"El poder de la imaginación nos hace infinitos"

Podrán quitarnos el dinero, los títulos, los poderes económicos y políticos. Pero hay algo de lo que nunca podrán despojarnos: nuestra imaginación, nuestros sueños. Construidos a lo largo de nuestras vidas y nuestras vivencias más significativas, elementos que siempre estarán con nosotros, desde nuestro nacimiento hasta el momento de nuestra muerte. Recordad siempre que "soñar es gratis", y eso nos hace infinitos.

La imagen me recuerda a los primeros momentos de la infancia, en la que apenas podemos diferenciar nuestro verdadero camino de todo aquello que nos queda por descubrir. El muro roto, representaría el parto, el abrir los ojos, el romper con las barreras que hasta el momento nos impedían ver y vivir nuestra vida, en nuestro nuevo mundo. A pesar de ser una ruptura, es a la vez una construcción, de lo que será una nueva persona con sus respectivas experiencias. Comienzan los primeros cambios emocionales, físicos y psicológicos que se extenderán hasta el final del trayecto. El camino, estrechándose al alejarse, mostraría la duración de nuestra vida, con curvas en unas ocasiones y más sencilla en otras. Durante nuestro viaje, nos aferraremos a objetos, personas, lugares. En función de las afinidades y las circunstancias viviremos de una manera u otra, recorreremos unos caminos u otros. A medida que nos vamos haciendo mayores, los problemas, o mejor dicho, las responsabilidades aumentarán, nuestras rutas se bifurcarán ilimitadas veces, uniéndose con unas y separándose de otras. El aspecto relacional no desaparecerá nunca de nuestras vidas. Además, en el muro podemos leer: “has aprendido lo que significa la libertad y nunca lo olvidarás”. Consideremos que todo ser humano es libre por el hecho de serlo. Consideremos que todos y cada uno de nosotros conservamos nuestras libertades. Consideremos que nos dejan vivir como nos gustaría vivir, y no como les gustaría que viviésemos. Que podemos seguir siendo niños, y libres.
No pienso cerrarme puertas. Bastantes han intentado cerrarme ya. Voy a vivir la vida que me dé la gana vivir, voy a acostarme con quien yo quiera y voy a beber los chupitos de tequila que mi cuerpo me permita (e incluso los que no, si me da la gana). Quiero soñar, quiero vivir, quiero experimentar, y nadie va a poder impedírmelo. Soy Mujer. Sí, con mayúscula y con mucho orgullo. Mi madre, mi padre y la naturaleza me han dado este cuerpo, este sexo. Y pienso usarlo para lo que quiera, cuando yo quiera y como yo quiera. Quiero trabajar, y quiero cobrar lo mismo que mis hermanos. Quiero que me traten igual que a ellos, y haré lo que haga falta para conseguirlo. Lucharé por mí, y por todas las que, como yo, tenemos que dar cinco pasos por cada uno que dan los hombres. Somos valientes, somos fuertes, y podemos aguantar a todos esos que intentan pisotearnos, levantándonos cada vez con más fuerza. No quiero tener hijos. ¿y qué? No es una vergüenza. Significa que quiero vivir mi vida, y no tengo necesidad de compartirla con nadie. Me gusta la soledad, me gusta tomar decisiones por mi cuenta, y no tener que preocuparme por nadie más. Irónicamente, y a pesar de que yo no lo hago, son muchos los que se preocupan por mis actos. “No bebas más”; “ten cuidado con esa falda cuando vuelvas a casa”; “si te pones pantalones, eres lesbiana”; “no intentes pelear, van a ir a por ti con más fuerza”. Pues que vengan. Yo responderé con la mía. Soy Mujer. Sí, con mayúscula. Y con mucho orgullo.
Papá le pegó una buena paliza. Le dio con todas sus fuerzas hasta que consiguió echarlo de casa. Mamá lloraba. No por él. Sabía que ahora me tocaba a mí. Nos habían pillado en mi cuarto, besándonos. Dos hombres, inadmisible. Juan era de esas personas con las que se te olvidaban todos los demonios. Hacía que mis días fuesen efímeros, completos, felices. Incluso cuando me paraba a pensar en la vergüenza que sería para mi familia. Juan creía que podíamos enamorarnos de quien nos diese amor, sin importar nada más. Pero mi padre no era como Juan. Esa noche me pegó hasta dejarme inconsciente. Pero no me dolió. Simplemente consiguió que me reafirmase más en mi amor hacia aquel chico tan sencillo, y a la vez, tan complicado. Mamá no dejaba de llorar. Por cada puño que sentía en mi cuerpo, caía una de sus lágrimas. Con todas mis ganas intenté decirle: “no te preocupes, mamá”, pero ella no podía oírme, mis palabras se articulaban solamente en mi cabeza. Papá se fue, y yo me quedé allí, dormido, con mamá a mi lado, diciéndole que era un monstruo sin corazón. Lleno de sangre y de golpes, pensando en cuándo volvería a ver a mi Juan.
A veces me gusta pensar cómo habría sido mi vida en el caso de no haber sido mía. De quién me habría enamorado en lugar de mujer, en qué lugar habría nacido, quiénes me habrían criado. Pensar esto me hace feliz, porque ahora no lo soy. He vivido guerras, hambre, muerte, desesperación y todo con muy poco amor. Mi mujer, a causa de perder a nuestros dos hijos en la guerra civil, empezó a beber. Enfermó y me enfermó con ella. Ella ya ha muerto, y yo sigo aquí: muerto en vida. Suelo pensar que podría haber nacido en América, hablar un perfecto inglés y haber asistido a la escuela. Haberme enamorado de una mujer feliz. Haber podido criar a mis hijos como lo habrían hecho mis padres conmigo. Lamentablemente, los dos murieron cuando yo era muy pequeño, así que me criaron unas monjas con la mano muy suelta. Habría disfrutado tanto de la playa, de la nieve, de las personas que me rodeasen. Ahora estoy solo, y soy viejo. Las mujeres ya no me miran cuando paso por su lado, y si lo hacen, es para despreciarme. Por viejo. Por mirón. Por lo primero que se les pase por la cabeza. Me habría encantado no ser yo. Ser libre. Libre como los pájaros.
Me encantaría que fueses tú. Tú misma. Me encanta si te depilas y si no. Me encanta si llevas tacones y si no. Si llevas faldas cortas. Si prefieres unos vaqueros. Me encantaría que te vieses al espejo y quisieses lo que ves. Sin maquillaje. Con maquillaje. Vestida. Desnuda. Como tú quieras. Que salgas a la calle y no te avergüences, ni dejes que nadie lo haga. Que te llamen guarra, cerda, puta. Lo que quieran. Y me encantaría que siguieses siendo tú. Tan guarra, tan cerda y tan puta como hayas querido. Y ellos tan ignorantes. Que seas madre. Que no lo seas. Reproducción. Procrear. Que lo hagan otros. O tú. Si es lo que quieres. Que trabajes. Que cuides a tus hijos. Si los tienes. Que vivas sola. Que tengas novia. Novio. Ambas. O ninguna. Que te llamen viciosa. Y enferma. Que seas tan viciosa y tan enferma como tú hayas querido. Y ellos tan ignorantes. Que te guste el sexo. Y masturbarte. O no. Que lo hayas probado. Que todavía no te hayas sentido preparada. Mojigata, estrecha, calientapollas. Lo que tú quieras. Y ellos... Todos estos estereotipos e imposiciones son aceptadas de una manera u otra por todas y cada una de las mujeres a lo largo de su ciclo vital. Desde que son niñas y hasta el final de sus vidas. Son aprendizajes de rol establecidos en un sistema patriarcal y una sociedad basada en sexismo, en el rol reproductivo y productivo, en el ámbito privado y en el público, en la sumisión de unas, y el poder de otros.
Credits: All media
This user gallery has been created by an independent third party and may not always represent the views of the institutions, listed below, who have supplied the content.
Translate with Google
Home
Explore
Nearby
Profile