Renacimiento pictórico

Galleria degli Uffizi. Florencia. Este recorrido he querido que se centre en la pintura toscana, especialmente florentina, de los siglos XIV, XV y XVI. Son quince cuadros en los que se podrá observar la evolución de la pintura renacentista desde su origen hasta el manierismo. Esta galería es tan impresionante, que creo que es interesante seleccionar algún recorrido que tenga sentido de unidad.

Maestà de Santa Trinità. Cimabue. Sala 2. Es un tipo de Virgen odegitria, que señala al Niño como camino de salvación. Está en el centro, sentada, con el hijo sobre sus rodillas, mostrándoselo a los fieles. En la base se ven cuatro profetas sorprendidos por la aparición de la Virgen con el Niño: Jeremías, Abraham, David e Isaías. A ambos lados del trono en el que se sienta la Virgen, aparecen los ángeles en planos superpuestos. La influencia bizantina se evidencia en el hieratismo de las figuras, sobre todo de la parte superior, así como en el uso de un fondo dorado. Otros rasgos en los que se nota la influencia bizantina son las figuras de la Virgen y el Niño bendiciendo, así como el color de la ropa. Sin embargo, consigue profundidad gracias a la forma del trono y la posición de los ángeles. Los rostros de los profetas son muy expresivos y realistas; la Virgen en cambio, es más suave y dulce. Se la considera un modelo perfeccionado respecto a la Maestà del Louvre. Sus formas ricas en matices evidencian una influencia en el modelado de la escultura románica.
Maestà. Duccio di Boninsegna. Sala 2. Este maestro sienés supuso la transición entre Cimabue y Giotto. Como la Virgen de Cimabue, la suya inclina la cabeza. Muestra incluso una relación materna con el Niño Jesús, con la mano derecha apoyada sobre él. Pero los ángeles siguen flotando en el aire, sin perspectiva y el cuerpo de la Madona carece de relieve.
Madonna d'Ognissanti. Giotto. Sala 2. Fue discípulo de Cimabue. Hijo de un pastor, aprendió a dibujar observando los corderos de su padre, quizás fue esto lo que lo llevó a intentar plasmar la realidad en sus pinturas. Aquí se nota su interés por la perspectiva: el trono crea un espacio tridimensional. Los personajes están más humanizados que en sus predecesores. La Virgen ya no aparece levitando sino que se muestra envolvente y maternal, incluso se adivina la forma de su pecho bajo la túnica blanca. Los ángeles, aun con aureolas, son muy expresivos y ofrecen regalos a la Virgen, como una corona, jarrones con rosas y lirios, símbolos de María.
Anunciación. Simone Martini y Lippo Memmi. Sala 3. La escena central muestra la mano izquierda del ángel apenas aterrizado, con la capa todavía aleteante en un elegante arabesco y las alas, de una finísima trama de plumas doradas, todavía desplegadas. La Virgen, sentada en un trono de espacialidad incierta, un poco en perspectiva es sorprendida durante la lectura e instintivamente tiene un gesto de hosquedad, cerrándose la capa con la mano y apretando los hombros, a medio camino entre la asustadiza castidad y la altanera hosquedad. Su expresión, con la boca estrecha y los ojos sutiles, es de extraordinaria gracia aristocrática pero también un poco alterada. Su ropa está compuesta con la fineza de un arabesco, la cual desmaterializa el cuerpo, devolviéndolo una pura línea decorativa: las piernas están de hecho aplanadas, apenas intuibles por la tendencia nerviosa del borde de la ropa. Los santos, por otro lado, tienen la misma fisonomía, debida al uso de modelos de carta para obtener la forma de las figuras, sin ningún interés en la representación individual. El ángel Gabriel aparece en la parte izquierda del panel central. De su boca salen las palabras doradas, que aparecen en el Evangelio de San Lucas: Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Lleva en la mano una rama de olivo. En el borde de su túnica aparecen bordadas otras palabras. Completa la escena un pavimento de mármol moteado sobre el que en el centro se encuentra una preciosa jarra dorada con algunos lirios, flor mariana símbolo de pureza y virginidad; en lo alto se encuentra la paloma del Espíritu Santo rodeada por cabecitas de querubines alrededor. El fondo es una deslumbrante extensión de oro, que da a la escena una apariencia abstracta pero también extraordinariamente espiritual. Todo queda aún más en evidencia principalmente por los dorados de los vestidos y de otros detalles. Esencialmente se trata de pintar sobre la hoja de oro, sea extendiendo caligráficamente el color y con veladuras para dejar a la vista el oro de abajo, el "palliatura", visible en las alas del ángel, sea arañando sucesivamente el color para crear motivos adamascados, como en el vestido del ángel. A ello debe añadirse el rico punzonado, la elaboración con el buril y con el cincel de detalles como las aureolas o los bordes de los vestidos, que crean una superficie pictórica extremadamente preciosa y de calidad altísima.
La Batalla de San Romano. Paolo Ucello. Sala 7. En este tríptico, como en otras obras del mismo artista, se presentan mezclados elementos medievales y renacentistas como, por ejemplo, el tratamiento escultórico de los volúmenes y los escorzos de las figuras con variadas perspectivas, junto a otro elementos de tradición gótica, como los colores brillantes y el refinamiento decorativo en particular de las figuras y del paisaje, la perspectiva es dada por las lanzas de los combatientes. Las figuras de los hombres y de los animales son geométricas y precisas, aunque irreales como los colores que usa: los caballos son rojos, blancos y azules. Esa luz y colores irreales puede que estén inspirados en algún relato caballeresco. Al presentar el contraataque de Micheletto, la descripción de la secuencia de acontecimientos es un pretexto para una expresión detallada del movimiento. Las figuras se presentan en escorzos, esto es, mediante la representación deformada del motivo bajo el efecto de una perspectiva inusual, lo que permite representar situaciones dramáticas. Gracias a este recurso, Uccello crea sensación de profundidad en el espacio. Puede verse en el cadáver que yace en el suelo en una posición similar a la del Cristo muerto de Mantegna, pero boca abajo en lugar de boca arriba; y en los dos jinetes ligeramente inclinados y vistos de espalda de la parte derecha del cuadro. Algunos caballos se muestran de espaldas o de lado, para ensayar su relieve pictórico. A la derecha, los guerreros esperan el asalto, con uno de ellos preparando su arma. El centro de la tabla del Louvre está ocupado por Micheletto da Cotignola sobre un caballo negro dando la señal de ataque. Tiene una actitud de mando y una grave expresión en el rostro, que contrasta con el gesto embravecido del caballo. El ejército empieza a moverse y a la izquierda la caballería carga contra el enemigo, bajando las lanzas en posición de ataque. De esta manera Uccello triunfa al crear la ilusión de un ímpetu general orquestado por las lanzas y los caballos. Para el pintor, esta masa de caballeros e infantería, le permite ejercitar satisfactoriamente su obsesión con la representación de la forma pura de acuerdo con las leyes de la óptica. Uccello sigue fielmente los principios de la perspectiva arquitectónica pero, a diferencia de otros pintores de su tiempo, no usa su conocimiento extenso de la perspectiva para colocar esta escena en un espacio claramente definido, sino que representa la batalla contra un fondo relativamente oscuro. Destaca la presencia de los mazzochi, sombreros florentinos de diferente aspecto que el artista describe detalladamente. También describe con minuciosidad las suntuosas armaduras de los soldados; para colorearlas, Uccello usó un compuesto que ha resultado dañado con el paso del tiempo.
Díptico El Duque y la Duquesa de Urbino. Piero della Francesca. Sala 8. Se trata de un díptico pintado por ambas caras. En una se ven los retratos del duque de Urbino Federico da Montefeltro y su esposa, Battista Sforza. Se encuentra entre los primeros retratos renacentistas. Los dos cuadros estuvieron en un tiempo unidos por un único marco. El retrato, de perfil como los de las monedas romanas, está influido por el arte de la acuñación de medallas, «produce una mayor idealización que el retrato de tres cuartos» y es típico de la pintura italiana de la época.2 Los dos perfiles quedan frente a frente sobre un paisaje idealizado y en perspectiva, visto desde un ángulo superior, que recuerda a Jan van Eyck. Esta colocación de las figuras en una posición sobreelevada con un amplio paisaje en el fondo no tiene precedente en la pintura italiana, sino que es una clara influencia flamenca. La luz que proviene de la espalda de Federico da Montefeltro ilumina el rostro de Battista y lo hace parecer más blanco. Se aprecia un potente sentido de volumen, especialmente en el perfil de Federico, gracias al gorro del mismo color rojo que las ropas.
Díptico El Duque y la Duquesa de Urbino. Piero della Francesca. Sala 8. En el reverso, se representa, a modo de triunfo, la llegada de los esposos a la villa de Urbino sobre carros alegóricos. Son los Triunfos de Federico de Montefeltro y de Batista Sforza, esto es, su llegada a la villa en carros triunfales, acompañados por ángeles y unicornios, símbolos de la castidad y con escrituras de homenaje. Es la marcha triunfal de los duques al modo antiguo.3 Dos carros triunfantes se dirigen el uno hacia el otro: El duque Federico está en uno de ellos, coronado por la Victoria, de pie tras él; los caballos son conducidos por el Amor, y, delante del príncipe, se agrupan las Virtudes cardinales. La duquesa ocupa el otro carro, asistida igualmente por diez figuras femeninas. Su carro lo llevan unicornios, símbolo de la castidad, que preceden la Fe y la Caridad. Esa obra sería, en el siglo XX, de importancia fundamental para el Cubismo, pues fue objeto de estudios por parte de Picasso, Braque y otros, en función de la construcción casi geométrica de los rostros retratados.
Virgen con niño y dos ángeles. Filippo Lippi. Sala 8. Dos ángeles elevan al Niño hasta la Virgen que la recibe con las manos en actitud orante; en el rostro de María se aprecia a la bella Lucrecia Butti, novicia que raptó durante el tiempo que ocupó el cargo de capellán y con quien tuvo al también pintor Filippino Lippi. Los rostros son muy expresivos, especialmente el del ángel, que dirige su mirada hacia el espectador para involucrarle en el episodio. Tras las figuras encontramos un paisaje enmarcado por una ventana fingida, otorgando una magnífica sensación de profundidad. El sentido del volumen está relacionado con sus contemporáneos Masaccio o Paolo Ucello. La minuciosidad de las telas y los adornos de la Virgen parecen inspirados en la pintura flamenca. Este tipo de Madonnas servirá de inspiración a Botticelli, quien trabajó en el taller de Lippi en Prato.
La Primavera. Botticelli. Sala 10. En el centro aparece Venus, la diosa del amor; a la derecha, Céfiro, el viento que persigue a la ninfa de la Tierra, Cloris, que al ser tocada por él se trasforma en Flora, diosa de la vegetación y de las flores; encima de Venus está Cupido, que dirige sus flechas a las tres Gracias, en concreto a la del centro, Castitas, que mira al dios Mercurio, mensajero de los dioses y nexo entre el cielo y la tierra. El cuadro como alegoría del amor platónico: el amor ****** surge de la tierra como pasión, pero desaparece, como Cloris al ser tocada por Céfiro, mientras el verdadero, el que nace de la contemplación espiritual, se eleva al cielo. Los personajes se sitúan en un paisaje de naranjos, árboles tradicionalmente relacionados con la familia Médici. No obstante, hay quien apunta a que son en realidad mandarinas, cuyo nombre clásico, "medica mala", aludiría a los Médici. Detrás de Venus hay un mirto, planta tradicionalmente sagrada para ella. Mientras, la parte derecha está hecha de árboles doblados por el viento o por la fuerza creadora, en concreto laureles, lo que sería una alusión al novio, Lorenzo, en latín "Laurentius".
Nacimiento de Venus. Botticelli. Sala 10. El Nacimiento de Venus es una de las obras más famosas de Botticelli. Fue pintada para un miembro de la familia Médici, para decorar uno de sus palacios de ocio en el campo. El tema mitológico era habitual en estos emplazamientos campestres, surgiendo imágenes como la Primavera o Venus y Marte. Venus es la diosa del amor y su nacimiento se debe a los genitales del dios Urano, cortados por su hijo Cronos y arrojados al mar. El momento que presenta el artista es la llegada de la diosa, tras su nacimiento, a la isla de Citera, empujada por el viento como describe Homero, quien sirvió de fuente literaria para la obra de Botticelli. Venus aparece en el centro de la composición sobre una enorme concha; sus largos cabellos rubios cubren sus partes íntimas mientras que con su brazo derecho trata de taparse el pecho, repitiendo una postura típica en las estatuas romanas de las Venus Púdicas. La figura blanquecina se acompaña de Céfiro, el dios del viento, junto a Aura, la diosa de la brisa, enlazados ambos personajes en un estrecho abrazo. En la zona terrestre encontramos a una de las Horas, las diosas de las estaciones, en concreto de la primavera, ya que lleva su manto decorado con motivos florales. La Hora espera a la diosa para arroparla con un manto también floreado; las rosas caen junto a Venus ya que la tradición dice que surgieron con ella. Técnicamente, Botticelli ha conseguido una figura magnífica aunque el modelado es algo duro, reforzando los contornos con una línea oscura, como si se tratara de una estatua clásica. De esta manera, el artista toma como referencia la Antigüedad a la hora de realizar sus trabajos. Los ropajes se pegan a los cuerpos, destacando todos y cada uno de los pliegues y los detalles.
La adoración de los Reyes. Leonardo da Vinci. Sala 15. En 1481 Leonardo recibió un encargo de los monjes del monasterio de San Donato en Scopeto, cerca de Florencia. Los monjes tomaron todo tipo de precauciones para que el pintor terminara su obra, pues ya empezaba a ser proverbial el abandono de Leonardo respecto a todas sus pinturas. Sin embargo, como podemos apreciar, el artista nuevamente dejó inacabado el proyecto, esta vez a causa de su partida y establecimiento en la corte de Milán. El resultado que dejó es un esbozo monocromático, en espera de ser rellenado por los colores, con grandes contrastes entre zonas vacías y negros. La composición es tremendamente compleja e inusual para el tema, que suele ser tratado de una manera muy solemne y estática. Por el contrario, Leonardo ha planteado una escena multitudinaria, agitada, violenta, llena de personajes (más de cincuenta nada menos) y en diferentes grupos. El grupo protagonista los constituye la pirámide central formada por María, Jesús, y los ancianos que le ofrecen sus regalos al Niño. A los lados de este grupo, en los extremos derecho e izquierdo del cuadro, dos personajes, uno viejo y otro joven, se consideran tradicionalmente la Filosofía (como actitud contemplativa) y la Acción. Tras ellos, una multitud de personajes forman un arco de diferentes acciones. Son el séquito de los Reyes Magos, los pastores, los ángeles, todos ellos sacudidos por la reacción emocional del advenimiento del Mesías. Las escenas de lucha al fondo han sido muy discutidas. Se pueden considerar desde posibles puntos de vista: la lucha del mundo del pecado, la caída de la civilización hebrea y la descomposición de su cultura (simbolizada en los edificios en ruinas) o tal vez sea un episodio concreto de la historia de la Orden monacal que encargó la obra.
Sagrada Familia (Tondo Doni). Miguel Ángel. Sala 25. Miguel Ángel trabajó su primera etapa en Florencia, bajo la protección de los Médici, especialmente como escultor. En esta ciudad recibió el encargo de la poderosa e influyente familia Doni para realizar una Sagrada Familia, que el artista inscribió en un círculo (tondo). De ahí el sobrenombre con que se conoce a este cuadro. La formación como escultor de Miguel Ángel determinó el aspecto de sus figuras, que parecen de una raza de gigantes y cíclopes. Asimismo, pese a lo temprano de la fecha, la complejísima estructura de la composición anuncia el Manierismo, del que se le considera precursor. La estructura se basa en una curva helicoidal, que prácticamente no había sido empleada hasta ese momento. La base de la curva es la Virgen, con unas poderosas piernas que recuerdan los mantos y las vestiduras de las sibilas en su obra de 1509-1511 en la Capilla Sixtina. María se gira sobre sí misma hacia su derecha para recoger o entregar al Niño a San José. El Niño se encuentra en ese famoso "equilibrio inestable" que caracteriza las figuras del artista, tanto en pintura como en escultura. San José continúa el movimiento espiral, balanceando el cuerpo esta vez hacia la izquierda, en cuclillas, sin apoyarse de manera segura en ninguna parte, una pierna abierta para prestar apoyo al Niño y otra para sostenerse a sí mismo. El efecto es de movimiento, inestabilidad, de grupo apilado que puede derrumbarse en cualquier momento y sólo se sostiene merced a la increíble fuerza que emana de todos ellos. Como decimos, esta composición era inusual en la época; sin embargo, el rasgo más controvertido del Tondo Doni es el friso de desnudos que hay en el fondo. ¿Qué significan todos esos jóvenes de belleza atlética tras la Sagrada Familia? Se han interpretado como una alusión a la Edad Dorada del hombre, ese estado paradisíaco que los filósofos griegos creían anterior a la civilización. En la Edad Dorada, como en el Edén cristiano, el hombre estaba en contacto directo y en gracia con la Naturaleza y no requería vestidos, ni herramientas, ni armas. Dada la influencia del neoplatonismo en los círculos intelectuales florentinos, es probable que Miguel Ángel esté cerrando el círculo que se inició con el paraíso de la filosofía griega (pagana) y que finaliza con la llegada de Dios al mundo, que devuelve la perfección perdida.
La Virgen del jilguero. Rafael. Sala 26. Con motivo de su matrimonio con Sandra di Matteo di Giovanni Canigiani, Lorenzo Nasi encargó a Rafael esta maravillosa Madonna para la decoración de su palacio. El edificio sufrió un importante desplome en 1547 provocando fuertes daños en la tabla que fueron restaurados por Michele di Ridolfo del Ghirlandaio. Las radiografías actuales han puesto de manifiesto la rotura del soporte en 17 trozos, apareciendo cuatro añadidos.En esta composición encontramos el estilo definitivo de Rafael durante su estancia florentina, destacando la blandura, la belleza y el humanismo de las figuras, interpretando de manera correcta la filosofía católica del momento. La escena está inspirada en Leonardo al emplear una composición piramidal muy admirada por los artistas del Cinquecento, asimilando también el atractivo contrastes de luces y sombras con el que crea una admirable sensación atmosférica. Las figuras se ubican ante un amplio paisaje de aspecto umbro con el que obtiene un prodigioso efecto de perspectiva. Las referencias a Fra Bartolomeo y Miguel Ángel también están presentes, inspirándose en éste último al colocar la figura del Niño entre las rodillas de su madre. La relación existente entre los personajes gracias al juego de miradas es destacable, reforzando el humanismo de la escena.
Retrato de Cosme el Viejo. Pontormo. Sala 18. Este pintor fue alumno de Leonardo da Vinci. Representará la corriente manierista. Crea aquí una sensación de artificio, utilizando además unas tonalidades cromáticas oscuras que transmiten sensaciones de inquietud y angustia. Este retrato lo hizo para Goro Gheri, secretario de Lorenzo de Médici. Aparece como un individuo angustiado, con las mejillas hundidas, la tez verde oliva y sus manos enlazadas acaban de sugerir sus tormentos. Está representado de perfil, como en una medalla. La rama de laurel a la derecha forma parte de los emblemas de la familia.
Angelo musicante. Giovan Battista di Jacopo (Rosso Fiorentino). Sala 18. Esta obra debió pertenecer a un cuadro mayor. Desprende una tristeza conmovedora.
Leonor de Toledo con su hijo Juan de Médici. Sala 18. Bronzino retrató a la esposa de Cosimo I de Médici con uno de sus once hijos alrededor de 1544. Leonor de Toledo llevaba casada con el duque unos cinco años y en ese tiempo había protegido la obra del artista florentino. Leonor de Toledo era una noble española, hija del virrey de Nápoles, que se casó con el gran duque Cosme de Médici para reforzar las alianzas entre el ducado de Toscana y el entonces emperador Carlos V. Leonor se convirtió en duquesa de Florencia y ejerció un importante mecenazgo artístico, protegiendo a personajes de la talla de Bronzino o Pontormo. Este retrato de Leonor con su hijo Juan fue pintado en uno de los momentos de esplendor del pintor renacentista. En el cuadro, Bronzino se esmeró en resaltar la riqueza de las telas de la duquesa y su hijo, inmortalizados en una postura solemne pero cercana, donde la madre abraza suavemente a su hijo mientras este apoya con dulcura su mano sobre el ostentoso traje de su madre. Madre e hijo murieron de malaria en 1562. Sorprendentemente, en la tumba de la duquesa Leonor, aparecieron fragmentos del vestido usado para este retrato.
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