EDITORIAL FEATURE

Comida Rápida, Tortillas y El Arte de Aceptarse a Sí Mismo

Javier Cabral cuenta cómo redescubrió la comida mexicana de su familia

“Cuando seas grande te vas a arrepentir de haber rechazado la comida de tu madre.”

Son las palabras que me dijo mi padre cuando yo era tan sólo un adolescente al darse cuenta que prefería comer un chili vegano de los que se cocinan en el microondas en vez de comer los guisados de mi madre. Sus palabras me marcaron, pero la rebeldía de la adolescencia no me permitía apreciar los guisados que mi madre cocinaba por horas; esos guisados que mi madre servía acompañados de tortillas recién hechas pero que no eran nada comparado a la comida vegana de soya que yo sacaba de un paquete. Mis tendencias obsesivas con la comida no eran más que una representación de la identidad tan complicada que un hijo nacido en Estados Unidos de padres Mexicanos siente al no poderse identificar por completo a las tradiciones, la cultura y las tradiciones culinarias de sus padres.

No me da pena admitir que en algún momento en mi vida preferí comer tacos de 99 centavos de Jack in the Box a comer un taco de birria - un guisado de carne de chivo que se cocina por horas en un consomé de chiles y especias hasta que la carne está tan blanda que se deshace. No me da pena aceptarlo porque es parte de mi identidad como México-Americano, y ya sea para bien ó para mal, estas dos culturas son parte de quien soy. Casi todos los recuerdos de mi infancia son con mi madre, cuando ella me llevaba a comer comida rápida saliendo de la escuela. Un día íbamos a Pizza Hut, al otro día íbamos a Popeye’s, y al otro día a Wienerschnitzel, McDonald’s, Taco Bell, Burger King, etc. Comí tantas veces en esos restaurantes que a ciegas, podría adivinar de dónde son las papas a la francesa de cada restaurante.

A la edad de 21 años mi perspectiva hacia la comida mexicana cambió cuando me fui de viaje con mis padres desde Los Ángeles hasta los pueblos donde se criaron en Zacatecas, México. Durante el viaje comí lo mismo que mis padres acostumbraban comer cuando eran niños, y fue ahí cuando entendí la grandeza de una simple gordita rellena de guisado de huevo revueltos en chile rojo y me asombré de la textura tan densa de las gorditas de horno. Es ahí donde aprendí a buscar jícamas en el campo, y donde mi padre y mi tío me enseñaron a cortar las tunas que crecen en los nopales. Me hizo gracia como mi tía de una forma muy punk-rock, hacía queso fresco cada mañana, un queso igual de cremoso y rico que el queso burrata que me encantaba comer en pizzas en restaurantes Italianos muy elegantes en Estados Unidos. Regresé de ese viaje con más claridad sobre mis las raíces y comprendí más de su cultura culinaria a través de esas gorditas de horno, de esos guisados y de ese taco de birria. Me dí cuenta que esas raíces también eran las mías.

Pero el momento en el que todo cambió por completo fue cuando conocí a mi futura esposa que es oriunda de Jalisco, México.u pasión y orgullo por la cultura y la gastronomía Mexicana fue algo tan contagioso que fue algo nuevo para mi, me sorprendió tanto ya que yo siempre mantuve mi “lado” mexicano al margen. Fue algo que de alguna manera fue necesario para poderme adaptar a la cultura Americana e intentar ser como todos los niños Americanos que comían en Pizza Hut y Popeye’s.

Fue gracias a ella que también aprendí a salir a comer a restaurantes mexicanos. Mi padre siempre me decía: “Por qué salir a comer comida mexicana cuando la puedes comer en casa?” Sin pensarlo, yo prefería comer en restaurantes que se especializaban en cualquier otro tipo de gastronomía excepto en la gastronomía mexicana. El problema es que mi novia siempre quería comer comida regional, carne en su jugo, pescado zarandeado y platillos tradicionales de la costa. Yo le reprochaba como el típico pocho de Los Angeles sí es que acaso íbamos a comer comida mexicana otra vez; pero ella me contestaba que lo que para mi era tan sólo “comida mexicana,” para ella la comida mexicana era la única comida que ella creció comiendo, y que no había nada que se le antojara más. Fué ahí que también me enseñó el antojo por la comida mexicana.

Poco a poco me encontré fascinado al aprender de los platillos tan simples y a la vez tan complejos de la comida mexicana. Aprendí que una simple tortilla es el resultado de un proceso de cientos de años de antigüedad llamado nixtamalización, y que nuestra cultura fue la que le dió los tomates, el chocolate, la vainilla y los chiles al resto del mundo. Después de conocer a mi novia, desperté al olor del maíz tostado, al aroma de la carne con chiles tatemados y a las palabras de mi padre que me marcaron para siempre.

Con este nuevo orgullo por la tradición culinaria de mis padres, surgió en mí un antojo insaciable por cualquier comida envuelta en tortillas. Había noches que no podía conciliar el sueño investigando las raíces de la comida de mis padres. Era una búsqueda sin fin para encontrarme a mi mismo y encontrar un sentimiento de pertenencia.

¿Cuál sería tu última cena antes de morir? Es una pregunta que me he hecho tantas veces, pero que al saber la respuesta me dí cuenta que me había encontrado a mi mismo. La respuesta es un plato con nopales guisados en chile rojo, frijoles y quesadillas hechas con tortillas hechas a mano rellenas con el queso fresco de mi tía, todo cocinado por mi madre. Sin embargo, antes de conocer a mi novia hubiera contestado pho, un platillo Vietnamita que es uno de mis favoritos.

Mi padre tenía razón todos esos años, claro que la tenía. Pero no me avergüenzo de mi pasado y todos los recuerdos que me trae la comida rápida grasosa y salada. Sin esos recuerdos no hubiera podido apreciar el profundo sazón en la comida mexicana. La comida es el fundamento de nuestra cultura, orgullo e identidad. Sin haber tenido este trayecto a la comida mexicano, no hubiera aprendido a valorar mi cultura y mis raíces Mexicanas.

Explora el proyecto "Culturas latinas en EE.UU."

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