life in a few picture

Cada vez que te sientas solo, piensa en cada persona que te hizo felíz, mas no pienses porqué se ha ido. En tu mente hay imágenes, palabras, que seguro en este momento te hará bien recordar…Tranquilidad, despreocupación y felicidad como claros sinónimos de una forma subjetiva de esta etapa del ciclo vital.. Los colores llamativos, expresandonos vitalidad y lozania. Uno de los pilares fundamentales de esta etapa querida, ya que en ella se pueden encontrar facilmente los recuerdos mas entrañables y especiales que toda persona adulta destacaria puesta a recordar. El paisaje que se puede ver al fondo, asi como sus melenas al viento, ambos se pueden interprentar como los simbolos de tranquilidad, ausencia de preocupaciones, con las que la mayoría de las personas cuentan en esta etapa. No es que en este periodo las personas no se responsabilicen ni sean consecuentes. Tienen todo el tiempo del mundo para sí mismas, para disfrutar de los pequeños placeres, para que ahora, puestos a recordar sean consecuentes de lo felices que son y lo bonita que es la vida. Momento de empezar a apreciar y encontrar la felicidad y el verdadero sentido de la vida en las pequeñas cosas que nos rodean, en la lectura de un buen libro, estar un rato con un amigo, mirar un bello paisaje y dejar a nuestra mente volar... Un verano más en aquel lugar que tanto nos ha hecho disfrutar, en el que hemos pasado los mejores momentos de nuestra infancia. El cual ahora solamente queremos compartir con aquellos que verdaderamente nos llenan y nos hacen que alcancemos todo eso que toda persona adulta recuerda con ternura en esta etapa de sus vidas: tranquilidad, despreocupación y felicidad. Aquellos que nos hacen volver. Y al final, cuando acabamos de recordar, nos damos cuenta de que la juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu que siempre quedará en nosotros.
En este muro podemos observar diferentes interpretaciones de una misma figura. Al fondo encontramos flechas vacías. Delante de estas podemos ver otras más grandes, conformadas por otras más pequeñas a su vez que son de diferentes colores. Las primeras, que serían las del fondo las vamos a considerar como si fueran las personas, su contorno en sí, lo que correspondería a una persona física. Superpuestas a éstas quedan las de colores, de las cuales a su vez podemos diferenciar tres: azules, amarillas y rojas. Considerándolas de izquierda a derecha; las azules representarían las etapas del ciclo vital: infancia, juventud, adultez y vejez. Como podemos observar, cada vez quedan menos flechas azules lo que se puede asignar claramente al transcurso de los diferentes periodos. Del mismo modo en el extremo izquierdo, se puede apreciar como conforme desaparece una surgen otras cuatro nuevas. Es decir, por cada muerte tiene lugar un nuevo nacimiento. Es un ciclo constante, que no espera ni se detiene por nadie. Las flechas rojas, se asignan a los sentimientos, emociones y estados por los cuales una persona puede pasar en cualquiera de estos periodos. Sin importar que sean buenas o malas, el rojo es el color de las pasiones. Además es por excelencia, el color del amor. Siempre queda superpuesto, así como en diferentes imágenes, en nuestras propias vidas. En la parte central de la imagen, podemos observar que hay flechas del mismo color tanto en la base como en la cima del muro. Tal referencia se puede asignar a que todos los seres humanos pueden pasar de lo mejor a lo peor y viceversa. En pocas palabras, puede resumirse en un hoy estas aquí y mañana estarás allí. Para complementar a las anteriores, rojas y azules, están las amarillas. Éstas serían nuestros seres queridos, logros y necesidades básicas correctamente satisfechas. Es un color que representa el optimismo, felicidad y alegría. En definitiva, podemos dar miles de interpretaciones para una misma tonalidad. Del mismo modo que para cada persona serán necesarias unas cosas u otras para conseguir llegar a la cúspide de la felicidad. Todas estas en su conjunto forman a las personas. Quedan superpuestas las de colores puesto que todos estos aspectos citados son mucho mas importantes que las flechas del final. Por calificarlas de algún modo les daríamos el nombre de "personas vacías", materialistas, que viven por y para su cuerpo, que no ven más allá de las apariencias, centradas en recalcar con ímpetu su contorno; y por consecuente y por así decirlo infelices. Para concluir todo ello, podría resumirse en que el físico se desvanece y no siempre va a estar con nosotros, mientras que la personalidad, que es lo verdaderamente importante siempre permanece.
Darse prisa para existir o darse prisa para morir. Nos pasamos la vida buscando lo imposible, o aquello que difícilmente esté a nuestro alcance. Una buena, mala decisión y viceversa, pues muchas veces dejamos ir nuestro día a día sin pena ni gloria y lo que es peor aún, vemos como somos conscientes de cómo dejamos nuestra vida pasar. Incitándonos nosotros mismos al final del camino. Tratamos de vivir al máximo y sin embargo muchas veces somos presos o esclavos de nuestro día a día, prisioneros de la monotonía. Y es ahí, cuando hacemos balance, nos damos cuenta de que cuando debíamos de vivir lo único que hacíamos era darnos prisa por morir, puesto que únicamente nos interesaba nuestro futuro, aquello que estaba por venir. Dejando a un lado nuestro presente. Ahora ya no hay marcha atrás, llega la tercera edad y con ella los miedos o preocupaciones pasan a ser otros. No nos centramos en conseguir, sino en huir. Huir de la muerte, volviendo a repetir ciclo, volviendo a dejar la vejez pasar y lo que es peor sin disfrutar. Cada etapa tiene sus cosas buenas y malas. Ya no hay sueños, sino más bien miedos, pero vivir es eso, vivir no es otra cosa que enfrentarse a todo aquello que nos hace temblar.
Ser hijos nos permite conocer el “amor gratuito” antes de hacer nada para merecerlo. Antes de saber hablar, pensar, dar nuestros primeros pasos… e incluso antes de llegar al mundo. Ser hijos es una constante creación, pues a lo largo de nuestra vida vamos formándonos como personas. Aprendiendo de todo aquello que nos rodea. Y sobre todo, de nuestros padres. Ejemplo y fuente de sabiduría en infinidad de casos. Son ellos los que nos guían, nos enseñan y nos protegen. Los que nos marcan el camino. Así definiría esta imagen pues a edades tempranas somos y hacemos lo que vemos. Somos la atención que nos prestan. Es por eso que, conforme al crecimiento de una persona, de nada servirá el valor ni la cantidad de cosas materiales que le compraron para contentarle en compensación por la falta de asistencia en diversos momentos. Aquello que verdaderamente necesitará es el tiempo, calidad y valor de todo aquello que no se puede comprar con dinero: amor, tiempo y momentos.
Cuando vuelves a nacer, a ser libre, a sentir la música, miedos y vibraciones. Cuando bailas, es como respirar aire fresco, sacar lo malo y que entre lo bueno. Aires de bulerías, tangos, soleas y seguiriyas. Cuando él un dos, uno dos tres, cuatro cinco y seis, siete ocho nueve y diez invadía el pensamiento. No es flamenco, es control del cuerpo, giros, vueltas, expresión corporal y manejo de los pies… pero a veces te despeinas, rompes mantones, tacones y peinas. Es natural, como la vida misma. Es fuerza y ganas de avanzar, de querer aprender más. Es un retrato de vida, una galería en la que cada baile es un nuevo comienzo. Cada situación es un aprendizaje revelado, en la que no olvidas que ese aprendizaje es más grande que tus miedos, y que las fuerzas son más grandes que las dudas. Que lo que hoy es difícil mañana será un tesoro. Luchar por lo que llena el alma y tener la virtud de saber esperar. Bailarle a la vida, a todo lo bueno que está por llegar.
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