La vida no siempre es bella

El tema central de esta galería es la infancia. ¿Qué es la infancia? Tenemos claro que la infancia es la etapa del ciclo vital comprendida desde el momento en que nace una persona hasta el inicio de la adolescencia. Sin embargo, no podríamos realizar una definición más exhaustiva de infancia que fuese aplicable universalmente a todos los niños y niñas. La infancia es una construcción social, y como tal se ve influenciada por los diferentes factores (socioculturales, económicos, personales, familiares, etc.) que rodean a la persona.                                      La infancia de cada persona es diferente, y esta es la idea que se pretende trasmitir a través de la galería “La vida no siempre es bella”. El título de la galería encuentra su significado en la concepción moderna que muchos de los niños y niñas del mundo occidental tienen acerca de esta etapa del ciclo vital. Si hace tres años alguien me hubiese preguntado yo hubiese respondido que se trata de un período de la vida exento de preocupaciones y responsabilidades, en el que el juego, la felicidad y la protección paterna y materna constituyen sus aspectos diferenciales. Sin embargo, ahora sé que esta definición responde únicamente a mi realidad y a la de otros muchos, pero no a la realidad de todos mis contemporáneos ni de aquellos que vivieron su infancia muchos años antes que yo. Yo Celia Acosta, nacida en el año 1995, en un pequeño pueblo de la Sierra de Cádiz, recuerdo aquellos años como posiblemente los más bonitos de mi vida. No obstante, soy consciente de que no todos y todas recuerdan su infancia de este modo.                    No es lo mismo la infancia de una persona que nació hace 100 años, que la de una persona que nació hace 20; no es lo mismo la infancia de una persona que nace en un país en guerra que la de una persona que nace en un contexto de paz; no es lo mismo la infancia de una persona que nace en una familia con un nivel socioeconómico alto, que la de una persona que nace en una familia pobre; no es lo mismo la infancia de un hombre que la de una mujer; y así podríamos contraponer un sinfín más de circunstancias que determinan que esta etapa sea diferente para cada persona.  

Si bien esta obra fue realizada en el año 1909, resulta necesario señalar que en ella se refleja una realidad que sigue afectando a una gran cantidad de niñas/os procedentes de diferentes partes del mundo actual. En nuestro contexto, la infancia es considerada como un período caracterizado por la ausencia de responsabilidades, donde el juego, la felicidad y la protección familiar constituirían algunas de sus características principales. Sin embargo, esta obra nos evoca a una reflexión menos superficial de la infancia, nos permite plantearnos como este período del ciclo vital es vivido de diferente manera dependiendo no solo del contexto histórico o geográfico que rodea a cada persona, sino también de sus circunstancias personales, y de aquellos aspectos sociales que influyen en sus vivencias. El trabajo infantil no puede ser percibido como un problema que quedó en el pasado, y que ha sido erradicado por las diferentes convenciones o declaraciones concernientes a los derechos de las niñas/os que se han puesto en marcha en los llamados países desarrollados. La pobreza y la desigualdad que la globalización contribuye a reforzar trae consigo que sean muchos los que tengan que trabajar de sol a sol desde muy pequeños para poder subsistir.
¿Es que quizás la inocencia nos hace libres? No me refiero a la libertad en el sentido de tener potestad para decidir acerca de nuestra propia vida. Se trata de una libertad más profunda, aquella que solo podemos disfrutar cuando somos niños inocentes, desconocedores de una realidad que no siempre es bella. Solo entonces, tenemos libertad para hacer lo que deseamos sin que exista ningún miedo que nos corte las alas. Pero de repente, un día despiertas del sueño y percibes la otra cara de la realidad, que se ensaña contra ti, convirtiéndote ahora sí en un verdadero inocente, en una víctima del mundo en el que vives. Esta inocencia ya no tiene nada que ver con la inocencia de la niñez, sino con el daño que te ha sido causado sin tener culpa alguna. ¿Merecía la niña de la imagen que una bomba casi le quitase la vida? Desde luego que no. Sin embargo, despertó un día en un hospital y tuvo que hacer frente a la injusta realidad de una guerra mundial que comenzó cuando ella ni siquiera había nacido. Probablemente logró recuperarse físicamente, pero ¿quién le devolvió sus alas para volver a vivir sin miedo? Nadie.
Me resultaría imposible al observar esta imagen no recordar las palabras que mi madre me ha repetido en tantas ocasiones en su afán por apaciguar mi injustificado e injusto inconformismo. “Celia, yo solo tenía unos zapatos cuando era niña”. En el año 1963, cuando se llevó a cabo esta obra, mi madre era aún una niña que cuidaba su par de zapatos como el que cuidaba un tesoro. Y no era para menos, pues le debían de durar un año completo. Durante toda su infancia el 16 de Julio fue para Josefi un día especial. No solo era especial porque se celebrasen las fiestas en homenaje a la Virgen del Carmen, patrona de su pueblo natal, sino porque era el día en que abandonaba sus viejos y rotos zapatos para estrenar un nuevo par que le acompañaría hasta el 16 de Julio del año siguiente. Se podría decir entonces que Josefi tenía algo en común con la persona de la imagen, y es que ambas eran niñas. Sin embargo, había algo evidente que las diferenciaba, pues Josefi no tenía unos zapatos exclusivos con los que pasear los domingos. Del mismo modo que en el año 1963 había quienes tenían varios pares de zapatos, había quienes tan solo tenían unos, y había a quienes no les quedaba más remedio que andar descalzos, 53 años más tarde sigue ocurriendo lo mismo.
Feeding Dolly (If you don’t eat it, I’ll give it to Doggie). Alimentando a la muñequita (Si no te lo comes, se lo daré al perrito) Aún recuerdo aquel carro de muñecas que una mañana de 6 de enero encontré debajo del árbol de Navidad. Era el carro de muñecas que yo tanto había deseado, con el que pasearía una y otra vez a mi bebé por la plaza del pueblo. Porque, aunque aún era una niña, yo ya era mamá. Ya cuidaba a mi niño con esmero, y me enfadaba cuando mis primos lo tiraban al suelo y lo trataban como si fuese un juguete. Yo no les quitaba su balón de fútbol, a mí el fútbol no me gustaba, ni a mis amigas tampoco. Tampoco me gustaba su bici. Yo no me podía montar en la bici con los tacones de princesa que mamá me había comprado en los puestos de la feria. Somos muchas las que nos identificaremos con esta imagen, en la que una niña da de comer a su muñeca. Si no te lo comes, se lo daré al perrito. Cuantas veces nos han dicho nuestras madres algo parecido, y cuantas veces hemos imitado las frases míticas de mamá, cuando hemos jugado a lo que al menos yo llamaba “las casitas”. Las casitas a las que solo jugábamos nosotras, las niñas. Aquellas a las que no les gustaba jugar a las casitas ni llevar lazo en el pelo, eran lo que vulgarmente e ignorantemente denominábamos unas “marimachos”. Muchas de sus madres se empeñaban en que llevaran el dichoso lacito, o lo que es peor en que se pusieran el molesto vestido con el que te prohibían tirarte del tobogán del parque para que los niños no viesen más de la cuenta. Pero ellas no querían, eran unas rebeldes y se quitaban el lazo del pelo una y otra vez, y seguían jugando en el patio del colegio al fútbol con el resto de los niños, haciendo caso omiso a cualquier comentario malintencionado. Años después comprendí que ojalá hubiésemos sido muchas las que nos hubiésemos arrancado el lazo del pelo, y hubiésemos tirado desde el cerro más alto del pueblo el carrito de muñecas, la plancha de juguete, el carro de la compra, los tacones de princesa y aquellas barbies feas y esqueléticas a las que en algún momento llegamos incluso a querer parecernos. No alcanzaríamos los cinco años de edad cuando ya habíamos asumido el rol social que supuestamente nos tocaba jugar en esta sociedad, en la que la mujer ha estado durante tanto tiempo relegada a un segundo plano, dedicada al cuidado del hogar, y presionada para lucir bella y elegante a ojos de los hombres. Es la infancia una etapa de nuestra vida en la que interiorizamos inconscientemente muchas cosas que determinarán en una gran medida lo que seremos cuando lleguemos a la adultez. Incluso los juguetes, que tan inocentes pueden llegar a parecer, contribuyen a reproducir esos roles de género hegemónicos que han calado tan hondo y que siguen teniendo vigencia en la sociedad actual.
Ahí está esa mujer mirando a su bebé como el que mira el mayor de los tesoros que cualquier persona haya tenido nunca. Desde el momento en que nació se dedicó por completo a protegerlo, cuidarlo y mimarlo sin intención de recibir nada a cambio por ello. Si en lugar de tratarse de una obra del año 1895, se tratase de una obra del año 2015, podríamos decir que sin esperanza de recibir nada a cambio. Sin esperanza de que en algún momento, cuando sea ella la que necesite que le den de comer, la que necesite que le calmen el llanto, la que necesite que duerman a su lado, o la que necesite que le cambien un pañal, como ella tantas veces lo hizo con él, tenga a su hijo a su lado mirándola como si estuviese viendo el mayor tesoro que la vida le ha podido dar. Es triste, pero real. Parece ser que son muchos los que basan el amor hacia una madre en un criterio de utilidad. Sí, utilidad, una palabra fría y con un claro matiz económico. Lo que no sirve no vale, no se quiere, se deja al margen. ¿Es que quizás los principios del capitalismo han calado tan hondo que impregnan incluso nuestros sentimientos?
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