vivir para morir

Un recorrido por las maravillosas etapas de la vida desde una perspectiva artística y literaria.

Con esta galería se puede visualizar el desarrollo del humano desde la infancia hasta los últimos aletazos de la propia existencia. Cabe destacar la falta de idiosincrasia e individualidad en estas reflexiones, pues me limito a definir las etapas del ciclo vital desde mi propia experiencia -aquellas que he vivido en primera persona- o desde mi propia ignorancia -aquellas que me quedan por vivir-. Hago un recorrido desde lo común, desde lo que suele resaltar en cada momento de la vida, sin hacer alusión a la autopercepción de cada miembro que conforma cada etapa. Pues me resultaría imposible abarcar tantísimas formas de percibir cada momento de la vida, desde cada persona de cada rincón del mundo. Esta dificultad que encuentro, es algo bonito que enriquece nuestro planeta, la interculturalidad y la diversidad de opiniones y visiones.

La juventud, para mí la mejor etapa del ciclo vital. Aquellos años posteriores a la incertidumbre de la adolescencia, por fin vas asentando las ideas, vas conformando tu personalidad, tus gustos y tus sentimientos. Comienzas a tener claro cuales son tus prioridades, que permites y que no. Son momentos de aspirar a lo máximo, de inconformismo, de pretender más libertad. Como estas alas, que se ven sin vuelo, atadas al hogar, a las personas que quieres, al lugar que te vio crecer, pero que de repente se ha quedado pequeño, apareciendo una necesidad de descubrir mundo, de sentirse más libre. Con el paso de los años supimos darnos cuenta de que esta libertad que tanto nos faltaba y ansiábamos la teníamos entre las manos. Y que, además, nunca llegaríamos a ser tan libres como entonces. Pero ya era tarde.
Podemos apreciar un caluroso abrazo en el que se funden ambos cuerpos, rodeados por una atmósfera dorada, en la que predomina la calma y la naturaleza. Solo admirando esta obra podemos ver la sinceridad del amor entre estas dos personas. Se trata del autor de la obra, Klimt, y su amante. Ella, con el rostro relajado recibe el beso de él mientras lo abraza por el cuello. Esta escena, llena de carga emocional y afectiva me evoca al momento medio de la vida, la adultez. Para mí, en esta etapa predomina la estabilidad, es cuando aprendemos a apreciar la felicidad de las pequeñas cosas, a disfrutar los pequeños placeres de la vida. Aunque todavía queda media vida para seguir experimentándolos. Es con esta edad cuando comienzas a formar una familia y donde, desde mi propia experiencia, predomina un ambiente cálido y de amor verdadero en familia, como me transmite la atmósfera que rodea a la pareja en el cuadro.
Esta obra de Klimt, llamada “Beech Grove in” se aprecian a simple vista finos troncos de árboles en un bosque en otoño, cuando las hojas caen. A mí, personalmente, me evoca a los últimos años de vida, la etapa de la vejez. Es ese momento final en el que predomina la soledad. Los troncos aislados entre ellos, sin contacto, en un ambiente de penumbra y frialdad. Puedo ver el deterioro y el paso de los años de vida, las arrugas en la piel, reflejadas en las marcas del tronco de los árboles. Los troncos delgados, finos y, probablemente, antiguos se asemejan a la fragilidad y al deterioro del cuerpo debido al paso del tiempo y a las heridas de los años. Hacen que el frío sea más frío y el calor más calor. La mezcla de colores fríos en los troncos y cálidos en la hojarasca del suelo me crea una sensación de tristeza. De miedo a la muerte. En la vejez persiste el sentimiento de poca utilidad y productividad, nos consideramos una carga, cuando realmente la vida nos ha hecho expertos y sabios. Al igual que estos árboles, alejados de la sociedad y de su funcionamiento para no perturbar, pero con años de sabiduría y conocimiento.
Mi infancia son recuerdos (como bien decía Machado) de veranos interminables de playa con primos, hermanos y yayos en Matalascañas, de noches veraniegas en la terraza jugando a las cartas hasta las tantas, de heladitos nocturnos por el paseo marítimo, de baños en la playa con luna llena, de domingos de paella en casa de los yayos, de Reyes Magos cargaditos de regalos, de cumpleaños felicísimos en el parque, de días de campo cogiendo cangrejos y pringándonos de barro, de bizcocho y paella de la yaya, de pintar cuadros y hacer manualidades con ella… Y un sinfín de cosas que en su momento no fueron agradecidas ni recordadas, sino puramente disfrutadas. Ahora soy afortunada de recordar mis años de infancia con una sonrisa y con el corazón bien cargado del amor más verdadero que existe que me dieron personas que ahora me obligan a vivir del recuerdo. Son, para mí, los mejores recuerdos del mundo.
Me encanta ver cómo pasa el tiempo de lento en algunas ocasiones, con algunas personas que nos resultan indiferentes y como los días duran menos con otras, cuando las horas vuelan. Como gente no te hace sentir nada y otras pueden controlar tus emociones y sentimientos, como hay gente que nos encanta escuchar y otras que no nos interesan en absoluto. Me parece una de las mejores cosas de la vida, y lo mejor es que estas conexiones no se pueden controlar, son sentimientos totalmente involuntarios. No podemos gestionar nuestras emociones, a veces, tanto como quisiéramos. Son estas cosas las que aún me siguen sorprendiendo y agradando de la vida. Otra de las maravillas de vivir que he podido comprobar a mis veinte años de edad son los placeres sensoriales. Comer aquello que más te gusta (para mí, las berenjenas), el chocolate, los helados, el viento en la cara cuando te despeja, los primeros rayos de sol del día, sumergirte en el agua y no pesar nada, mirar la luna, conocer ciudades, las noches de fiesta, dormir la siesta, que una persona te guste, la mesa de camilla en invierno, el ventilador en verano, terminarte un libro, sentir con la música, llorar de alegría… estos pequeños detalles son lo que más me agrada de la vida. Y estoy agradecida también con la vida por haberme dado cuenta de ello y poder ser consciente de estos placeres sensoriales. Creo que todo se reduce a sentir, no hay mucho más en la vida que los sentimientos, y su “incontrolabilidad”.
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