Entre sus múltiples intereses, Varo fue una apasionada de la cosmogonía, la alquimia, la magia y la astrología, además de seguidora de las enseñanzas de Gurdjieff y su discípulo Peter D. Ouspensky, de enorme influencia en las vanguardias europeas en la primera mitad del siglo XX. Varo creía fervientemente en la necesidad de producir una experiencia visionaria para la época moderna. La música y su intervención decisiva en la creación artística –una idea de raigambre pitagórica– ocupó también un rol fundamental en su vida, y participó asiduamente de tertulias en las que se discutía sobre armonía y consonancia como claves para entender la naturaleza. Como una fuerza del destino, la música es muchas veces la que impulsa a los personajes retratados en sus obras. En “Armonía”, una figura humana enhebra en un pentagrama tridimensional hojas de papel con inscripciones, poliedros de cristal y productos naturales –hojas, frutos, flores– que extrae de un cofre. Los colores cálidos y ocres del mobiliario contrastan con el frío gris azulado de las paredes, de las que emergen otras dos enigmáticas figuras que colaboran en la tarea. La protagonista, escribió Varo, “está tratando de encontrar el hilo invisible que une todas las cosas”.
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