Término acuñado en la década de 1880 para hacer referencia a la última etapa de la tradición clásica en la arquitectura, la escultura, la pintura y las artes decorativas. El Neoclasicismo fue el movimiento sucesor del Rococó en la segunda mitad del siglo XVIII y estuvo relevado por varios estilos historicistas en la primera mitad del siglo XIX. Formó una parte fundamental de la Ilustración en su cuestionamiento radical de las nociones recibidas de los esfuerzos humanos. Este movimiento también se involucró profundamente en la necesidad de tomar nuevas posturas históricas frente al pasado, tanto clásicas como no clásicas, estimuladas por una gama de descubrimientos arqueológicos sin precedentes que se extendieron desde el sur de Italia y la zona este del Mediterráneo hasta Egipto y Oriente Medio durante la segunda mitad del siglo XVIII. La nueva conciencia de la pluralidad de los estilos históricos motivó la búsqueda de formas de expresión nuevas y contemporáneas. Este concepto de modernidad diferenció al neoclasicismo de las anteriores recuperaciones de estilos antiguos, estilos con los que, no obstante, guardaba una estrecha relación. Casi paradójicamente, la búsqueda de una forma de expresión atemporal (el “estilo verdadero”, como se le denominó entonces) abarcaba distintos enfoques respecto al diseño que se centraban notablemente en los aspectos del estilo greco-romano.