithsonian Institution)

El acercamiento entre Frida y Diego ocurrió en 1928 gracias a una amiga común, la fotógrafa italiana Tina Modotti, quien había llegado a México con Edward Weston en 1923.
Las dos amigas fueron musas de Rivera. A Tina la inmortalizó en los murales de Chapingo como "La tierra dormida", y a Frida como una militante comunista en las paredes de la Secretaría de Educación Pública. En 1929, Frida y Diego se casaron.

Su vida entre 1930 y 1934 fue particularmente intensa. Son militantes comunistas, viajan Estados Unidos donde Diego pinta un mural en el Luncheon Club of the California Stock Exchange y, en California, en la School of Fine Arts de San Francisco. Allí Frida sufre su primer aborto -de los tres que tuvo- en 1930. Dos años después sufre el segundo, el cual pinta en “Hospital Henry Ford”.

La actividad de Rivera en Estados Unidos no cesa. Viaja a Detroit y después a Nueva York, al Rockefeller Center, a pintar un mural ambicioso, genial, pero que también es una provocación: retrata a su patrocinadores abstemios y puritanos bebiendo con mujeres de la vida alegre y pinta un inmenso rostro de Lenin. Los dueños del Rockefeller Center derrumban el mural.

Frida va y viene y, en una de sus estancias en Nueva York, mientras Diego trabaja en el mural del centro Rockefeller, tiene un romance con el fotógrafo Nickolas Muray, a quien debemos algunos de los retratos icónicos de la pintora.

Hospital Henry Ford, por Frida Kahlo (De la colección del Museo Dolores Olmedo)

Frida antes de Diego es bastante convencional para vestir. Con él y sus monolitos de piedra y barro, los vestidos artesanales se multiplican.

La relación abierta entre Diego y Frida que ha sobrevivido a otros encuentros amorosos se rompe cuando Frida descubre el romance de Diego y su hermana Cristina. Frida se corta el cabello, se pinta con el cabello corto, y luego deja de pintar. En otra obra creada un año más tarde, “Unos cuantos piquetitos”, alude a esa situación con humor negro. Es una de las tantas pinturas que Frida crea para exorcizar sus demonios en torno a Diego y su relación. Se divorcian en 1939 pero el año siguiente vuelven a casarse.

Frida Kahlo y Diego Rivera en Coyoacán, México, por Florence Arquin (De la colección del Archives of American Art, Smithsonian Institution)

Si Frida soportó a una Lupe Marín, esposa de Diego antes que la pintora, que el día de su boda le alzó el vestido a la artista para gritar "por estas piernas me cambió Diego" mostrando su afectación por la poliomielitis, el muralista soportó el romance de Frida con Trotsky, el líder revolucionario que él había traído a México para evitar que lo asesinara Stalin.

Unos cuantos piquetitos por Frida Kahlo (De la colección del Museo Dolores Olmedo)

Si la verdadera biografía de un artista está en su obra, el amor constante de Diego y Frida no dejan lugar a dudas. En Frida, Diego es el hijo que nunca tuvo, su otra mitad, su pensamiento. En Diego, Frida es la joven revolucionaria que reparte armas del arsenal, la maestra que alfabetiza, la pintora que observa al mundo, la madre que lo protege y conoce el secreto del ying y el yang.

Imposible imaginar a Diego sin Frida, que aparece en algunos de sus principales murales, como en el famoso "Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central". Imposible imaginar la producción pictórica de Frida sin su hijo-Diego capaz de mirar con el tercer ojo. Si Frida pintó los fetos que había perdido en varios de sus cuadros, Diego pintó también un feto en uno de sus murales de Detroit. En la pintura de ambos están las pirámides y los xoloitzcuintles, el pasado presente.

Diego Rivera pintando "Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central" (De la colección de Fundación Televisa)

Además, Diego era su otra mitad, su sueño --en varios momentos de su relación ella lo idolatró, lo cual puede verse en algunas interpretaciones románticas de su marido como “Frida y Diego Rivera”, en 1931, que es considerado un retrato de bodas, y “Diego y yo”, un retrato doble de ella y Diego fundidos en uno solo.

Frieda and Diego Rivera por Frida Kahlo (De la colección del San Francisco Museum of Modern Art)

La última aparición pública de Frida Kahlo fue el viernes 2 de julio de 1954. Una fotografía da cuenta de eso. Desde una silla de ruedas empujada por Diego Rivera, Frida mantiene un puño en alto. Con su otra mano sostiene una pancarta en favor de la paz. La pintora se encuentra en medio de un enjambre de cientos de personas que marchan a favor del pueblo guatemalteco y contra el golpe militar que derrocó al presidente Jacobo Arbenz. A pesar de su belleza, luce demacrada y parece sostenerla sólo la fuerza de sus ojos. Cubre su cabeza con una mascada. La neumonía que pescó un mes atrás no la deja.

Diez días más tarde, postrada en su cama, con una pierna amputada y con el punzante dolor de la columna que no cesa, le da a Diego Rivera el anillo que le había comprado por el 25 aniversario de su boda. Se lo daba porque creía inminente su partida. Frida muere el 13 de julio de 1954.

Frida Kahlo, Juan O'Gorman y Diego Rivera, en la última fotografía de Frida, durante una manifestación contra el presidente de Guatemala, 1954 (De la colección del Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo)

Después de su deceso Diego decidió formar un fideicomiso para que su casa, la famosa Casa Azul, se convirtiera en museo, en un pequeño abrevadero para refrescar la memoria de quién fue el amor de su vida. Diego le pide al poeta Carlos Pellicer que se encargue de la museografía; los vestidos, cartas, libros, corsés y algunos medicamentos de Frida son confinados a un baño que permaneció sellado mucho tiempo.

El muralista estipuló en el fideicomiso, que sólo se podría abrir esa bodega improvisada 15 años después del deceso de la pintora, aunque en realidad pasó más de medio siglo, hasta 2004.

La apertura del famoso baño, cuya primicia di a conocer en el centenario de la artista, nos descubrió más de cien dibujos desconocidos de la pintora al lado de otros tantos de Diego Rivera y de los que tampoco se tenía noticia, fotografías y cartas. Este acto de Diego de preservar en secreto la historia por tanto tiempo, permite que hoy en día sigamos encontrando piezas para entender su relación.

La casa de Frida, La Casa Azul (De la Colección y Archivo de Fundación Televisa)
Frida Kahlo y Diego Rivera con un perro, por Florence Arquin (De la colección de Archives of American Art, Smithsonian Institution)

Aunque Frida era conocida en el medio artístico y cultural (la habían elogiado Picasso, Duchamp, Breton) era una pintora para los happy few. Diego buscó trascender ese círculo, valioso pero pequeño, pues estaba seguro que su compañera de vida había estado trabajando en "una serie de obras maestras sin precedente en la historia del arte".

Pinturas que, para el muralista, "enaltecían las características femeninas de resistencia, honradez, autenticidad, crueldad y sufrimiento. Nunca antes había una mujer plasmado en el lienzo, semejante angustiosa poesía como lo hizo Frida". Los distanciamientos, las rupturas, los otros amores, no fueron más grandes que su amor no convencional más allá de la muerte.

Frida Kahlo no sucumbió a la influencia ni a la inmensa presencia de Diego Rivera y él ha sobrevivido a la imagen icónica del santoral laico que ha adoptado a Frida como una de sus más imágenes más emblemáticas. Pero a una y a otro los sostiene más que su leyenda su pintura. A ella sus cuadros cuya única influencia fue el dolor hasta convertirla en una flor de acero; a él su gran capacidad para sintetizar con imágenes poderosas complejos procesos históricos.

Frida y Diego comiendo en Coyoacán por Emmy Lou Packard (De la colección de Archives of American Art, Smithsonian Institution)
Por Javier Aranda Luna
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