ella, mi carmen.

"Me gusta mirarla. Cuando lee en el sofá, en bata y despeinada, pura, como es, sin aditivos. Cuando habla con la gente y destroza a todos con su luz. Cuando el poema que se lee es para ella, cuando se pierde y no sabe que la observo. Me gusta mirarla, no hay nada mejor". Marwan.

Sesenta años. Hoy hace sesenta años que la vi por primera vez. Estaba preciosa, derrochando felicidad y destrozándolos a todos con su luz. Destrozándome a mi con su mirada. Hoy, a mis ochenta, la recuerdo a sus veinte. Y en sus treinta, cuando llegó nuestro Manuel aquella mañana de invierno. Y la recuerdo en sus cuarenta, cuando íbamos con los niños al parque los domingos. Y la recuerdo en sus cincuenta, cuando nuestra pequeña María nos dijo que se casaba. Y la recuerdo en sus sesenta, cuando de la mano, fuimos a conocer al primero de nuestros nietos, Carlos. Y la recuerdo en sus setenta, cuando en la cama del hospital, después de mi operación de corazón, me recordaba todo lo bonito que habíamos vivido juntos. Hoy, en nuestros ochenta, miro como duerme a mi lado y me siento dichoso. Hoy, no se van las ganas de seguir sumando momentos al minutero de mi existencia, pero con ella.
Cuando llegamos a cierta edad los viejos, (como ellos nos llaman), sobramos. Ellos tienen su vida, sus nuevas familias, a las que adoro, pero sobramos. Con una visita o dos con suerte a la semana estamos servidos. Menos mal que me queda ella; mi compañera de vida, de camino, de vivencias...mis noches y mis días, mi luz, mi guía. Cuando la miro la recuerdo en aquellos años en los que derrochábamos vida y por un momento me siento como antaño: joven, con ganas de vivir, libre, amado, VIVO. Cuando la miro ya todo me sobra y nada me falta; el mundo cobra sentido, el tiempo se para, la vida no pasa...
Cuando hemos salido de casa el dolor de la rodilla, esa, la que me operé hace unos meses por la artrosis, me estaba matando. Además tenía molestias en el pecho y no me apetecía venir al encuentro con otros mayores del barrio que había convocado el ayuntamiento. Sin embargo ahora, ahí está ella, devolviéndome la vida. Observando la pintura de la pared como quien observa la maravilla más grandiosa del planeta. Siempre me gustó de ella. Su manera de sorprenderse ante las pequeñas cosas de la vida, su manera de dar sentido a lo pequeño que nos rodea. Su manera de cambiarme y hacer que pase de la tristeza más amarga a la alegría más bonita en minutos. Ay Carmen, qué sería de mi sin ti y sin tu energía. Me das las ganas de vivir que la edad y esta artrosis muchos días me quitan. Me das las ganas de reír hasta cansarme, de llorar hasta abrazarme, de vivir hasta dolerme.
Se marchó. Sin decir adiós. Sin ni siquiera darme tiempo a darle las gracias por lo vivido juntos o a reprocharle que es demasiado pronto, que aún nos queda mucho por hacer. ¿Y yo? ¿Qué hago yo ahora? Me he quedado solo, sin ella mi mundo no tiene sentido. Mendigo a mis hijos y a mis nietos tiempo para mí, pero no lo tienen. Mendigo a mis vecinos su presencia, pero no lo consideran importante. Mendigo compañía como el hombre sentado en la puerta de la Iglesia pidiendo dinero para comida, pero como a él, nadie me mira, ni nadie me la da. No fluye la sangre. La vida se para. La mente se hiela. El corazón cruje. La soledad reina. La tristeza tienta.
Ahora que han pasado unos meses puedo ver su partida desde otra perspectiva. Hoy puedo valorar las pisadas que hemos dado juntos por el camino sin que la tristeza sea la dueña de los recuerdos. Ahora los días ya no son tan largos ni las noches tan amargas. Ahora soy capaz de cerrar los ojos e imaginar que ella sigue conmigo; la veo preparando el desayuno por la mañana, limpiando el salón, yendo a por los niños al colegio, sentada en su silla comiendo mientras me cuenta el chiste que ha escuchado esta mañana en la radio, cosiendo a mi lado, abrazada a mi justo antes de irnos a dormir... Hoy me resigno a asumir su pérdida. Hoy asumo que ella ya no está. Hoy, me quedo con la huella que ha dejado en mí, mientras intento recomponer mi corazón roto después de tanto dolor.
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