Mamá, ¿Bilas conmigo?

La infancia es como la primera vez que ves unas zapatillas de ballet. Las tocas, te las pones y empiezas a andar sobre una plataforma nueva; algo parecido a lo que sientes en todas las experiencias nuevas que descubres durante tu niñez. Todo te sorprende y te entusiasma. Aprendes pasos nuevos, lo que es el equilibrio, te pones de pie. Es una sensación similar a cuando vuelas, y eso que nunca has volado. Te caes, te levantas, gateas, te duele. Imitas al resto de personas. Tu profesor/a es como tus padres. Quieres hacer cada movimiento que él/ellos hacen. Casi siempre solo se asemeja, pero no te importa, sigues intentándolo. Poco a poco empiezas a bailar, o eso crees tú. Al menos escuchas la música, ves la vida, sientes a tus compañeros al bailar, haces a tus primeros amigos. Igual todo eso se quede en el aire, dejes de bailar, te cambies de colegio, tus padres se separen o ese profesor que tanto te gusta se jubile o tenga una lesión. Da igual, porque todo eso que forma parte de tu proceso de socialización, se quedará ahí marcado en ti e influirá en tu manera de ser. Es por eso, que un bailarín nunca deja de ser bailarín incluso cuando ya ha dejado de bailar.

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