¿Paz o guerra?

Infancia, valle ameno de calma y de frescura bendecida donde es suave el rayo del sol que abrasa el resto de la vida.¡Cómo es de santa tu inocencia pura,cómo tus breves dichas transitorias,cómo es de dulce en horas de amargura dirigir al pasado la mirada y evocar tus memorias!

El primer tema que se me vino a la cabeza fue la infancia: su evolución, características comunes, como la dulzura, la inocencia, la libertad… pero al contemplar esta obra pude ver la parte opuesta a todo esto. En ella ejemplifico los problemas en la infancia, como puede ser el “bullying”, o maltrato a menores. Como podemos observar el niño duerme intranquilo, con miedo, temeroso; su vida es una batalla a diario, una lucha de un gran ejercito que le ataca de manera continua y del cual no sabe defenderse, se convierte en algo ETERNO. Con la representación del peluche, hago alusión a la búsqueda de la felicidad de este niño, el cual quiere tener una infancia digna. Por el contrario, la estatua de Hitler demuestra que el camino es difícil, cargado de baches y dificultades, una guerra en la que el individuo sufre y quiere salir, creando así su propia identidad. Estos dos objetos se encuentran en una pared morada, símbolo de paz, tranquilidad, una lucha contra el miedo, al cual debe “plantar cara”, para poder llegar finalmente a un estado de armonía.
Era un niño que soñaba un caballo de cartón. Abrió los ojos el niño y el caballito no vio. Con un caballito blanco el niño volvió a soñar; y por la crin lo cogía... ¡Ahora no te escaparás! Apenas lo hubo cogido, el niño se despertó. Tenía el puño cerrado. ¡El caballito voló! Quedóse el niño muy serio pensando que no es verdad un caballito soñado. Y ya no volvió a soñar. Pero el niño se hizo mozo y el mozo tuvo un amor, y a su amada le decía: ¿Tú eres de verdad o no? Cuando el mozo se hizo viejo pensaba: Todo es soñar, el caballito soñado y el caballo de verdad. Y cuando vino la muerte, el viejo a su corazón preguntaba: ¿Tú eres sueño? ¡Quién sabe si despertó! Antonio Machado. Parábola(I) En la obra que se nos presenta, observamos una escena realista y costumbrista, en otras palabras, una situación COTIDIANA; en el centro del lienzo encontramos un niño iluminado con un fondo apagado tras él, lo que a su vez resalta la figura del joven. Como se puede observar, aparece con las manos juntas, encogido un poco de hombros, con una notoria sonrisa mostrando sus dientes y sus mejillas sonrosadas. A pesar de que el autor utiliza colores poco llamativos y muy tenues, el sentimiento que me transmite la obra es felicidad. Tal y como dije anteriormente, en este cuadro veo retratada la infancia: la inocencia del jovenzuelo que aún desconoce mucho de su mundo, pero, a la vez, la pillería con esa sonrisa de granuja. Asimismo, se percibe el idealismo y la belleza del niño (con su cabello dorado y sus hinchados mofletes rosados). Pero, sin duda, el elemento más significante es la sonrisa, lo cual me transmite la alegría y la felicidad de ser niño; el conjunto de todo lo anterior; el ser inocente, pillín, hermoso, todo aquello que aporta felicidad al niño, todo lo que le hace disfrutar.
"Ahí va el conejo de la suerte haciendo reverencias con su cara de inocencia...” ¿Quién no se acuerda de esa canción? ¿A caso no la cantabais de pequeño? Esos niños con sus pillerías, que buscaban ese preciso instante para darle un beso a la niña, que de manera sonrosada reía y se avergonzaba de aquel gesto. Desde los primeros momentos de nuestra vida, los niños van buscando ese cariño y amor en el resto de personas. Un amor muy diferente al amor que tienen dos adultos, que con tan solo darse la mano “eran novios”. Es ese primer amor, en el que se pasan jugando juntos, compartiendo todo, mientras que los más tímidos se enamoran en silencio; pero en ambos casos las emociones son igual de intensas. Esos amores de infancia que asaltan recuerdos, donde se comprende y comparten los primeros besos secretos, una historia inocente, una cosa de niños… que aun así no le quita intensidad a aquellas caricias torpes, besos furtivos y encuentros clandestinos que ocurrían en el patio del colegio. Por ello, debo decir; “será un amor de niños, pero será un amor que recuerdes para siempre”
Y cumplí mis 20, donde la realidad se separa de la ficción. Ese camino que vas recorriendo poco a poco, donde tus sueños se van desvaneciendo, y vas viendo un mundo de real. Un día a día, en el que nada tiene que ver con lo que tenías pensado, en ese mundo de fantasías tan maravilloso e imposible que tenías imaginado de pequeño. Es la hora de decidir, y sembrarte en el camino, tomar tus propias decisiones, plantearte lo que está bien y mal, y saber con quién quieres hacerlo. Es en esa ruta donde tropezarás mil veces y te levantarás, en el que llegar alto no es crecer, que mirar no siempre es ver ni que escuchar es oír, ni lamentarse sentir. Es en este camino donde estar solo no es soledad, que la cobardía no es paz, ni ser feliz, sonreír, y que peor que mentir es silenciar la verdad.
"Admiración y fortaleza" fueron las dos primeras palabras que vinieron a mi mente al ver esta imagen. Con ella quiero alabar y felicitar a todas esas madres que no dejan de ser niñas, pero que por diferentes motivos tienen que tomar esa decisión y responsabilidad de traer al mundo una vida más. Esas niñas que dejan la infancia a un lado, y se prestan en todo su ser a dar la vida, el amor y el refugio a su retoño. Son lazos, vínculos, uniones… los que se van creando desde el nacimiento de ese niño con su madre, en el cual lo colectivo se antepone a lo individual; viviendo en comunidades complejas llenas de miseria y dificultades, donde cada día es una aventura y una lucha. Por ello, hay que hacer mención a estas heroínas que día tras día buscan la felicidad y el bienestar de sus hijos, cargando con ellos en todas sus proezas sin queja alguna.
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