Durante su juventud en Francia, Alice Rahon tuvo estrechos vínculos con la escena vanguardista: fue modelo de Man Ray, diseñó para Elsa Schiaparelli, participó del movimiento surrealista y publicó una serie de poemas que fueron destacados por el propio André Breton. En paralelo, y en línea con algunas vertientes de la vanguardia, desarrolló un profundo interés por las culturas ancestrales, los rituales y la magia. Gracias a una invitación de Frida Kahlo y Diego Rivera, a quienes había conocido en París, llegó a México en 1939 junto con su esposo, Wolfgang Paalen. Allí continuó esa búsqueda, ahora enfocada en el mundo precolombino. Ambos visitaron asiduamente pequeños poblados y sitios arqueológicos, afianzaron la idea de que la práctica artística debía incorporar la exploración de “dimensiones superiores”, y sostuvieron que el surrealismo tenía que abandonar su fase “ilusionista” para concentrarse en la abstracción y el automatismo psíquico, una práctica que permitiría el acceso a estados de conciencia más elevados. De este modo, en el seno de la comunidad de artistas e intelectuales emigrados de Europa y bajo el impacto de la cultura vernácula, Rahon imaginó nuevas formas de habitar el mundo moderno, en las que lo espiritual ocupa un lugar fundamental.
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